Ha sido comenzar el baile de candidatos y lanzarse, casi sin quererlo, la precampaña electoral. Javier Fernández ya está sentado en la esquina socialista del 'ring' y espera rival en el enemigo popular, enfrascado en una pugna interna que amenaza con dejarle sin fuerzas cuando llegue el combate verdadero. Los partidos apuran los últimos días de julio antes de darse una tregua vacacional. Pero cuando llegue septiembre y se retome el curso político, la carrera ya no tendrá freno, con la vista puesta en mayo de 2011. PSOE y PP afilan las uñas para el momento del choque frontal, mientras el resto de formaciones que concurren a las urnas intentan hacerse un hueco en un escenario cada vez más impregnado por el bipartidismo.
IU intentará 'vender' su gestión en el Gobierno regional como garantía de una lucha contra la crisis desde la izquierda, mientras UPyD e IDEAS pugnarán por el difícil objetivo de obtener representación en la Junta General. La opción asturianista, mientras, afronta el reto de superar su fragmentación, que desde hace varias legislaturas le condena a la vida extraparlamentaria. Y todo ello con una crisis económica galopante que se presenta como principal argumento arrojadizo.
Los socialistas, que parten desde la primera línea de salida en su calidad de partido gobernante, encaran una situación complicada. Lo era aún más hace un par de semanas, cuando parecía que la crisis iba a monopolizar el debate político en los próximos meses. Pero el PP le ha dado una baza con la que no contaba. Cuando parecía que Francisco Álvarez-Cascos iba a ser el candidato rival, un nombre que infundía respeto en las filas del PSOE, el enfrentamiento interno en que se han sumido los populares ha dado un giro a los acontecimientos. Los socialistas observan el guirigay popular con regocijo, sabedores de que la más que posible fractura que se está fraguando en la formación conservadora irá en su beneficio.
Al margen de lo que haga el PP, el PSOE tiene asuntos propios que resolver. El más relevante tiene que ver con la deriva económica. La teoría política dice que una crisis de este calado desgasta casi en exclusiva a quien gobierna, y los socialistas lo hacen aquí y en Madrid. Las expectativas no son halagüeñas. La posibilidad de que los electores hagan pagar al partido el agravamiento económico y el alza del paro es fundada. Los socialistas tendrán que abusar de la pedagogía para convencer al votante de que su gestión no sólo no ha empeorado las cosas, sino que ha servido para contener la hemorragia, dar pie a la recuperación y, mientras, atender a las capas sociales más desfavorecidas. Jesús Gutiérrez, secretario de Organización de la FSA, hace un análisis positivo: «La crisis es una coyuntura y vamos a salir de ella; saldremos mejor gracias a un partido serio y cohesionado como el PSOE, mientras que el PP, que no se sabe gobernar a sí mismo, no es una garantía para la sociedad».
La segunda cuestión tiene que ver con el candidato en sí. Nadie discute que la figura del todavía presidente, Vicente Álvarez Areces, ya al final de su tercer mandato, sufría cierto desgaste derivado de tanta y tan larga exposición pública. Desde ese punto de vista, la salida a escena de Javier Fernández imprime una imagen de renovación que puede traer efectos positivos. Pero los cambios también implican riesgos. Es un hecho que el grado de conocimiento de Fernández entre la ciudadanía es menor que el de Areces, algo a subsanar. Quedan diez meses para ello, así como para comprobar si su grado de eficacia en la gestión interna del partido, que nadie discute, tiene validez a la hora de construir la imagen de un candidato solvente cuyo discurso y maneras calen entre los votantes.
La tormenta popular
Es verdad que, comparado con la situación que vive el PP, el relevo en las filas socialistas ha sido una balsa de aceite. Los populares sí tienen un problema. Primero, porque aún carecen de candidato. Segundo, porque el que se presumía como posible, Cascos, ha sido descartado por la dirección regional, a la espera de lo que opine Génova. Y tercero, porque las consecuencias de todo ello en cuanto a unidad del partido pueden ser muy graves. Concurrir a las urnas con un partido dividido no es lo más aconsejable.
