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RSS | ed. impresa | Regístrate | Domingo, 12 febrero 2012

Oriente

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Los pueblos de la comarca se preparan para festejar al patrón

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Tierra de fiestas
Los simpatizantes llaniscos de la Magdalena, con la hoguera . :: N. A.
El verano está a la vuelta de la esquina y los diferentes pueblos y villas de la comarca oriental se preparan para dar vida a sus fiestas patronales, alguna de ellas trasladada al estío desde otras estaciones menos calurosas y multitudinarias. Se trata de invertir el calendario para impregnar de más lustre a los actos. La fiesta, el elemento central en su conjunto, no es otra cosa que una jornada de diversión y actividades culturales que se celebra en una localidad en días determinados y sirve para reforzar el sentimiento colectivo de los vecinos.
Ningún pueblo, por pequeño que éste sea, opta por dejar en blanco el programa de fiestas en el verano. Las comisiones ajustan las celebraciones a sus presupuestos, cuadrados con la aportación económica de los vecinos, y hacen frente a unos gastos que oscilan en un amplísimo péndulo que va desde 2.000 hasta 150.000 euros. Y donde no haya vecinos dispuestos a echarse los festejos a la espalda esa función la asume el Ayuntamiento y los dispendios se disparan, en ocasiones hasta 300.000 euros.
Un día de fiesta en cualquiera de los pueblos presenta elementos comunes: misa, procesión, ramos, bailes, plantación de la hoguera, mozos y mozas ataviados con el traje regional, danza prima y verbena. El sentir colectivo impregna todos los actos de sentimiento, pasión y competencia, estados de ánimo llenos de visceralidad que hay que poner en valor, aunque resulte necesario matizarlos en el momento de definir con objetividad el contenido de los festejos.
No conviene exagerar en demasía la búsqueda de antigüedad en los acontecimientos que se escenifican. Para los estudiosos del entorno festivo, como la etnógrafa riosellana Yolanda Cerra Bada, las fiestas «tienen multiplicidad de funciones y significados. Como cualquier manifestación cultural, no son vestigios de un pasado arcaico que han llegado hasta aquí sin modificaciones». Así pues, la cultura festiva se encuentra en continua evolución y pensar que las fiestas son sólo una supervivencia del pasado supone negar transformaciones y cambios. Habría que entender las fiestas como una «superposición de temporalidades», dice Yolanda Cerra, con elementos precristianos, cristianos, medievales, modernos y contemporáneos. Incluso las hay innovadoras, como Las Piraguas, que representa una ruptura total con las tradiciones y la desvinculación de aspectos religiosos, a través del deporte, el descontrol y el triunfo del exceso. Y este acontecimiento, que tiene al río Sella como protagonista, se convierte en novedoso al facilitar la participación activa de dos villas, Ribadesella y Arriondas, capitales de municipios diferentes.
A lo largo de los últimos cien años los festejos populares gozaron de muy diferente salud y se fueron reactivando con la presencia de los indianos, personas económicamente solventes que corrían con la casi totalidad de los gastos para revitalizar las fiestas de un pueblo que en el momento más esplendoroso de sus vidas habían tenido que abandonar rumbo a América, en busca de fortuna.
Llevar la luz eléctrica hasta la finca en la que se celebraba la fiesta, la compra masiva de docenas de voladores, la puja por los panes del ramo hasta cifras desorbitantes, la contratación de las mejores orquestas y los más afamados gaiteros, y el enriquecimiento del traje de llanisca con los deslumbrantes e inalcanzables abalorios, representan una pequeña parte de las aportaciones de los indianos, que desde Cuba y México programaban su regreso en la temporada estival para que coincidiera con las fiestas de su aldea natal.
Desde la postguerra las fiestas se fueron revitalizando, ofrecieron alternativas y al calor de las comisiones experimentaron procesos a medio camino entre el conservadurismo y la innovación. Algo que comenzó teniendo sabor exclusivamente agrario, se convirtió en un ritual para crear conciencia de identidad local y terminó siendo un atractivo turístico con la amplia participación de una sociedad urbana despersonalizada.
¿Para qué sirven las fiestas? Para crear ilusión en la comunidad de vecinos y para la identificación con el patrón, un santo o la Virgen, que es utilizado como elemento diferenciador frente a los miembros de otra localidad. Incluso sirven para reforzar los lazos familiares en torno a la comida, en la que participan personas de un mismo clan que permanecen separadas a lo largo del año. Y en la mesa aparece más cantidad de comida de la que habitualmente se puede consumir.
