Javier Fernández Quevedo, en Beijing.
Javier Fernández Quevedo, en Beijing.

«He trabajado ya en tres continentes y voy a por los cinco»

  • ASTURIANOS EN LA DIÁSPORA

  • Javier Fernández Quevedo vive en Shangay

  • Natural de Salinas, ejerce como director de ventas de una multinacional de material de almacenaje que compite con Esmena

Un auténtico no parar es la vida de Javier Fernández Quevedo (Avilés, 1978), que desde Salinas ha llegado a China y allí se ha hecho fuerte como responsable de ventas de Asia Pacífico de Stow, una de las compañías punteras en el mercado de sistemas de almacenaje. «Es competidora de Esmena», detalla para dar pistas sobre una empresa que le tiene volando de Singapur a Hong Kong, con mucho trabajo pero muy contento.

Claro que su peripecia por el mundo comenzó mucho antes de llegar a China allá por 2009. Estudió Empresariales en la Universidad de Oviedo y su formación continúo en León en un título de Administración y Dirección de Empresas (ADE), prosiguió con un máster en logística... Eso y algo más en el plano puramente universatario, en el laboral su carrera comenzó en el World Trade Center de Santander en 2004 y más tarde en el Grupo Leche Pascual en Madrid, en el que permaneció entre 2005 y 2008.

Pero llegó el momento de coger el pasaporte. «Me fui a Inglaterra a perfeccionar mi inglés, y me pasé un año limpiando platos en un restaurante italiano, luego pasé a ayudante de cocina, de ahí a barman y luego a relaciones públicas. Fue en Bournemouth, la antesala a su salto a China. Y en 2009. «Yo soy vendedor, siempre he estado de cara al público y el mayor mercado del mundo es el chino», relata para justificar su decisión. Ya había empezado a estudiar chino y cuando aterrizó en Beijing continuó haciéndolo en una universidad. Y allí llegó la oportunidad de trabajar para Microsoft como director de proyectos. Tres años estuvo en la capital china, antes de querer cambiar de aires. «La rutina me agobió, quería hacer algo más».

Lo hizo. Quería mejorar aún más su inglés y consiguió una beca para la Uacquarie University de Sidney. Allí obtuvo su última titulación como MBA (máster en dirección de empresas). «Estuve año y pico en Australia, pero por cuestiones políticas los españoles tenemos muchos problemas con los visados y no pude quedarme. Me hubiera gustado, me gusta el país, su calidad de vida...».

No pudo de ser, pero pronto llamó a su puerta Stow, la empresa en la que trabaja en la actualidad. Cambió de ciudad y se fue a la moderna Shangay. Allí vive y aprende día a día. ¿Qué? «Que el mundo está dividido en dos, China y el resto». Y que en un país tan inmenso siempre hay algo con lo que sorprenderse a diario.

Es otro planeta. Con sus recortes internauticos por aquello de la censura - «con el aniversario de Tiananmen teníamos cortado hasta el Google-, con sus múltiples particularidades culturales y sus infinitas posibilidades. «China te permite ser lo que quieras ser».

El país le ha dado mucho: una buena posición laboral y un aprendizaje a velocidad de vértigo. También ha aprendido en ese camino que manejamos muchos mitos respecto a los chinos. Sin ir más lejos, no son tan currantes como los pintan. Echan horas, pero no son especialmente efectivos. «Que la gente se duerma en el trabajo es normal», relata a modo de ejemplo.

La experiencia, impagable, merece la pena, pese las renuncias personales, las cañas con los amigos perdidas, los partidos de fútbol, la playa de Salinas... Y la comida. Cuando vuelve a casa nada de paella por mucho que se acompañe del mejor de los mariscos. «Yo, aunque sea verano, quiero fabada y lentejas, nada de arroz», bromea.

Dice que es notable la colonia de asturianos en Shangay - «yo creo que puede haber unas 50 o 60 personas»- y que con ellos se comparten fabes, quesos y añoranzas, pero, pese a todo lo dicho, no piensa ni por asomo en volver. «Yo he trabajado ya en tres continentes y voy a por los cinco».