S IENDO yo niño cayó en mis manos una obrita -no recuerdo si era de Gila o de otro humorista- en la que en uno de sus capítulos el autor hacía mofa de las apariencias: un balón que imita un joyero, un libro cuyo interior será guardacartas, un reloj de pulsera cuya caja actuará de pastillero, un despertador que oculta una radio... Hoy, aquella ocurrencia podría aumentarse con nuevas experiencias de encubrimiento: un bribón que ambiciona pasar por caballero, un caballero que es por sus hechos un infame, una dama cortesana que pretende que la tomen por señora, una señora cuyo comportamiento la convierte en odalisca, más aún una iglesia (la de la Laboral) que, reclamando pasar por lo que era, un recinto sagrado, ha sido transformada en rincón de espectáculo circense, donde titiriteros, cabezudos, pregoneros y bailarines la invaden como carpa de circo y cabaret. ¡Quién habría de pensar en tamaña y desgraciada metamorfosis!
Para cuantos hemos formado parte de este magno edificio, lo que está ocurriendo con nuestra Universidad Laboral representa un sufrimiento y un calvario. El arzobispo ha permitido su desacralización, lo cual no me parece bien. En todo caso, creo ridículo montar un circo en una iglesia, cuando el patio central podría acoger la exhibición con toda propiedad; la pista de hielo para patinaje es buena muestra de ello. La Laboral fue concebida como un pueblo, con su iglesia, su escuela, su teatro, su salón de actos, su biblioteca, su cafetería, su enfermería y cuantos servicios públicos pudieran sus moradores necesitar. Si en manos del prelado estaba que el venerable espacio continuase prestando servicios religiosos, debió pronunciarse en sentido negativo.
Olvidaron que la iglesia, una de las mayores de España, es la edificación más espectacular del conjunto arquitectónico, un hermoso y original templo que, en vez de destruir, habría de finalizarse mediante su dotación interna -para gozo de los asturianos- como basílica o como catedral, algo de lo que sentirnos orgullosos. Méritos sobrados posee para que se le conceda esta carta de naturaleza -por su historia, capacidad, belleza y magnitud-, la de devolver su primitivo uso, esto es, templo de un pueblo que quiere conservar sus orígenes. Esto sería lo que un gobierno, local o provincial harían si el sentido común se hallara presente. Su aspecto inigualable, su gran bóveda, su coro de cantores y los elementos del altar mayor, inacabado, con sus capillas laterales igualmente en ciernes, serían ennoblecidos por las obras de restauración y remate para admiración de propios y extraños. Sería un homenaje a Luis Moya, arquitecto director.
D estruir por destruir es peligroso, como lo es la miscelánea que se pretende en el interior de 'la Uni', entre otras, con la construcción de minipisos, lo que constituirá, de producirse, el mayor atentado contra un inmueble altamente protegido. Mis reivindicaciones se afirman en apoyo de aquello en lo que creo. El poder anda con mucho tiento cuando teme represalias o alborotos (huelgas, manifestación de trabajadores o padres de alumnos que reclaman...). En otro supuesto hace caso omiso de ideas y propuestas, pues se cree en posesión de la verdad absoluta. El poder es un afrodisíaco y los políticos lo utilizan a su antojo, sin pensar en las consecuencias.
Mis reivindicaciones caerán en saco roto, mas habré de reiterar mi punto de vista cuantas veces sea necesario en amparo de lo que me parece justo, sobre todo, en lo que atañe a 'mi pueblo', la Universidad Laboral de Gijón.