El Comercio

El Rey Juan Carlos ‘suo tempore’

Es verdad que la ausencia de una perspectiva temporal suficiente dificulta sobremanera cualquier valoración reflexiva –con pretensiones de permanencia en el tiempo– sobre los personajes contemporáneos de mayor relieve, aunque su aportación haya sido tan determinante para sus conciudadanos como la del rey Juan Carlos I. En el lenguaje de la historia, como es bien sabido, un año no equivale ni siquiera a «ayer», sino a «hace un minuto».

En todo caso, aun a riesgo de jibarizar las grandes claves que algún día aportarán los analistas, sí cabe –al menos– tratar de dar respuesta a tres cuestiones que se repiten con cierta frecuencia en el debate social público y publicado: ¿Fue o no acertada, ‘suo tempore’, la renuncia de don Juan Carlos a la Corona? ¿En qué medida ha influido esa decisión, desde el punto de vista de la progresiva desafección ciudadana respecto de las instituciones del Estado, en la situación actual de la Monarquía? Y, por último, a tenor de las impresiones recabadas en estos doce meses, ¿cuál será el balance que recoja la Historia sobre el reinado de Juan Carlos I?

Según la mayoría de los indicadores demoscópicos publicados, que habían situado históricamente a la institución monárquica a la cabeza del prestigio de las instituciones democráticas, la opinión de los españoles sobre la Familia Real se deterioró paulatinamente durante los años 90, descendió al aprobado raspado entre 2006 y 2010, y se desplomó alarmantemente en 2011 y 2012, si bien logró recuperar algunas décimas a lo largo de 2013, aunque sin recuperar el aprobado de los españoles. Fue precisamente en junio de 2014, tras el anuncio de la abdicación del rey Juan Carlos y la proclamación de Felipe VI, cuando la institución monárquica volvió a despertar la simpatía de los españoles, que hoy valoran de nuevo con buena nota esta institución.

Sin embargo, es evidente que la Monarquía española ha experimentado también los efectos de la acusada desafección de la mayoría de los españoles respecto a las instituciones, entendidas en el sentido amplio del término. Y ello, en dos tramos temporales bien definidos.

El primero, hasta los últimos años 90 y primeros del nuevo milenio, en los que perdió peso la conquista de las libertades –la pasión ciudadana de los 70 y de los 80– en beneficio de nuevas aspiraciones asociadas al concepto de estado del bienestar. Y el segundo, a partir de 2006, periodo en el que prendió una cierta irritación entre la ciudadanía, alimentada por la crisis económica y los comportamientos corruptos o muy poco ejemplares. Aunque parece evidente que ese estado de irritación era una realidad muy anterior al inicio de la crisis, consecuencia de la pérdida de poder real de las instituciones democráticas, unas en manos de las estructuras supranacionales, y otras, en fin, con signos de permanecer al margen de la realidad social de cada día.

Es probable, por lo tanto, que una amplia parte de los españoles (sobre todo entre las generaciones más jóvenes) haya entendido que las instituciones del Estado, incluida la Monarquía, son ahora entes con escasas funciones, entes prácticamente poco útiles, pero que conservan sin embargo todo su esplendor protocolario y su correspondiente gasto asociado. Algo similar, ‘mutatis mutandis’, a lo que explica Alex Tocqueville en ‘El Antiguo Régimen y la Revolución’, cuando apunta que la pérdida de poder de las instituciones provoca el rechazo general y la irritación ciudadana si, además, mantienen la ostentación de su riqueza.

Cabe insistir en que se trata de un fenómeno en pleno proceso de desarrollo, lo que implica que cualquier análisis responsable exigiría un cierto distanciamiento temporal. No obstante, ello no implica el augurio de un futuro balance muy positivo del reinado ‘juancarlista’ en la Historia, que el propio Monarca quiso subrayar ‘motu proprio’ en su alocución pública del 2 de junio de 2014, en el capítulo de los agradecimientos a los españoles: «Habéis hecho de mi reinado un largo periodo de paz, prosperidad y progreso».

En mi opinión, el rey Juan Carlos –con el determinante apoyo de la Reina– tuvo paciencia para llegar, supo conectar con las aspiraciones de la mayoría de los españoles y finalmente ha sabido abdicar al límite del tiempo oportuno. Y quien tuvo la grandeza de renunciar al poder recibido –en favor de una Constitución de todos– y a su Corona, en beneficio de la consolidación monárquica, no puede pasar a la Historia solo por la abrupta pérdida de su autoridad moral en las postrimerías de su dilatado reinado.