Las despedidas desgraciadas de las estrellas femeninas de la canción moderna se acumulan en los anales. Dos divas del soul contemporáneo y transversal han dicho adiós al mundo en circunstancias ambiguas con una diferencia de meses, empujadas ambas por las adicciones de su existencia hueca detrás de las bambalinas y por las decepciones en su vida sentimental. Si la tormentosa y pesimista Amy Winehouse consiguió que el mundo entero perdiera el hálito durante un latido cuando conoció su muerte el 23 de julio, este fin de semana Whitney Houston ha provocado que el frío siberiano baje un grado al airearse el hallazgo de su cuerpo terminal en un lujoso hotel de Los Ángeles.
Aunque aún no se ha aclarado la causa de su óbito (según la web TMZ fue hallada por su peluquera con la cabeza sumergida bajo el agua en la bañera de su habitación y se especula con que pudiera haberse quedado dormida por los efectos de un calmante), las dos estrellas han compartido destino trágico: Amy y Whitney se encontraban en la intimidad, las descubrieron in extremis, demasiado tarde. Los servicios sanitarios se volcaron sobre sus cuerpos con tratamientos agresivos para intentar revivirlas (de sus almas no hablaremos), los rumores se extendieron viperinos y envidiosos (en este periódico escribimos en su día que Amy quizá se murió de asco, como diría Delibes), y las noticias en confirmaron: en el caso de la judía inglesa se supo que colapsó debido a la ingesta de alcohol y en el de la negra americana se sugieren barbitúricos, alcohol.
Es conocida la trayectoria fugaz y escandalosa de la buena de Amy y muchos calculaban cuántos colocones y borracheras le quedaban a tamaña revitalizadora del soul contemporáneo, a la que parte de la Prensa asaeteó asquerosamente en el momento de su muerte. En fin, a quien nada vale, no le envidia nadie. El caso de Whitney el shock es aún mayor. Si Amy vendió una veintena de millones de copias de sus discos de una manera espaciada, las cifras de Whitney llegan más allá de la comprensión del humano de a pie: más de 140 millones de copias de discos. A nada que ingresara un dólar por cada uno (películas, conciertos y demás ingresos al margen), se comprobaría una vez más que el dinero no da la felicidad.
Whitney Houston (Newark, Nueva Jersey, 1963) ha sido un arquetipo de artista y mujer completa. Al menos así se la presentó en vida de cara al exterior. Y sus cifras lo corroboran poniendo la piel de gallina. Cantante, actriz, compositora, productora, empresaria y modelo; la artista más galardonada de todos los tiempos gracias a sus 415 premios de toda condición (dos Emmy, seis Grammy, 30 Billboard.); 170 millones de álbumes, sencillos y vídeos vendidos; su primer álbum, homónimo y editado en 1985, colocó 30 millones y ha pasado a la historia como el debut más vendedor de una artista femenina; en 2001 firmó el contrato con el salario más alto de la historia, por 140 millones de dólares con la discográfica Arista; la banda sonora de la película 'El guardaespaldas' (1992), quizá su cima popular, vendió 43 millones de copias legales el primer año, lo que la convirtió en la banda sonora más vendida de todos los tiempos.
Whitney Houston no solo cantaba, y muy bien, por lo cual no pocos la apodaban La Voz, curiosamente el mismo sobrenombre que Frank Sinatra. También componía, y para ello se necesitan conocimientos y capacidad, y a medio-largo plazo tal habilidad revierte en ingentes cantidades de dinero por derechos de autor que emanan de todo el mundo. Además, produjo películas, o sea las ha pagado como inversión y en contrapartida recibe posteriores beneficios. Y desde que era una celebrity hizo publicidad para Coca Cola, Sanyo y AT&T.
Y sus logros no son solo pecuniarios, del vil metal. Por ejemplo, en 1991 cantó el himno nacional estadounidense en la final de rugby americano, en la 25º Superbowl, y su impacto popular fue tal que se editó en single y se convirtió en la única versión del himno yanqui en ser éxito de ventas. ¿Los beneficios? Se destinaron a la Cruz Roja Americana, que los destinó a los veteranos de la primera guerra de Irak. Además, en 1989 ella erigió la Fundación Whitney Houston para los niños, que mira por los pequeños enfermos de cáncer y sin techo.
