Q UE un libro te devore. Es la fórmula de una maldición, con los ojos de la maga fijos en tu palma abierta. Nunca mejor maldición. Que una historia te hechice y caigan sobre ti el poder y la palabra, el fuego y la tormenta. Todo ello literalmente, con una carga eléctrica que haga que se te fundan los circuitos, esos que creías controlados, esos que ignorabas. Uno de los mayores placeres para quien gusta de leer y leer, es doblegar su voluntad a la voluntad del escritor, a la energía de sus relatos. Hay magnetismo profundo y taimado en David FosterWallace, un talento tan sobrenatural que la sóla posibilidad de entenderlo y disfrutarlo te hace ser mejor, sintiéndote peor. Media primavera y parte del verano se consumen en sus cuentos y sus laberintos detallados al milímetro, pensamientos que zurcen una realidad compacta pero heterogénea y casi circular. Escapar por unas horas de ese paisaje te provoca un alivio que, sin embargo, no calma la angustia, la alimenta. Wallace se escabulle en sus palabras como un jinete cortando el viento con su caballo, igual que un profeta avieso que se muere por despertar tu conciencia pero no se quedara para complacerse con el resultado. Existen narradores de su talla, no lo dudo, alguno hasta puedo pronunciarlo de rodillas, pero la comparación y el mérito no le restan audacia y frescura. Da pena desengancharse y proseguir las semanas, sabiendo que no tienes algo así en tu mesita de noche, en tu bolso, en tu sofá; da pena ponerse de nuevo a peregrinar por entre las novedades y las estanterías, buscando lo mismo, aunque sea diferente. Pero en ese proceso de abandono, de lucha contra los elementos y ansiedad infinita, a veces, con suerte y unas cuantas recomendaciones de buenos amigos, se vuelve a descubrir otro paraíso en el que quedarse, un par de semanas, unos cuantos días. Y eso es justo lo que ha pasado, con mucha suerte. Bajando de las altas cotas de la miseria y soñando con mundos de caballeros, luchas y épicas, hete aquí que llega Kvothe a rescatarme. Una vida multiplicada y enriquecida; un escenario de fantasía y aventura; un universo entero con su mapa y sus geografías despobladas de rutina y cotidianeidad. Puedo, en fin, caer de nuevo rendida a la primera entrega (eso dicen, eso espero) de Patrick Rothfuss 'El nombre del viento'. Anuncian que es el nuevo J. R. R. Tolkien, el nuevo George R. R. Martin, el heredero natural de Ursula K. Le Guin. Y será , no lo discuto, pero sobre todo Ruthfuss es mi nueva esperanza literaria, literalmente. Y así, se hará agosto entre lluvia y humedad, un mes trepidante y rico, fabuloso en su extensión, fructífero en su esencia. Y el poder y la palabra, el fuego y la tormenta serán sobre mí, porque un libro me devora.