Manu González, en el trabajo, con un compañero chino.
Manu González, en el trabajo, con un compañero chino.

«China es nuestra antípoda cultural»

  • Asturianos en la diáspora: Manu González Gancedo

  • Ovetense de 34 años, llegó al país asiático con una beca en 2008 y ahora es jefe de ventas de una empresa pesquera radicada en Shangai

Los primeros días repetía como un mantra la misma frase: «Esto es otro planeta». Fue en 2008 cuando tuvo la sensación de ser un auténtico marciano transitando Plutón. Fue entonces cuando Manu González Gancedo (Oviedo, 1980) hizo en petate y se fue a China. Formado en el Santo Ángel de la Guarda, en el Aramo, el Pérez de Ayala, antes de pasar por la Universidad para estudiar Turismo y Ciencias del Trabajo y realizar un máster en administración de empresas en Baleares, trabajó durante cuatro años en como mánager de cuentas en una empresa y buen día decidió que aún era joven para abrir nuevos horizontes. «En 2008, con la crisis, pensé que debía especializarme más y que aún era joven para quemar algún cartucho». Optó a una beca del IDEPA para hacer un máster de comercio exterior y cultura china, la consiguió, pidió una excedencia en la empresa en la que trabajaba y se fue a Hangzhou. No fueron fáciles aquellos primeros tiempos sin hablar una palabra de mandarín. «China está en nuestras antípodas culturales», resume de forma expresiva.

Ahora esa distancia se ha acortado._Tiene un nivel medio alto del idioma y, después de trabajar en Shanghai desde principios de 2010 en el pabellón de España en la Expo, le llegó la oferta de una empresa pesquera dedicada a la importación y exportación. Ejerce de jefe de ventas. Viaja por China y también por otras áreas de Asia Pacífico –ferias en Tailandia o Singapur– pero la mayor parte del tiempo vive rodeado del asfalto de Shanghai, una ciudad grande, cosmopolita, que no tiene nada que ver con la China profunda que también ha tenido oportunidad de conocer. «Yo siempre digo que esto no es China».

Aún así, las diferencias son evidentes. Pero la capacidad del ser humano para acostumbrarse es enorme. «Al principio te choca todo, empezando por la comida, yo pasaba hambre, pero ahora me encanta la comida china, tiene una riqueza gastronómica muy grande y además es muy sana», subraya. Más cuesta adaptarse al tráfico y a otras cotidianidades, pero siempre es mejor buscar el lado bueno y los puntos de admiración. «De lo que más admiro de los chinos es el respeto que le tienen a sus mayores, es casi veneración. Los fines de semana ves a las familias sacando a sus abuelos o bisabuelos, paseándoles por el parque, llevándoles a comer. Las familias chinas siempre cuidan de sus familiares ancianos».

Ha merecido la pena quemar el cartucho: «La experiencia no la cambio por nada, profesionalmente te abre mucho la mente y además me ha permitido aprender un idioma que es superdifícil», concluye. Por eso sus planes a corto y medio plazo son quedarse. «Quiero seguir aquí trabajando, aprendiendo, mejorar un poco más el idioma, claro que me gustaría volver a Asturias, pero hoy en día es impensable, no tenemos industria».

La familia, la comida, los amigos se echan en falta, pero lo cierto es que la presencia de asturianos en Shanghai se ha multiplicado en los últimos años y eso siempre ayuda a curar morriñas. Rondan ya el medio centenar y son un auténtico lobby. Mantienen una relación estrecha y llenan sus maletas de sabores astures en el viaje de vuelta a Asia. «Cada vez que uno viene para acá desde Asturias nos ponemos todos a cruzar los dedos para que en el aeropuerto no pillen los perros la comida», confiesa. Hablamos de fabes, queso, chorizo, jamón.... Las quedadas son frecuentes tan lejos del Fontán y la calle Uría.

Puede que en los próximos años siga aumentando aún más el número de asturianos en la ciudad china, aunque Manu lanza un aviso navegantes: «China es el futuro, sí, pero no es una panacea». También tiene sus contras. Eso sí, ahora mismo da oportunidades de trabajo para profesiones vinculadas con la construcción como arquitectos y aparejadores.