Ante tamañas cifras de ventas, ante tan inconmensurable dimensión social y simbólica, ante semejantes altruismo y facultades artísticas, la gran pregunta es: ¿cuándo hizo crack Whitney Houston, la chica negra baptista educada en un colegio católico?, ¿cuándo perdió el oremus una niña que se inició a los once años en un coro de góspel eclesial y que conoce los tejemanejes del negocio por actuar de niña en clubes junto a su madre, Cissy Houston, en tiempos corista de las Sweet Inspirations de Aretha Franklin, a la sazón madrina de ella misma? Whitney, prima de otra famosa soulwoman como Dionne Warwick, fue corista adolescente de éxitos soul y funk, modelo fotográfica y actriz de televisión, cantante superventas que superó los records de los mismísimos Beatles, estrella del séptimo arte cuyas películas veía todo el mundo en los cines y se repetían una vez tras otra en los canales, ¿quizá se paró a pensar que su vida corría demasiado deprisa, que ella misma carecía de asideras y que incluso su madre, cantante profesional, y su padre, según él su mentor y manager, se aprovechaban de su suerte y la explotaban?
En 2002 surgió el escándalo, por ella reconocido: Whitney confesó que consumía habitualmente cocaína, marihuana y todo tipo de drogas, excusándose en el presunto maltrato de su entonces marido, Bobby Brown, rapero exitoso pero cuya carrera fue menguando por la progresiva falta de éxito comercial y algún álbum ultimado y no publicado por enfermedad del cantante. Para más inri, su padre la demandó exigiéndole 100 millones de dólares alegando que trabajó como su manager y que no recibió nada cambio, un litigio que quedó en nada a la muerte de él. Y como del infierno de las drogas pocos escapan, Whitney Houston, que además confesó su adicción al crack, comenzó a peregrinar por clínicas de rehabilitación: cinco días pasó en 2004, dos meses en 2005. Allá por 2005, como penitencia o cura de humildad, Whitney y su marido protagonizaron un reality show titulado 'Being Bobby Brown', donde se cuenta que exhibía sin pudor las disputas y flaquezas de la pareja, de la que al final ella se apartó harta de que él fuese arrestado cada dos por tres.
Se repiten las concomitancias con Amy Winehouse, artista arrastrada a la sima alcohólico-narcótica por Blake Fielder-Civil, un marido al que amaba, con el que se peleaba y del que al final se divorció. Amy quedó sin editar el prometido disco póstumo, y se contaba que Whitney iba a lanzar otro disco que devendría superventas, claro. Estaba supuestamente limpia de drogas y diáfanamente libre de la unión con su exmarido Bobby Brown, otro cantante negro, muy rapero él, un bala perdida con quien matrimonió en 1992, tuvieron su hija Bobbi Kristina en 1993 y se divorció en 2006. Por ejemplo, Brown estuvo 90 días encarcelado por no pasar la pensión a los hijos que tiene de una relación previa. Además, un día la Policía le paró el coche y el agente alucinó cuando comprobó su historial de multas de tráfico durante 14 años.
Seguramente él la arrastró en su caída. Él era el conocedor de las drogas, al que detenía por narcóticos la Policía tras los conciertos. A ambos los detuvieron durante un viaje de placer a Hawai, cuando interceptaron la marihuana que escondían en sus maletas. Junto a él, Whitney descuidó su carrera. En 2009, Whitney acudió al programa de la presentadora negra Oprah Winfrey y reveló: «Me escupía. De verdad que me escupía. Y mi hija bajaba por las escaleras y lo vio». Pero no se quedó con los brazos cruzados: «Agarré el teléfono y le pegué en la cabeza con él». Y contó más cosas: «Él me azotaba, pero estaba en condicional por infracciones de tráfico. Tú no puedes pegar a nadie estando con la condicional. Y acudí a un juez de violencia doméstica».
Fue el sábado, justo antes de un concierto, cuando le comunicaron a Bobby Brown la muerte de Whitney. Solo pudo decir en público: «Te quiero, Whitney». Quizá fuera verdad. De hecho, Whitney solía manifestar: «Él era mi droga». Con él compartía alcohol y diversas drogas. La heroína, quizá no, pues Whitney se hallaba rellenita, con aspecto saludable, en su última aparición pública.