La verdad os hará libres. Promesa evangélica, evidente. Una gran parte de las irregularidades de nuestra sociedad política proceden de las conductas de aquellos que pretenden gobernar, que utilizan la mentira, con el resultado de que se producen relaciones poco agradables entre facciones, que suelen derivar en aversión hacia el enemigo a quien hay que destruir. La verdad es fundamental en las relaciones humanas, pero, en igual medida, debería hallarse presente la concordia. Los partidos, fieles a sus propios intereses, no son capaces de vivir dentro de la diversidad; lo más que hacen es disimular haciendo patente el desacuerdo que, por reiterativo, produce disensión. Y así estamos.
Discrepar es lógico y parece normal que así aparezcan puntos de vista dispares; mas la búsqueda del bien común al que están obligados, por encima de cualquier otra consideración, no puede hacer olvidar los elementos primarios en que se basa la convivencia. Julián Marías aclara la diferencia entre coexistencia (lo que existe juntamente y a la vez) y la convivencia, vivir juntos, con sus conflictos y luchas, pero en armonía. Avenirse en política no es empresa fácil; nosotros, los asturianos, podemos dar fe de ello, sobre todo a raíz del momento en que una formación política nacida casi como un milagro alcanzara el beneficio del voto de aquéllos, que, convencidos de su buen arribo, creyeron firmemente en el resultado final. Mas he aquí que la plural oposición, incluso los más allegados ideológicamente, no digirieron la derrota y se propusieron el derribo del oponente, aun a costa de manipular la verdad sin pensar en las consecuencia que de ello iban a derivarse, e intentaron y consiguieron, a través de terapéuticas poco claras, la ingobernabilidad de esta comunidad autónoma.
Opresión de los discrepantes, que, trabajando para su propio beneficio, no han respetado las diferencias y echaron por tierra la posibilidad de entendimiento, con desprecio de lo que la realidad exigía: la unidad en eufonía para llevar a buen fin las necesidades perentorias económico-sociales que gravitan sobre el devenir diario de noventa mil parados, razón suficiente para tomar parte en el contexto de la aquiescencia y la labor conjunta, obligando así a los agentes sociales -léase empresarios y sindicatos- a tomar razón igualmente de este desastre, agravado ahora por la demora, a causa de hallarnos nuevamente en período de elecciones.
Es difícil comprender estos hechos que plantean un interrogante importante: ¿Cómo es posible que antes de las elecciones de mayo de 2011 todos contemplaban en sus programas electorales, como factores estrella, los aspectos económico y laboral y, una vez llevadas a cabo y ganadas por determinado partido, se olvidaran de la consideración valiosa de esos aspectos que preocupan a miles de familias y se dedicaran -algunos-, rompiendo la coherencia a que estaban obligados, a discrepar de manera constante, haciendo caso omiso de propuestas (violencia encubierta) que obligó al partido en el poder a tomar el único camino en consonancia: devolver nuevamente a los votantes la posibilidad de otro veredicto definitivo a través del sufragio, el próximo 25 de marzo?
El grado de fanatismo de los que, obturada la visión de la realidad, han sido proclives para que se diera esta sin razón, deben hacer examen de conciencia y explicar el por qué de su actuación incomprensible, ejemplo de intolerancia.