Saltar Menú de navegación
Hemeroteca |
RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Portada

OPINIÓN ARTICULOS

Los científicos acaban de bautizar a esas infinitesimales 'garrapatas' tóxicas con el nombre de nitrosaminas, perversos derivados de la nicotina emitida por los cigarrillos

Cerrar Envía la noticia

Rellena los siguientes campos para enviar esta información a otras personas.

Nombre Email remitente
Para Email destinatario
Borrar    Enviar

Cerrar Rectificar la noticia

Rellene todos los campos con sus datos.

Nombre* Email*
* campo obligatorioBorrar    Enviar
El humo de tercera mano
:: GASPAR MEANA
En el gran zoco de la calle somos testigos de cuanto sucede a nuestro alrededor, que viene a ser lo que nos sucede a nosotros mismos. Y, ahora, en el decurso de los días que nos traen y nos llevan entre las noticias calamitosas de siempre, transitamos cualquier calle de la ciudad, como normalitos ciudadanos de a pie, y sorprendemos, con inusitada asiduidad, la presencia multiplicada de un individuo, hembra o varón, que, habiendo arañado tres o cuatro minutos a su horario laboral, sale a la puerta de su establecimiento y allí se detiene, como esos chuchos sumisos a los que sus amos, que andan a sus menesteres en el interior de la tienda, han prohibido el paso a cambio, seguramente, de una caricia en las orejas o un trozo de galleta.
El individuo de turno, siempre pendiente de la hora, enciende ávidamente un cigarrillo y comienza a darle voraces chupeteos, exhalando al aire inocente la apestosa tufarada que, al parecer, contiene algo así como unos cuantos millones de infinitesimales 'garrapatas' tóxicas, que los científicos acaban de bautizar con el nombre de nitrosaminas, perversos derivados de la nicotina emitida por los cigarrillos mediante la interacción con el ácido nitroso de la atmósfera. Tales microbios, aerobios, bacilos o 'garrapatas' invisibles al ojo humano que acaban de recibir ese apelativo tan sospechosamente clínico, gozan de una diabólica cualidad que, según el doctor Mahomad Sleiman, de la Universidad de Berkeley, que se ha ocupado de la cuestión, consiste en depositarse, sin que ningún ser humano se percate de ello, sobre los muebles, las tapicerías, la ropa de los fumadores y, por ende, sobre el rabo de la cucharilla con que revolvemos el azúcar del café o el periódico que acabamos de adquirir. Es decir, esas como garrapatas letales invaden todo lo que tocamos, vemos y sentimos. Y, a lo que parece, no es cosa baladí la invasión masiva de esos microorganismos que nos regala un simple cigarrillo, porque se asegura que sus compuestos son cancerígenos y que provocan, entre otras malignidades, tumor de esófago.
No sé si este es el momento de evocar los nombres de tanto fumador eximio como se nos ha venido presentando -y, nosotros, frívolamente imitando- a través del cine o de la literatura y que, en razón de su relevancia, popularidad o apostura física, llegaron a convertirse en iconos de los estudiantillos, adolescentes o neófitos que a toda costa trataban de emular la pretendida grandeza de encender un pitillo o exhalar un aro de humo con más o menos destreza. Hablando de fumadores paradigmáticos, que tanto daño han hecho a sus imitadores, nadie mejor que un Humphrey Bogart para, con el cigarrillo entre los dedos, calcular, dosificar y dominar cada segundo del tiempo que debía dedicar a su interlocutor, fuera la dama anhelada o el gánster de colmillo retorcido. Entre los iconos femeninos, y rindiendo sólo una mención de pasada (¿piropo o reproche?) a figuras tan admiradas como Marlene Dietrich, Lauren Bacall o Rita Hayworth, ninguna más representativa que Bette Davis, en cuyos labios se ahorraban las palabras, que ella pronunciaba como nadie en el modo de mover los dedos sobre la pitillera, en la pequeña obra de arte de encender un cigarrillo y en convertir las volutas de humo en asentimientos sibilinos, negativas rotundas, súplicas desesperadas o desaires inapelables. Y ella, eximia actriz y mujer envanecida, murió al lado del cigarrillo. En muy pocas ocasiones hemos sido tan heridos ante el desmoronamiento de un ser humano como en el caso de aquella patética Davis que comparecía, por última vez, en el Festival de San Sebastián de 1989, poco antes de su fallecimiento en París. El manojo de huesos en que se había convertido el vivaracho cuerpo de la gran fumadora, cuerpo embadurnado de maquillaje y grotescamente rejuvenecido con una peluca rubia, se dejó vencer por el prurito egocéntrico de haber sido una de las más halagadas fumadoras del mundo y, sacando fuerzas de flaqueza, aquel día se apoyó en el borde del atril, leyó unas palabras apenas audibles y, sin más, hizo un mutis vacilante, del que quedó flotando en el aire el simulacro de una de las bocanadas de humo como las que lanzaba Margot Channing en la piel de una Davis de mirada acuchilladora en 'Eva al desnudo'.
¿Daña tanto el tabaco como aseguran sus detractores? ¿Es casi inocuo, como sostienen sus partidarios? ¿Han llegado a una conclusión definitiva estos científicos, con el doctor Mohamad Sleiman a la cabeza, que acaban de descubrir el macabro humo de tercera mano? Y, si esto último es así, ¿por qué no se clausuran todas las tabaqueras del mundo y, acto seguido, se encarcela a sus dirigentes? ¿Se acuerda alguien de Edward Bernays, profesor de la Universidad de Nueva York que, en la década de los veinte del siglo pasado, fue contratado por Chesterfield con el fin de incorporar a las mujeres al consumo del tabaco, para lo que contrató a productores, directores y guionistas de Hollywood con el fin de que se incluyeran en las películas escenas en que las protagonistas apareciesen fumando?
La hipocresía, los gobernantes, las finanzas y la estulticia se agazapan, a partes iguales, a la sombra de un hábito tan tentador y tan dramático como el del tabaco, esa sustancia placentera y mortal cuyo veneno nos aguarda a la vuelta de la esquina, inoculado en cualquier objeto de uso cotidiano, según afirma, no sé si con fundamento o sin él, ese grupo de científicos norteamericanos que han resuelto aplicarle un vulgar nombre de cinco palabras: el humo de tercera mano.

Vocento
SarenetRSS