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A la misma hora en que la mayoría de los parlamentarios griegos entregaban la soberanía del país a los dueños de los mercados, en la plaza de Sintagma dos hombres emergían en medio de un centenar de miles de personas allí congregadas para rechazar la decisión que estaban tomando los representantes políticos.
Uno de los hombres, de 86 años, llamado Mikis Theodorakis, solicitó permiso a los policías para poder dirigirse a los manifestantes. La respuesta de las fuerzas del orden fue inmediata y consistió en el lanzamiento de gases lacrimógenos. Manolis Glezos es el nombre del otro anciano (89 años) que fue zarandeado por la Policía cuando protestaba por lo que le estaban haciendo a su amigo Theodorakis. No es la primera vez que Glezos, escritor, vive en primera fila la represión. Tras la ocupación de su país por el ejército alemán, sustituyó la bandera nazi que ondeaba en la Acrópolis por la bandera de su patria.
Condenado a muerte por este hecho, la Gestapo tardaría un año en apresarlo. Pudo escapar de la cárcel, a la que volvió otras dos veces para, posteriormente, durante la guerra civil en su país, ser nuevamente condenado a muerte. Conoció la libertad tras la instauración de la democracia, hasta que con la dictadura de los coroneles fue detenido y obligado a exiliarse.
Mikis Theodorakis, el otro anciano que sentado en su silla de ruedas comprobó cómo la Policía disparaba sus primeros gases directamente hacia él, es uno de los compositores más importantes del mundo y, al igual que su amigo, conoció la cárcel y la tortura en 1943 por ayudar a familias judías. También, al igual que a Manolis Glezos, la dictadura de los coroneles le obligó a pasar a la clandestinidad hasta su detención. Después llegarían las torturas, la cárcel, el destierro, las huelgas de hambre, el campo de concentración y el exilio, hasta el regreso a casa.
Estos dos hombres forman parte ya de la historia de Grecia y han alcanzado ese honor tanto por su contribución al desarrollo de la cultura del país, como por su compromiso, manifestado durante décadas, en la defensa de la independencia y de los derechos humanos en su patria.
Ahora, cuando los medios informativos de todo el mundo ponen su atención sobre las decisiones de unos diputados a los que nadie recordará cuando hayan concluido su sucio trabajo, las figuras de estos dos viejecitos adquieren un mayor realce. En medio de la desesperanza que causan las medidas aprobadas en el Parlamento griego, la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país escucharán en sus casas la música solemne de Theodorakis y leerán los párrafos luminosos de Glezos tratando de encontrar en ellos la fuerza que les permita gritar: ¡basta ya!

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