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Por más que nos empeñemos, la muerte no convierte en honorables a los cadáveres. No lava la cara, ni los actos de aquel a quien se lleva para rendir cuentas definitivas con las sombras. Hace unos días, un pequeño grupo de amigos dispersos por el mundo bebimos una botella de buen vino a la salud de otro amigo, muerto hace pocos años y que, por supuesto, no recibió boato en prensa, ni minutos en pantalla, y eso pese a ser una de esas manos obstinadas en frenar el dolor del mundo. Puso a servicio de los más desfavorecidos su tiempo, su capacidad, sus estudios. Su vida. Murió lejos y pidió ser enterrado, sin más, en el remoto lugar donde lo pilló la parca.
Hartita estoy de ver cómo todos nos volvemos desmemoriados cuando cruza un féretro famoso por nuestras narices. Loas y bellos recuerdos para el muerto, así haya sido uno más en la larga lista de los infames. Infames con leales servidores que, incluso tras su muerte, van 'limpiando' el resto de baba y sangre que dejaron a su paso, de modo tal que en lo libros de texto chilenos no se habla de dictadura cuando se menciona la terrible dictadura de Pinochet. Dice una buena amiga que eso de hablar bien de los muertos es una especie de amuleto de los vivos: no sea que nadie tenga una buena palabra cuando la palme y llegue al otro barrio sin una triste buena referencia.
Y mientras loamos a quien firmó sentencias de muerte sin mover una molla de su orondo cuerpo dejamos en las cunetas de la desmemoria a miles de honestos compatriotas, asesinados por esa dictadura silenciada y honrada también entre nosotros. Hasta el punto de perseguir con saña al único juez con los pantalones bien puestos que se tomó en serio dicha recuperación.
La muerte solo recoge los despojos de cuanto hemos sido, y ni todos los falsos honores voceados borran los errores o la perfidia de nuestros actos. Sin embargo, vivimos en un país de larga tradición en dos vertientes: perseguir a los mejores de los suyos hasta despellejarlos o quemarlos en la hoguera -ya saben aquello del Cid: qué buen vasallo si hubiera buen señor- o juzgarlos hasta la extenuación; y vociferar loas a coro sobre el féretro de sus propios verdugos.
No es desmemoria, es pura y dura canallada. Y mientras reincidimos en esos dos vicios nacionales, cantar loas al verdugo en sus funerales y despellejar a los mejores con inquina, pagamos la larga orgía del Chivo -que Vargas Llosa me perdone- con una educación pública empobrecida hasta la mendicidad, con una sanidad a punto de fenecer mientras afilan sus colmillos las clínicas privadas, con la mejor generación de científicos perdida, con cualquier logro social despilfarrado y, en general, nos condenan a pan y agua con derecho a plaza en un albergue los días de gran nevada. Eso sí, siempre nos quedará emigrar.

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