F UE a la altura de Higueruela, por tierras albaceteñas, cuando cientos de desaforados gigantes de brazos tan largos como dos leguas, me salieron al encuentro tal como lo habían hecho aquellos otros en el campo de Montiel frente al valeroso don Quijote, y al igual que le había ocurrido al hidalgo de la Mancha, a mí se me antojaron violentos los enormes apéndices volteados al viento y me pareció comprometedora y ofensiva aquella repentina y monstruosa presencia, que a un lado y a otro del camino, en grupos bien alineados y estratégicamente situados, movían a un ritmo frenético sus aparatosas armas contra mí. Imaginé al bueno de Alonso Quijano gritando aquello de «non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete».
Sin duda, todos llevamos dentro ese luchador trágico que se rebela contra una realidad adversa y grotesca, contra una evidencia desaforada y hostil, en defensa de unos ideales que nos sustentan como seres humanos aun a sabiendas de que pueden resultar inalcanzables. Así es nuestro idealismo, el intento de reducir el mundo a una actividad del espíritu, de identificar lo real con lo racional, es decir, el objeto con la conciencia. Y la grandeza de la magnífica novela de Cervantes reside, entre otras cosas, en que ese idealismo no se manifiesta enfrentado al realismo, sino que convive con él, aprende de él y termina fundiéndose con él.
La primera sensación -en cuanto a impresión y también estremecimiento-, al contemplar la miríada de los artilugios eólicos es la de rabia, la de lucha, la de batalla destructiva contra los estandartes del progreso que asustan a los pájaros y afean el paisaje. Pero también Sancho Panza, con la conformación de su juicio con la realidad, está dentro de todos nosotros, y también su realismo se nos revela y nos habla y nos explica que los brazos del gigante no son otra cosa que las aspas del molino que al moverlas el viento hacen andar la piedra. Y entendemos entonces, escuchando a Sancho, que al llegar a casa, cansados de nuestras aventuras, encenderemos las luces y prenderemos los aparatos multifunciones que ora nos arrojarán frío, ora nos envolverán de calor, y abriremos el frigorífico buscando refrigerios y encenderemos el televisor, aunque sólo sea para sentir compañía, y en el ordenador buscaremos algún mensaje de los amigos, y nuestra vida estará rodeada y sustentada por energías eléctricas que bien pudieran haber llegado desde los vientos que las aspas de los gigantes de Higueruela convirtieron o renovaron para nuestro desahogo y bienestar.
Superada, pues, la alucinación inicial de identificar a los grandes molinos como monstruosos gigantes, uno se siente bien al pensar que la energía que consumimos procede de la molienda del viento. Este procedimiento denominado eólico es inagotable, es barato y, al generar la energía eléctrica sin que exista un proceso de combustión o una etapa de transformación térmica, está exento de problemas de contaminación. Se suprimen radicalmente los impactos originados por los combustibles durante su extracción, transformación, transporte y combustión, lo que beneficia la atmósfera, el suelo, el agua, la fauna y la vegetación. No hay incidencia sobre las características fisicoquímicas del suelo, ya que no se produce ningún contaminante que incida sobre este medio, ni tampoco vertidos o grandes movimientos de tierras. No hay alteración sobre los acuíferos, no se producen gases tóxicos, ni se contribuye al efecto invernadero, ni se destruye la capa de ozono, ni por supuesto se crea con este sistema esa sucia lluvia llamada ácida.
Y entonces don Quijote de la Mancha se ilusiona de nuevo -recupera su idealismo-, y sus ojos ya no ven al gigante Briarceo con sus cien brazos y sus cincuenta cabezas, pero quiere salir a cabalgar por el mundo para defender las bondades y los beneficios que acarrea para la humanidad la molienda del viento, pero el pacífico de Sancho lo ayuda a levantar, le sube a su Ronizante maltrecho y, camino de Puerto Lápice, le aconseja: «Mire vuestra merced que estos molimientos también exigen de algunas precauciones al ser máquinas exageradas y necesariamente grandes que alteran los entornos». Y el de la Triste Figura bien pudiera contestarle: «Dices verdad, amigo Sancho, pues las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza y, puesto que no se pueden ni se deben llamar engaños los que ponen la mira en virtuosos fines, habrá que gestionar esta nueva aventura energética a la manera de los caballeros andantes, respetando el código de honor, resolviendo los entuertos o injusticias que su implantación provoque y protegiendo siempre a los más desfavorecidos, aves del cielo incluidas, de agravios y sinrazones».