En bastantes ocasiones, en el momento de la subasta de los ramos, las fiestas se utilizan para revalidar el prestigio personal conseguido con los años. La puja alcanza precios muy superiores al valor real de los panes pero el que la remata obtiene un reconocimiento de sus vecinos que le compensa el gasto.
Y ¿cuál es el significado de los ramos? «Una ofrenda que la comunidad dedica a un icono religioso bajo el principio de reciprocidad equilibrada. Se ofrece a una figura del panteón cristiano bajo cuya protección se pone el vecindario», explica Yolanda Cerra. El ramo y el icono religioso forman los dos grupos más importantes en los que se estructura la procesión posterior a la misa. Ambos circulan sobre andas y acompañados por sendas comitivas: el ramo por las aldeanas y el santo por los curas.
El cortejo de las procesiones marítimas también ofrece un elemento diferenciador del que hacen gala tres villas marineras de la comarca: Lastres, Ribadesella y Llanes, con homenajes a la Virgen del Carmen, a Nuestra Señora de Guía y a Santa Ana, respectivamente. Con estas procesiones se pone en valor el carácter marinero de los pueblos, las andas son porteadas por marineros de bajura y sirven para recordar a los fallecidos en el mar.
Una de las ceremonias más pintorescas que presentan las fiestas de la comarca es la de la plantación de la hoguera. No es otra cosa que un rito vistoso y un signo de identidad en muchos pueblos frente a un bando rival. Año tras año, a través del tronco desnudo, los de Balmori retan a los de Celorio, y en Nueva los simpatizantes de La Blanca desafían a los del Cristo. Y es que en el concejo de Llanes se plantan hoy más hogueras que en el resto de los municipios de Asturias.
Y lo que nadie discute es que se trata de un significado simbólico que utiliza como soporte un elemento vegetal. El antecedente más remoto podría ser el 'maypole', o árbol de mayo: un poste de madera de cierta altura, levantado en el mes de mayo, que puede convertirse en una estructura temporal, si se tira al término de la festividad, o permanente, para todo el año. La raíz podría situarse en el paganismo germánico, que llegó a España tras la invasión de las tribus bárbaras a la caída del Imperio Romano. Eso sí, no tiene un origen exclusivamente local, porque está presente en todas las culturas europeas, desde Rusia hasta Galicia.
¿Qué significado puede tener el rito de plantar una hoguera? Los etnógrafos, como Yolanda Cerra, creen que en sus orígenes se trata de «un medio simbólico para asegurar la fertilidad en general y la protección de la cosecha, en particular, en un tiempo especialmente delicado de la vida agrícola en el que debe garantizarse que la tierra ha de quedar fecundada y dar su fruto». Así, se aseguraría la supervivencia del grupo social en una economía de subsistencia que depende de factores atmosféricos.
Tampoco se descartan otras explicaciones de matiz sociológico, como la de poner a prueba la energía, la potencia, la pericia y el valor de los jóvenes, en concreto la generación más joven y prometedora. Bajo esos criterios, el ritual exige «cooperación entre iguales y fomenta la unidad del grupo, que representa a la comunidad entera».
Actualmente el rito de la hoguera ya perdió el carácter agrario. No se planta en el mes de mayo y se desplazó al verano, ligado a la fiesta patronal. Hoy el rito sirve para crear conciencia de identidad local y hasta se convierte en un atractivo turístico, a través de una imagen idealizada del pasado rural: «Un pasado lleno de valores positivos, de esencias, donde creer que se ha detenido el progreso algún día. Estas actitudes forman parte de una estrategia que se inserta en la búsqueda de las identidades locales, proceso contrario y complementario al de la globalización», sostiene Yolanda Cerra.
Eso sí, los tiempos ultramodernos no fueron capaces de acabar con el ritual de la plantación de la hoguera, que sigue convertido en un acto muy importante para la comunidad local y consumido como un proyecto cultural por turistas y veraneantes. Hay toda una parafernalia en los signos que continúa vigente: días antes de la fiesta los hombres eligen un árbol, hoy un eucalipto y antes un aliso, lo cortan y a continuación lo trasladan al pueblo. Le quitan la corteza, la rama y los nudos. Sólo le dejan la copa, donde antaño se amarraba dinero, un gallo y hasta un bollo de pan. El tronco se planta en un lugar previamente establecido, casi siempre al lado de una iglesia, e invariablemente en una plaza o cerca de una antigua bolera. Para levantar el eucalipto se tiene que haber preparado previamente un hoyo y a partir de ahí no falta quien detecta una referencia sexual, un símbolo fálico. El mismo planteamiento que hace quince siglos, asegurar la fertilidad.

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