No soy hombre disciplinado en casi nada, pero sigo escrupulosamente el ritual de dar un paseo diario. Suele ser a media tarde, tras la leve siesta reparadora, y cumplo así un doble objetivo. En primer lugar, el del imperativo biológico, pues no soy capaz de excluirme del colectivo en que me ha colocado la edad, susceptible ya de ir esquivando los incordios del caso y acatando las exhortaciones, creo que bienintencionadas, de quienes saben de lacerias y del modo de aliviarlas, a ciertas alturas de la vida, caminando un mínimo de cuarenta minutos al día y bebiendo más agua de la que a uno le pide la sed. De otra parte, el paseo me sirve para atemperar la necesidad de dar rienda suelta a los merodeos callejeros que, sin el guirigay de la televisión, la parcialidad de los periódicos o las ambigüedades de internet me deparan en vivo todo cuanto ocurre en las calles y entre el paisanaje de mi ciudad, familiar simulacro del resto del mundo.
La calle, todos lo sabemos, es un paisaje tranquilo, atronador o alucinado, según el contenido de los sentimientos que nos lleven a él y la condición que mueva a los demás. De cualquier modo, entre unos y otros acabamos creando en ese paraje de asfalto, semáforos, pasos de cebra, chirridos y runruneo de voces anónimas un odiado y al mismo tiempo apetecido universo en el que nos movemos de un lado a otro, discutimos, nos complacemos, rumiamos silencios, reímos o tragamos pesadumbres. La voz de un niño, el estrépito de un claxon, el olor tierno y acre del salitre que llega del puerto, el voceo insistente del vendedor ambulante, el perfume fugaz de la dama que cruza o las aburridas pero avisadoras campanadas de un reloj van conformando el tamaño de nuestra atención, nuestro desinterés o nuestra absoluta indiferencia. A poco que observemos, nos percatamos de pequeños pero curiosos detalles, minúsculas particularidades como un timbre de voz, la disposición de un paso, la expresividad de un relampagueo de ojos, la peculiaridad indumentaria de tal o cual viandante o la gesticulación de unas manos. Y de las palabras cogidas al vuelo. Esas palabras enigmáticas o conocidas, ásperas o apacibles que, aun sin buscarlas, nos salen al paso o chasquean a nuestra espalda y desaparecen en seguida, dejando en el aire la contraseña de una conversación amable o la estridencia de una disensión, y siempre en frases mutiladas, sustraídas a razones y motivos ajenos.
Así, salí de casa el sábado pasado, jornada agredida por la inclemente ola de frío siberiano que a todos nos está helando las carnes, y recorrí los primeros pasos de mi itinerario habitual. Me asomé al mar, de catadura siniestra bajo un cielo anubarrado que presagiaba lluvia, y después opté por adentrarme en el corazón de la ciudad, buscando el parapeto de las fachadas y el amparo de un saledizo. Crucé el parquecito familiar, entumecido en el invierno y únicamente vivo en el murmullo del surtidor. De pronto, la lluvia, una lluvia acelerada. Apresuré el paso en busca del resguardo y me ateché a la entrada de un supermercado.
Allí estaba él, arrimado a la puerta del establecimiento. Se trataba de un hombre discretamente trajeado que lucía corbata, pelo cano, barba impecablemente rasurada y zapatos limpios. A sus pies, la cajita de cartón con este rótulo: 'Ciudadano en crisis'. Evidentemente, la indumentaria, la figura y los modales de aquel caballero no respondían a los de un pordiosero convencional, pero era evidente que se trataba de un mendigo. Y lo llamativo del caso consistía en que, al llegar a su altura, muchos transeúntes se sorprendían, dudaban un momento y acababan dejando caer una moneda en la cajita de cartón, con un raro desprendimiento en nada semejante al caso en que un pobre común -voz lastimera, mirada suplicante y atuendo desaliñado- nos demanda una ayuda invocando alguna de estas palabras: hijos, enfermedad, alimento, trabajo. Subía el rimero de monedas en la improvisada alcancía, ya casi repleta, y, cada vez que una de ellas tintineaba sobre las ya recaudadas, el mendicante de la corbata mostraba su gratitud inclinando levemente la cabeza hacia el donante de turno, alguno de los cuales, alejándose ya del lugar, volvía la cabeza, incapaz aún de asimilar aquella desusada situación en que una persona de trazas idénticas a las de un ciudadano corriente, es decir, cualquiera de nosotros -zapatos limpios, barba rasurada, traje discreto e incluso corbata-, recolectara más limosnas que un pobre de aspecto arruinado.
¿Se trataba de un pobre apócrifo? Atisbé en el rostro de aquel hombre y no encontré en él el menor signo de impostura. El ciudadano de la corbata se desenvolvía como alguien realmente necesitado. Sin embargo, dudé un momento: ¿debía dejarle una moneda de mi bolsillo en la cajita de cartón? No me decidí a hacerlo: me pareció una afrenta. Para él y para mí.
El aguacero empezó a remitir. Me despedí del pobre con un 'buenos días' fugaz. Él no pronunció ni una palabra. Sólo insinuó una sonrisa e inclinó levemente la cabeza, como si mi nonata limosna hubiera sido, entre el aluvión de las que estaba recibiendo, la más generosa.
Desde luego, el mendigo de la corbata no era ningún simulador. Era, simplemente, un ciudadano en crisis. O sea, uno de nosotros.