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RSS | ed. impresa | Regístrate | Jueves, 23 mayo 2013

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OPINIÓN ARTICULOS

Los productos basura consumen suelo, reducen la biodiversividad, contaminan, utilizan demasiada energía, agua y materias primas y mueven cantidades ingentes de recursos económicos y gastos financieros

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Proyectos basura, proyectos saludables
:: GASPAR MEANA
Comida basura: según la Wikipedia, comida con altos niveles de grasas, sal, condimentos o azúcares, que estimulan el apetito y la sed (lo que tiene gran interés comercial para los que venden este tipo de comida) y numerosos aditivos alimentarios. Su consumo suele relacionarse con la obesidad, las enfermedades del corazón, la diabetes, la caries y la celulitis. La comida basura es propia de la sociedad capitalista. Es rica, barata, tiene una amplia distribución y no requiere esfuerzo para su preparación. Está muy relacionada con la publicidad y el consumismo. Ejemplos típicos de comida basura son las hamburguesas con refresco y patatas fritas, la bollería industrial, etcétera.
Slow food: corriente que propugna otra forma de alimentarse, saludable, relacionada con la dignidad cultural. Utiliza alimentos sanos y naturales, obtenidos con modalidades de producción ligadas al territorio, que salvaguarden la biodiversidad, promoviendo su protección como bienes culturales. Busca el placer, el gusto, lo cualitativo, el respeto al ritmo y tiempo naturales. Este tipo de alimentación es beneficiosa para la salud, y propia de grupos de mayor nivel cultural y conciencia medioambiental. Exige dedicarle más tiempo, favorece los mercados locales, la comercialización a pequeña escala en distancias cortas y contribuye al desarrollo rural. Utiliza productos ecológicos y autóctonos como el pan, la fruta, las verduras, el pescado, la leche y la carne de ganaderías no industrializadas, etcétera.
Todos distinguimos sin dificultad entre comida basura y comida saludable. De la misma manera, debemos empezar a distinguir entre proyectos públicos basura y proyectos públicos saludables. Así, son proyectos basura aquellos que consumen suelo, reducen la biodiversidad, contaminan, utilizan demasiada energía, agua y materias primas y mueven cantidades ingentes de recursos económicos y gastos financieros. Abonan enfermedades sociales o naturales como el estrés, la violencia, la competitividad, el consumismo, el endeudamiento, el distanciamiento y el deterioro de la naturaleza, el cambio climático y la desaparición de especies animales y vegetales. Generan enormes gastos de mantenimiento y explotación. Son propios de sociedades con grandes empresas constructoras y financieras, en las que el dinero, el crédito y el tiempo son valores fundamentales. Aparentemente, crean empleo y son atractivos, pero nunca sacian, provocan una adicción negativa de la que cuesta 'desengancharse', no mejoran la calidad de vida y disminuyen la cohesión social. Ejemplos actuales de proyectos basura serían las autopistas AS-III y La Espina-Ponferrada, el embalse de Caleao, la incineradora de Serín, el nuevo trazado para el AVE Lena-Gijón, la ampliación de El Musel, la regasificadora, las líneas de alta tensión y las centrales térmicas, el Palacio de Justicia y el Calatrava de Oviedo, el uso excesivo de medicamentos y hospitalización, etcétera.
Debemos evitar estos proyectos sucios y volcarnos en los proyectos públicos saludables, que serían aquellos que mejoran la vida de la gente, la educación pública, la investigación y el desarrollo técnico y humano, el empleo, la cohesión social, la utilización inteligente, sostenible, de los recursos locales. Proyectos que permitan obtener conocimientos y libertad, más que infraestructuras, dinero y otros bienes materiales. Como decía Amartya Sen (India, 1933), Nobel de Economía en 1998, en su libro 'Desarrollo y libertad', la calidad de nuestras vidas no debe medirse por el PIB y la acumulación de capital físico, sino por nuestra libertad, entendiendo por tal un conjunto amplio de libertades políticas, económicas y sociales. Sen se cuestiona también la relación entre opulencia y logros. La riqueza no siempre ayuda a conseguir lo que se quiere. Dice que la utilidad de la riqueza reside en las cosas que nos permite hacer, es decir, en las libertades que nos ayuda a conseguir. La expansión de las libertades no sólo enriquece nuestra vida y la libera de restricciones, sino que también nos permite ser personas sociales más plenas, que ejercen su propia voluntad e interactúan con el mundo en el que viven.
Proyectos saludables de este tipo serían, en Asturias, las políticas sociales, educativas y deportivas. Los proyectos que buscan mejorar la salud pública sin medicarnos, evitando la enfermedad, como los de apoyo a la lactancia materna, los hábitos de vida saludables y otros que pretenden provocar una epidemia de salud. Las actuaciones que reduzcan la contaminación, protejan los hábitats naturales y promuevan un urbanismo amigable en simbiosis con la naturaleza. Las de rehabilitación de lo que ya tenemos, gestión sostenible de la demanda de agua, ahorro y eficiencia energética y de cualquier otro recurso. Las de la sociedad del conocimiento y las telecomunicaciones, en especial, las que hacen que los conocimientos, los datos y los programas informáticos sean compartidos libremente. Las que desarrollen en todo el territorio explotaciones hortofrutícolas y ganaderas ecológicas y producciones locales. Las que favorezcan el ferrocarril de uso habitual, la bicicleta y el autobús y penalicen de forma decidida los coches y el transporte aéreo. Los que sustituyan la fiscalidad sobre el empleo por fiscalidad ecológica.
Si hacemos eso, tardaremos más en llegar a algunos sitios (¿qué prisa hay?) y tendremos menos cosas innecesarias, menos camiones, asfalto y hormigón, pero disfrutaremos de un patrimonio natural y cultural mucho mayor, estaremos más sanos y seremos más sabios, más libres y, posiblemente, más felices.

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