Cuando hace unos meses, el amigo 'Floro' me pidió que escribiera unas notas sobre Proyecto Hombre para publicar en un libro que vería la luz coincidiendo con el 25 aniversario, decidí que tenía que colaborar por dos razones. La primera, porque somos amigos. La segunda, porque, efectivamente, algo sabía de las penurias y las críticas que desde su andadura sufrió esta organización. En la inauguración, por el contrario, quienes versaron sobre este proyecto resaltaron lo mucho y bien que se hacían las cosas, pero nadie habló de las pegas que desde diferentes ámbitos se les ponen día a día. En aquel momento en el que hablamos del asunto, todo daba a entender que el proyecto de Juan Carlos I sería una realidad y por eso yo decía, en aquellas notas que le mandé, que con la nueva sede y con la superficie y las instalaciones modernas, más acordes con las necesidades de hoy, tanto Proyecto Hombre como el Albergue Covadonga y Calor y Café, iban a poder trabajar en unas condiciones francamente mejores que las que tienen en la actualidad. Pero que para eso era necesario que también los vecinos de la zona pusieran su granito de arena. Hoy sabemos que algunas de esas instituciones no van a estar y otras esperan una solución que se fía larga en el tiempo.
La realidad fue bien diferente. Los vecinos de la zona, que dicen ser solidarios y reconocer la gran labor desarrollada por estas instituciones, con la llegada de Foro al Ayuntamiento de Gijón vieron la posibilidad de dar la vuelta al proyecto y, cuando tenían la oportunidad de demostrar esa solidaridad, no estuvieron a la altura de las circunstancias. Vamos, que se les vio el plumero. Pasó en El Coto, en La Calzada, en la avenida del Príncipe de Asturias.
En la época de Marqués como presidente del Gobierno del Principado ya pasó algo parecido. El entonces responsable del Plan de Drogas, Álvarez Amandi, al que acompañé como presidente de las FAMPAS de Gijón al Ateneo de La Calzada para reunirnos con los padres y madres de la zona con el fin de darles información de la posibilidad de abrir un dispensario de metadona en un barrio obrero, en donde, por desgracia, era abundante el consumo de drogas, nos recibieron con pancartas e insultos, diciendo algunas frases como la que refiero a continuación. «Curarlos, sí, pero en una reserva, por ejemplo, en la Campa de Torres». La historia se repite muy a menudo. Somos solidarios con lo de los demás o donde afecta a los otros. Siempre hay justificación para decir no: está cerca de los colegios, es mala la concentración., negritos vendiendo por los barrios, sí, pero, hombre, en el Muro y en verano, no, qué dirán los turistas. Y, por supuesto, en la calle Corrida, tampoco, hasta ahí podríamos llegar. En fin, que tampoco nos debería extrañar esta situación viendo la deriva que está tomando esta Europa capitaneada por la señora Merkel.