El portavoz adjunto del PP, Joaquín Aréstegui, relativiza las cosas. Asegura que es «circunstancial», que en el PSOE también tienen lo suyo -«acaban de echar a Areces»- y que la tormenta pasará pronto. Y agrega que, cuando llegue el momento de depositar la papeleta en las urnas, los ciudadanos tendrán mucho más presente la crisis y su gestión que ninguna otra cosa.
Por ahí van las intenciones del PP. Su discurso se focalizará, al margen de en la alternativa propia, en vincular dos palabras: PSOE y crisis. Paro y recesión serán dos conceptos que se escucharán una y otra vez en boca de los dirigentes populares, en un intento por atraer a sus filas al preciado votante que, sin ser fiel a ningún partido, se decanta por una u otra opción en función de las circunstancias. Un espectro social muy amplio que al final es el que decide los comicios.
El PP también 'atizará' a Izquierda Unida como corresponsable de la crisis, en un intento por debilitar ya no sólo al PSOE, sino también a su socio minoritario. Pero la coalición que lidera Jesús Iglesias tiene otras preocupaciones. La más importante, frenar la hemorragia de votos que lleva sufriendo elección a elección. El bipartidismo le ha hecho daño, pero esta vez tiene una ocasión para remontar. La estrategia es clara: fidelizar al electorado propio y, además, captar al votante desencantado con el PSOE, sobre todo desde el giro de José Luis Rodríguez Zapatero y su impulso de severos ajustes económicos y sociales.
IU admite que, en términos estrictamente electorales, «estaríamos más cómodos en la oposición que en el Gobierno». Lo indica su secretario de Comunicación, Pablo Prieto, que añade que han optado, en lugar de moverse por criterios partidistas, por priorizar el interés general y «garantizar que la crisis se afronte desde la izquierda».
Ahí está la clave para IU. Intentará hacer calar el mensaje de que, de no estar en el Ejecutivo regional, el PSOE habría trasladado tal cual a Asturias «el giro a la derecha» de Zapatero. Y se presentará como garantía de que únicamente con un gobierno de coalición, y no con los socialistas en solitario, es posible encarar el despegue sin que los servicios sociales básicos o las inversiones se vean expuestos a recortes. Si ese argumento llega al ciudadano, sus perspectivas crecerán; de lo contrario, corre el riesgo de convertirse en una fuerza política irrelevante.
La posición de tercer partido en Asturias que hoy ocupa IU aspira a asumirla una de las nuevas alternativas en liza: Unión, Progreso y Democracia (UPyD). La formación que desde Madrid pilota Rosa Díez juega con los resultados obtenidos en las últimas europeas y los cálculos le salen: un escaño en la Junta General. «Queremos tener fuerza para condicionar las políticas públicas», se marca como reto su coordinador, Humberto Rodríguez Solla.
Idéntica intención tiene Independientes de Asturias (IDEAS), con Juan Morales, ex portavoz parlamentario del PP, como cara visible. A IDEAS y UPyD, como a IU, les favorece que Cascos no sea el candidato del PP, en la medida en que su llegada generaría un enfrentamiento abierto con el PSOE que restaría votos al resto de opciones políticas. Morales cree que IDEAS será pieza clave en la configuración del próximo gobierno y sale a escena con un mensaje claro: «Que las decisiones que se toman en Asturias sean por el interés de los asturianos, y no decididas por grandes estructuras nacionales desde Madrid».
En un panorama tan complejo, la opción asturianista ha perdido fuelle. URAS-PAS pelea por volver a recuperar el apoyo que ambas fuerzas, por separado, tuvieron en tiempos pasados, y ve en el desencanto con los partidos nacionales una vía por la que crecer. El Bloque por Asturies, que en las últimas elecciones compareció junto a IU, quiere impulsar una plataforma «asturianista, ecologista, feminista y de izquierdas» que cohesione un movimiento hoy dividido en multitud de partidos con escaso respaldo.