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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 27 mayo 2012

Cultura

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Las antiguas herramientas
Cabruñando la guadaña. / E. C.
Es un lugar antiguo, venerable. En la cueva de Lluera, que estos días han abierto al público para que se puedan ver los uros, caballos y ciervos pintados en sus paredes por manos que conocían la magia, se pueden encontrar indicios antiquísimos del poblamiento de este valle. El Nalón, entre Fusu de la Reina y Trubia, va entre peñas conciliando extremos y dando una lección de belleza. A mí no me extraña que José Cuevas aquí se detuviese para pintar una ermita en el monte (Valle Inclán siempre escribía 'hermita', con su campanario ortográfico) o para apuntar en su cuaderno de dibujos el complicado bordado de una saya aldeana. Por Caces pasan todos los caminos y este en tiempos fue principal: Alfonso II alzó un castillo de defensa en las riberas del río y aún hoy en sus ventanas se ilumina, de vez en cuando, alguna luz. Le compré la casa a los herederos de Joaquín y Luisa, dos hermanos que tuvieron esa suerte que a pocos les ha sido concedida: nacer, vivir y morir en la misma casa donde habían nacido, vivido y muerto sus padres y abuelos. Joaquín o era muy conservador o tenía el síndrome de Diógenes: yo no sé cuántas herramientas he encontrado, suficientes en todo caso para completar una buena colección etnográfica. En las familias, como es natural, se sucedían los oficios, y guardadas en la panera he encontrado herramientas de carpintero, de cantero, de herrador, de campesino y de pescador. La mayoría no sé para qué sirven. Muchas veces me he sorprendido con alguna entre las manos intentando imaginar su uso.
Las herramientas guardan el calor de sus antiguos dueños, de alguna manera su alma. Jorge Luis Borges, en un soneto famoso, nos habla de un cuchillo de Toledo que un día tuvo entre sus manos. Cuando lo empuñó, sintió la fiebre de quien se introduce, sin saber si podrá salir, en un laberinto. Una sensación parecida he tenido yo, con estas que guardo en la panera. No sé para qué sirven, no sé ni siquiera cómo se llaman. No tienen valor económico alguno. Un chamarilero no me daría por ellas ni 50 euros siendo muy generoso: pero ya digo que guardan un orden secreto, una secreta fuerza, y por eso las ordeno, las limpio, las dejo en su estantería por si algún día -cosa improbable- volviesen a ser necesarias.
Hugh MacDiarmid, un poeta que cultivó el escocés y el inglés, escribió un poema sobre las herramientas oxidadas que encontró en la granja de su abuelo. Más o menos, el poema -que pongo en prosa- decía así: «El tacto de mi abuelo -y el del abuelo de mi abuelo- está en esta herrumbre que no se consume en mi corazón, aunque sí en los días que pasan. La vieja guadaña, colgada en su viga, hace años que no siega la verde primavera: los tordos que se posaban junto al muro, ¿cómo podrán cantar desde entonces si mi abuelo yace en su silencio? Otra guadaña afilada, la del tiempo, corta incesante los juncos de la vida». Y concluye: «Debería aprender, en el martillo y en el yunque de mi memoria, a clavuñar mi dolor».
No sé que hacer con ellas, con estas herramientas. Tienen algo de símbolo imperecedero, tienen algo que no se consume aunque el tiempo haya pasado por ellas arruinándolas; pero guardan en su pulso el latido del trabajo humano, el sudor de los sueños de muchas generaciones. Cojo alguna entre mis manos y me doy cuenta que ni siquiera sé su nombre. Presiento ese latido, esa sombría distancia que existe entre mi tacto y su superficie y que se llama olvido. Son muy curiosos, estos artilugios: levantaron casas, hicieron mesas y sillas, fueron el arpón que sacó al salmón de su cueva fluvial.
Los romanos las consagraban a los dioses lares, pues pensaban que en ellas fluía aún la sangre de los antepasados. Así entiendo el poema de MacDiarmid, que voy traduciendo como puedo del escocés. Lo habíamos dejado con su deseo de templar, con el martillo y en el yunque de su memoria, su dolor. Nos dice finalmente: «Abuelo, he olvidado cosas esenciales que me enseñaste. No te rías de mí si me ves segar con la antigua guadaña las sebes áridas del tiempo. Ten paciencia, sonríe desde tu tumba, disculpa mi torpeza: con las palabras estoy intentando abrir el viejo camino yermo. Ése que lleva a la canción».

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