BENEDICTO XVl se ha rodeado de teólogos y expertos en economía para su tercera encíclica, 'Caritas in Veritate', una encíclica de tipo social, en plena crisis económica. Es clara, contundente y precisa. Trata de poner al capitalismo, artífice de la crisis actual, ante el espejo de la ética. En la 'Populorum progressio', Pablo VI trató las desigualdades de países ricos y pobres. Ahora, Benedicto XVI analiza la globalización, que debe estar orientada por la justicia y el bien común, la ayuda a los más débiles y un nuevo sistema de valores. La encíclica exige a los Estados que cuiden la protección social y a las empresas que piensen en sus trabajadores.
'Caritas in Veritate' muestra que la caridad es el único camino de la doctrina social de la Iglesia. «Compartir bienes y recursos, así llega el auténtico desarrollo, que no es sólo progreso técnico sino la fuerza del amor que vence al mal». Ese es el eje de la encíclica que se puede resumir en estos puntos:
1.-«La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer, ni pretende mezclarse en la política de los Estados, pero quiere recordar sus principios para un desarrollo humano integral». Cuarenta años después de la 'Populorum Progressio', los problemas de desigualdad entre ricos y pobres siguen siendo los mismos.
2.-«El beneficio, cuando es obtenido injustamente y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza», opina el Papa, y de ahí parte una amplia crítica a prácticas y hábitos una economía sin normas morales. Estamos en un «desarrollo derrochador y consumista» que trae nuevas formas de pobreza.
3.-La encíclica analiza la explotación de los trabajadores, la pérdida del papel de los sindicatos para defender a los obreros. Los inmigrantes son tratados como mercancía de trabajo y aumenta la inestabilidad psicológica por la movilidad laboral.
4.-El Papa pide una nueva cultura, donde no se pueda avasallar al débil. La solidaridad no sólo es un derecho, sino un deber. En los países ricos abunda lo superfluo y los gastos inútiles, mientras los pobres no tienen agua potable, por lo que es necesaria la ayuda al desarrollo, el comercio justo y la cooperación, aunque avisa de sus peligros: los organismos que viven de los pobres para costear su elevado nivel de vida, las ONG poco transparentes y las ayudas a los países pobres que se transforman en dominio cultural y pérdida de tradiciones locales.
También previene contra el turismo consumista y su vertiente sexual y pide «una verdadera autoridad política mundial», regida por la solidaridad y el derecho. Para el Papa, la clave está en personas rectas y un humanismo cristiano.