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AVILÉS - GIJÓN - OVIEDO | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Lunes, 13 febrero 2012

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Despedida y cierre
L EO que «el adiós a Jackson no ganó en audiencia al de Reagan y al de Diana». Leo que «más de 31 millones de personas vieron en vivo por televisión su funeral... pese a que la cifra no incluyó los otros millones que se cree que lo vieron por internet o en repeticiones, los datos de audiencia palidecieron en comparación con las 37,8 millones de personas que observaron en enero la toma de posesión del presidente Barack Obama».
Qué mal se nos da la muerte. No ya sólo morirnos, que cuesta un dolor, un susto, una eternidad o un suspiro, según se cruce la suerte; no sólo aceptar la cosa, que cuesta un triunfo, una derrota, un trauma o una depresión, según se tenga temple y carácter, sino la idea de los otros, del fin de los otros. El despliegue mediático que se montó en el Staples Center de Los Ángeles, supuso el cruce de lo mejorcito de cada casa comunicadora, de cada web, de cada canal, y reunió a estrellas de la música, el cine o el deporte como Stevie Wonder, Mariah Carey, Brooke Shields, Kobe Bryant o Magic Johnson. Era como tener un concierto a granel, con el aliciente de que alguno de ellos o todos echaran sus lagrimitas, expiaran públicamente sus pecados fraternales o se entregaran a expiar los nuestros. En rigor, hay que reconocer que después de doce días de llanto, muchos tuvieron su regalo con la presencia de esa niña que siempre ha estado cubierta de velos y máscaras. Ella se puso ante el micrófono, con su vestido negro, sus preciosos ojos cargados de pena, sus brazos frágiles y su voz titubeante, suficientemente fuerte, sin embargo, para decir que lo quería, que lo echaba de menos. Supongo que eso sería un pico de audiencia, un vuelco emotivo de calculable valor que estarán ya estudiando cómo hacerlo rentable. La niña satisfizo las expectativas, quiero pensar que de forma natural, espontánea y puso la guinda a tanto jaleo emocional. Una vez que se apagan los focos y la multitud regresa a su vida, una vez que las grandes estrellas se meten en sus mansiones y recogen velas, una vez que los arrebatos del duelo exagerado se van difuminando hasta borrarse, queda la soledad, con sus grandes precipicios. Y estará allí, unos cuantos meses, unas cuantas semanas, un año o dos. Estará firme e inquebrantable, segura de su poder devastador, de su fuerza. Y con eso habrá de bregar esa niña y sus hermanos. Y tendrá que apechugar con la razón natural que no tiene vuelta de hoja, que ninguna fama o dinero puede evitar. ¿Se lo imaginaría ella, ante el micrófono, adelantando ya el sabor de la soledad? ¿Habrá intuido el dolor agudo que deja el olvido, ante los millones de fans, con su padre en un ataúd dorado? ¿Habrá llorado por ella, también? Qué mal se nos da la muerte, que mal se nos da morirnos.

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