E L pasado 17 de julio publicaba este periódico una carta de Noelia Menéndez, en nombre de la Asociación Asturiana de Madres, Padres y Familiares de Gais, Lesbianas, Transexuales y Bisexuales (AMPGYL) y en respuesta a un artículo mío del pasado 8 de julio. Sus palabras me hacen pensar que algunos lectores pueden interpretar que mi artículo está escrito desde el desprecio o la descalificación. Es procedente una aclaración porque, a veces, lo que decimos posee connotaciones indeseadas y conviene expresar lo que se pretende decir con la mayor precisión posible e hiriendo lo menos posible a quien pueda sentirse aludido. Si mi escrito pudo inducir a un equívoco, realizo gustosamente una aclaración, que no una rectificación. En mi escrito no quise, ni de lejos, formular una descalificación de los gais y las lesbianas como personas, ni poner en duda todas las cualidades positivas que, como cualquier otra persona, poseen. Cuando me refiero a anormalidad en mi escrito, quiero decir, única y exclusivamente, que la orientación homosexual no es normal -si se prefiere, que se trata de un desajuste- y que me resisto a que se intente hacer pasar por normal esa tendencia, estableciendo una equivalencia entre homosexualidad y heterosexualidad, para, a partir de ella, asumir que puede haber matrimonio entre personas del mismo sexo e, incluso, que puedan adoptar.
Me resisto, igualmente, a aceptar que debería estar castigado por ley, como usted sostiene en contra de la libertad de pensamiento y de expresión, mostrar discrepancia respecto a la normalidad de determinadas tendencias afectivo-sexuales, porque tal discrepancia, expresada respetuosamente, no representa ningún juicio negativo sobre nadie.
A mi modo de ver, lo que deben entender algunas personas es que afirmar de ciertas orientaciones sexuales que responden a algún tipo de desajuste no equivale a descalificar globalmente a las personas que lo padecen. El respeto a los demás en su diversidad, al que alude doña Noelia, no obliga a que nos parezca bien cualquier comportamiento, conducta o forma de ser ajenos, sino a que aceptemos y apreciemos a todas las personas como son, aunque entendamos que su personalidad falla en algún aspecto.
Viene a decir doña Noelia que nadie me obliga a mí a comportarme de acuerdo con los patrones de la homosexualidad y que, en consecuencia, no cuestione el derecho de las personas homosexuales a comportarse como son. Totalmente de acuerdo; de hecho, ya lo hacen y, en realidad, nadie cuestiona su derecho a comportarse de acuerdo a sus inclinaciones a nivel privado. Si de lo que estuviéramos hablando fuera exclusivamente de eso, de un comportamiento privado, su observación sería correcta. Pero de lo que estamos hablando no es de un comportamiento privado, sino de una demanda de tipo público: la de modificar la institución del matrimonio y la familia -bienes públicos-, en virtud de la supuesta equivalencia entre homosexualidad y heterosexualidad. Eso es lo que un sector importante de la sociedad rechaza; y expresar tal rechazo no tiene nada de discriminatorio ni representa en modo alguno una incitación al odio, al desprecio o a la exclusión social. Por lo demás, me parece perfecto que ustedes (AMPGYL) estén orgullosos de sus hijos, como cualquier padre o madre lo están de los suyos. ¡Faltaría más!