T OCABA hoy hablar de un aspecto de lo que habíamos llamado «sumisión de las masas» que debía aclarar la idea. Pero el momento exige cambiar el orden de las cosas, aunque no, en el fondo, de asunto: la más antigua disciplina del saber, la Filología Clásica, pudiera desaparecer este mismo año de la Universidad de Oviedo. ¿Por qué? Hay varias razones, pero «de supuesto peso» una sola: la renovación de titulaciones exigida por Bolonia reduce la tradicional Filología Clásica a la condición de «grado minoritario». Y, claro, ser «grado minoritario» conlleva, al decir de los que mandan, un gasto inútil, innecesario, superfluo, excesivo... máxime en la actual coyuntura de crisis económica.
Pues bien, aunque no lo parezca, tenemos aquí un claro ejemplo de «sumisión de las masas» que debemos analizar. Decíamos ayer que libertades, derechos y demagogia habían sido los ingredientes cuya mezcla había propiciado este cambio en el ritmo de la historia: la masa, antes activa, rebelde y deseosa de adquirir hábitos, costumbres, modos antaño privativos de las minorías, como, entre otros muchos, la propia cultura, es ahora un mero espectador pasivo, callado, amorfo, alelado, obediente, dócil y víctima, en fin, de su propia sumisión. El porqué es lo que íbamos a tratar hoy, pero debe esperar. Con todo, esas premisas nos sirven para centrar el tema que nos preocupa.
En efecto, la formación universitaria había sido desde siempre el anhelo de la masa, antaño injustamente excluida de ella por diversas razones: económicas y sociales, ante todo. La venida de la democracia supuso en España un cambio brutal en esa situación. Los padres del 'boom' demográfico de los sesenta habían sufrido aquella exclusión y deseaban para sus hijos la formación que ellos no habían tenido. Los gobiernos se encontraron de repente con cientos de miles de universitarios cuyas esperanzas había que satisfacer. Noble ambición la de unos y la de otros, pero peligrosa, si no se gestionaba bien, cosa que ocurrió: entraron por la puerta grande a la Universidad tanto el rico como el pobre, bendita igualdad, pero también el listo y el torpe, maldita demagogia. La consecuencia inmediata fue la masificación de las aulas; la mediata, la proliferación de universidades por doquier, con la correspondiente multiplicación de carreras: un gasto económico enorme -en muchos casos innecesario- para un país como el nuestro con una aportación del estudiante tan baja.
El traspaso de las competencias educativas a las comunidades autónomas incluyó el traspaso del problema: simplemente cambiaron las manos gestoras. Dependemos ahora de ellas y ellas son las que actúan. Cuando se piensa en una comunidad como la de Madrid, un territorio pequeño, pero con seis universidades públicas y siete privadas, uno no puede menos que admitir que si la demanda de una determinada titulación en una o dos de ellas no es suficiente para mantenerla en todas, los recursos deben concentrarse en una sola. Pero cuando se piensa en una comunidad como Asturias, con una única universidad en la que se han consolidado determinadas carreras, con poca, mucha, mediana demanda, según los tiempos o, como ocurre, con acceso limitadísimo en algunas de ellas, no se puede admitir como solución la desaparición de la titulación. ¿Por qué? Muy simple: porque la demanda es caprichosa y tornadiza y lo que hoy es muy requerido por los estudiantes por las salidas profesionales que puede ofrecer, mañana puede no ser requerido por haberse colapsado esas salidas y viceversa. En todo caso, en ninguna comunidad se puede aplicar mejor que aquí la premisa de que la universidad es un servicio público que debe garantizar como mínimo lo que tiene.
¿Es esto lo que ocurre con la Filología Clásica de la Universidad de Oviedo? En parte sí y en parte no. En parte sí, porque hasta el momento es una de las pocas titulaciones que ofrecen salida inmediata a los alumnos, es decir, trabajo. Aunque sólo sea por esto, porque ofrece puesto de trabajo a los pocos licenciados de cada año, creo que merece la pena que el Gobierno autonómico mantenga la titulación a toda costa y a cualquier precio; incluso debería reforzarla para garantizar su continuidad. Y, en parte no, porque la de clásicas no es una titulación sometida como otras a los vaivenes de la oferta y la demanda. Es distinta, es vocacional, específica, difícil, trabajosa. No vale estudiar dos semanas antes del examen y ver qué pasa. Hay que machacarse todos los días con textos latinos y griegos, entre otras materias, cada vez más difíciles.
El que sea una carrera minoritaria no es nada nuevo: siempre lo ha sido por esa razón. Pero en los últimos decenios, la entrada en vigor de la LOGSE ha contribuido más si cabe a consolidar el carácter minoritario de esos estudios. En efecto, la propia ley castiga las materias clásicas al hacerlas optativas, obligadas a competir, por ejemplo en Asturias, con francés o asturiano. En el fondo es un veto. ¿Quién se atreve, en un mundo como el actual, a dejar de estudiar francés, cuando el mensaje social es el de que sin idiomas no hay salidas y mucho menos entradas? ¿Vetan por eso el latín que nos ayuda a aprenderlos? Curiosa contradicción.
Pero demagogia es demagogia. Quien puso el veto fue un insensato: la tomaron con el latín como símbolo de lo arcaico y desfasado: muerto el latín, llega el progreso. Es así como se explica el pésimo nivel cultural, rayano a veces en el analfabetismo funcional, con que muchos alumnos llegan a la universidad... en todas las materias y carreras. Ha de saberse que, entre las múltiples utilidades del latín -ya no me refiero al griego-, destaca la de que facilita a un adolescente el que aprenda a leer un texto cualquiera, a estructurarlo, a distinguir sus partes, a separar lo esencial de lo accesorio, a desmigajarlo, cosa que equivale, a su vez, en igual medida, a entenderlo. ¡Entender un texto! ¿No es esa la esencia del estudio? Entender, no sólo memorizar, que por sí solo no sirve para nada. Los alumnos de medias son víctimas de una decisión mal tomada, como otras muchas. Los han convertido en masa sumisa, sin capacidad crítica: no saben «leer» y mucho menos «componer». La infantil expresión escrita de muchos es un dolor.
E n este sentido, el latín es, como el español o las matemáticas, una materia estructural, troncal en la vida de un estudiante de la que no se le puede privar: hacerlo es un robo. Sus efectos se ven a medio plazo. Y a pesar de todo, gracias al denuedo y la abnegación del profesorado de medias, sobrevivimos y seguimos dando trabajo a quienes se atreven y esfuerzan con nuestras materias: no todos resisten el duro ritmo que hay que imponer.
Pero como digo, las tendencias son tornadizas. Un nuevo problema acucia ya a la Universidad: la falta de clientela. No sólo por el dramático descenso demográfico, sino por el pragmatismo de las nuevas generaciones, criadas entre los frecuentes algodones del hijo único, que ven en la Formación Profesional, al fin liberada de prejuicios, una forma rápida, eficaz y menos costosa de obtener un puesto de trabajo digno y muy bien remunerado. Entretanto, la Universidad declina, malvive, muere a plazos por falta de dineros, mangoneada en muchos estamentos por «hombres masa sumisos», dispuestos siempre a reproducirse a sí mismos en otros como ellos, esclavos de una deuda.
Socialistas de Asturias: ¿tan poco confiáis en la recuperación económica que ya anunciáis? ¿Seréis los primeros en liquidar la Filología Clásica en una universidad pública española? ¿Seréis vosotros los primeros en decir: «adiós, latín, adiós»?