Una densa marea roja ha inundado de felicidad los 504.645 kilómetros cuadrados de tierra española. Pero existe un lugar, un vértice mágico al noroeste de la península, donde este verano no solo se han agitado como nunca antes las banderas rojigualdas. También las azules han batido récords. Hasta 122 ondean en las playas de la hechizada Galicia. No hay otra comunidad en el país que merezca tantas. Y es que, si el equipo de Vicente del Bosque maravilla por su juego limpio, la selección de arenales alineados entre Ribadeo y La Guardia brinda al mundo parecido ejemplo de pulcritud y transparencia.
Calas serenas, serenatas náuticas en clave de sol, solanas asomadas al abismo, abismales paredes de roca capaces de soportar 1.160 millones de años, añejas salinas, saludable 'saudade', sauces llorones que llenan las rías de alegría, alegorías del destino en Costa da Morte, mortificadas orillas donde se derrumban olas de hasta veinte metros, meteoritos, meigas, morriña, anduriñas, leyendas; arenas desiertas, desiertos de agua, agoreros derrotados, derroteros sagrados... Pocos litorales encadenan tantos alicientes, estímulos, sorpresas, secretos y misterios como los 1.300 kilómetros en los que se baña Galicia. Portadora de impetuosos genes atlánticos y cantábricos, toma del mar sus sugerentes curvas y su hermosa fisonomía. Pero igualmente su carácter, generoso, honrado, valiente, esforzado, supersticioso, hospitalario. Su clima. Su economía. Su folclore. Sus confines. Su futuro... Y su Historia.
La exclusiva de América
Fue Baiona, al borde de Portugal, la que se enteró antes que nadie en Europa de que existía una tal América. Allí desembarcó Martín Alonso Pizón el 1 de marzo de 1493, trayendo la buena nueva a bordo de La Pinta, a la que la villa dedica hoy un interesante museo con réplica de la carabela incluida. El Museo del escritor Valle Inclán se encuentra en A Pobra do Caramiñal, en el Pazo de Bermúdez, catalogado como Monumento Histórico Artístico desde 1976.
La Torre de Hércules fue declarada Patrimonio de la Humanidad hace apenas un año, pero lo es de La Coruña desde el siglo II, cuando los romanos dotaron a tan escotada ciudad de un faro de navegación que sigue viendo pasar cada año un centenar de trasatlánticos. El primer barco a vapor de España, por cierto, se botó en Ferrol en 1858. Allí mismo se estrenaron en 1881 los de casco y, en 1912, el lugar volvió a ser pionero con el acorazado.
Podría empezar así un largo baño de cultura que refresca la memoria y que se complementa perfectamente con las zambullidas en la playa de Las Catedrales, donde veraneaba Leopoldo Calvo Sotelo; en la de Ortigueira, el extremo más al norte del país, o en la interminable de O Grove, con más de 2,5 kilómetros de longitud y una temperatura que no encoge el ombligo sino, bien al contrario, dilata más de lo previsto el chapuzón.
Por citar sólo tres ejemplos de calas porque, además de las decenas de rutas terrestres que guían los pies del peregrino hasta Santiago, existen en Galicia otros tres caminos divinos que conducen a la gloria sobre arena y agua: el que discurre de las Rías Altas al Golfo Ártabro, el que va de Costa da Morte a las Rías Baixas, y el que corre paralelo a los diferentes senderos que miran a Compostela.
Las etapas a cubrir y en las que detenerse son innumerables:una de cada cuatro banderas azules otorgadas este año por la Fundación Europea de Educación Ambiental ondulan en Lugo, Pontevedra o La Coruña. E incluso nueve de sus arenales han sido distinguidos con la Q del Instituto de Calidad Turística de España (ICTE).
De poco sirve enumerarlos, aun cuando algunos de sus nombres anticipan ya la belleza y encanto que regalan: Cariño, Portocelo, Ganchiño, Alba, A Sirenita, Delicias, Saltiño, Carragueiros, Langosteira, Rareiros... Suenan realmente bien, aunque ninguno como Orzán. No en vano, esta playa, ante la que se arrodilla admirada la ciudad de La Coruña, acaba de ser elegida en Polonia como la que produce mejor sonido del mundo. Entre más de seiscientas aspirantes, el jurado ha quedado embelesado por su sinfonía, interpretada magistralmente por olas y gaviotas, bajo el inestimable acompañamiento de instrumentos de viento.
El mismo terceto ha contribuido a hacer de las Cíes el Parque Nacional de las Islas Atlánticas y anfitriona de la mejor bahía del mundo: la de Rodas. Como tal la proclamó 'The Guardian' en 2007, aunque no es preciso el olfato inglés heredero del querido Watson ni ser uno de los periódicos más prestigiosos del planeta para averiguarlo. Basta desembarcar a la entrada de la ría de Vigo, abandonarse al capricho de las dunas, mirarse al espejo de sus aguas y preguntarse: 'Espejito, espejito, ¿quién es la más bonita?'.
Sin duda, Monteagudo, Do Faro y San Martiño; las tres mayores islas Cíes, de blanca arena y envidiable belleza, blindadas a manzanas envenenadas con una estricta normativa medioambiental que obliga al visitante incluso a llevarse la basura de vuelta a casa. Desde luego, el estrés tiene prohibida la entrada al edén atlántico bajo pena de inmediata aniquilación.
Un parque nacional, seis naturales, cinco reservas de la biosfera, dieciséis rías... demuestran que la madre naturaleza ha acometido numerosas obras maestras en Galicia. Pero también las manos laboriosas y diestras de sus gentes han enriquecido, con igual generosidad y durante siglos, la región: las azuladas cerámicas de Sargadelos, los bordados de las mañosas hilanderas de Camariñas... Por no hablar de las empanadas, albariños y demás artesanía para el paladar.
En Ribeira, La Coruña, se encuentra el mayor puerto español en volumen de descarga de pescado fresco, y la palmaria demostración de lo traicionera que llega a ser la mar: saca la navaja más grande cuando menos te la esperas, te roba el sentido a golpe de lubinas, almejas, nécoras, cigalas, pulpos y percebes... Hasta que uno se muere de gusto.
Menos mal que los 250.000 peregrinos que llegarán a lo largo de este Año Xacobeo a Santiago ganarán el jubileo, y además empezarán a disfrutarlo allí mismo. Porque el paraíso eterno se llama Galicia, fue creado de oro molido y agua bendita. Y es de color azul.