Quienes permitieron que desde sus emisoras se defendiera la masacre de Irak. Quienes condenaron a muerte a niños ahora felizmente salvados por las células madre. Quienes durante siglos alimentaron las hogueras con los cuerpos de los que desafiaban sus dogmas. Quienes bendijeron la 'Cruzada' y apoyaron la dictadura de Franco a sabiendas de sus asesinatos diarios. Esos, esos, son los mismos que hoy se presentan como paladines del derecho a la vida.
Ante este cinismo, revuelve las tripas escuchar la voz del cardenal Rouco en sus proclamas vacías «a favor de la vida». Aunque lo más grave es que la Iglesia Católica oculta sus verdaderos argumentos, que son teológicos. El resucitado debate del aborto es tan sólo una nota más en la sinfonía desafinada del Vaticano, que sabe que con educación sexual en las escuelas y acceso universal a los anticonceptivos se evitarían muchos abortos.
Pero esto choca con la teología católica: el sexo, fuera del matrimonio y ajeno a la reproducción, es pecado mortal, y nos acarreará el infierno en el más allá. Así, como suena, de chiste. Obviamente, hoy ya no pueden aparecer en los medios hablándonos de «pecado mortal», «condenación eterna», etcétera porque provocarían cataratas de risas.
Los obispos lo saben, y lo ocultan bajo la capa del «derecho a la vida», «la dignidad del embrión» y demás fraseología tan florida como huera, aunque la vida, en el fondo, les importe un rabano. El renacido debate sobre el aborto constituye sólo otro 'banderín de enganche' como lo fue los pasados meses el «derecho de los padres a educar a sus hijos». De este modo soliviantan a miles de personas buenas y agitan a sus fieles. Tan grave como lo anterior es la condena de la Iglesia a la selección de embriones.
De nuevo, el Vaticano oculta sus argumentos teológicos, y silencian que para ellos lo que otorga carácter de 'vida humana' a un embrión es la inoculación, por parte de Dios, de un alma inmortal en el instante de la concepción. Sin duda, es una idea que debemos respetar, pero intentar imponer la teología sobre los avances médicos y la vida constituye una aberración medieval.
Obviamente, llamar «ser humano» o «hermanos» a unas simples células es una idea muy discutible. Otra cuestión es que, a medida que se van desarrollando, se opere una progresiva protección que devendría plena en el momento del nacimiento. Y de cualquier manera, impedir que un conjunto de células salven la vida de un ser humano con nombre y apellidos, me parece una cruel sandez por parte de la Iglesia.