Alberto Fernández, con su mujer Miho y sus hijos León y Noel.
Alberto Fernández, con su mujer Miho y sus hijos León y Noel. / E. C.

«Todo es volátil y cambiante»

  • ASTURIANOS POR EL MUNDO

  • Alberto Fernández regenta una panadería en Honolulu | Este moscón cambió Ambás por Hawái, donde vive con su mujer, japonesa, y sus dos hijos

Esta mañana, mientras Alberto Fernández atiende a la llamada de EL COMERCIO desde su casa en Hawái, prepara los desayunos de sus dos hijos (León, de catorce meses, y Noel, de apenas uno, «que es León al revés»), calma sus lloros y se acicala para ir a trabajar. «Soy un padre multitarea, algo que muchas mujeres hacen todos los días sin darse nada de importancia», se quita mérito este emprendedor de 27 años que vive en una de las zonas más paradisiacas del planeta: Waikiki, el barrio de Honolulu cuyas playas y hoteles tienen fama mundial.

Allí llegó hace un año y medio «un poco de rebote» este joven de padre leonés y madre asturiana de Ambás, en Grao, donde viven sus primos, sus tíos, que regentan la Quesería Ca Sanchu, especializada en Afuega'l Pitu, y su 'bulita': su abuela Celestina, que tiene 93 años y con la que se comunica con fluidez vía WhatsApp gracias a los más jóvenes del clan, que le sirven de nexo.

Todo empezó gracias a las flores, porque la familia regenta varias floristerías y viveros. Porque, «con la idea de abrir nuevos mercados, de ver si había posibilidades de negocio», un jovencísimo Alberto emigró a Alemania, decidido a trabajar mientras aprendía el idioma. Y, una vez allí, vio que el futuro estaba en el gigante chino, así que tampoco se lo pensó demasiado y, con apenas 22 años, se plantó en Shanghai. «Creía que era un terreno interesante», cuenta, aunque, ya sobre el destino, descubrió que «las cosas no eran tan fáciles» como él pensaba «sin dominar la lengua ni conocer a nadie. Que no podía hacer nada, vaya».

«Es más, visto ahora, en perspectiva, pienso que en qué cabeza cabe lanzarse a la aventura sin tener ninguna infraestructura», se ríe Alberto, que, visto lo visto, cambió de planes sobre la marcha y se matriculó en clases de chino, además de en Finanzas y Comercio Internacional y de trabajar para «una floristería de lujo».

Pero, en el camino, una noche, salió a tomar una copa en un pub y se dio de bruces con su futuro, aunque entonces no lo sabía. Y el futuro era una japonesa que se llamaba Miho y que trabajaba en una cadena de panaderías especializadas en productos del país nipón que también buscaba abrir brecha en el exterior.

«Esa madrugada, solo hablamos, pero resulta que me enamoré», cuenta Alberto, que, siguiendo los dictados de su corazón, se trasladó con Miho poco después al más reciente de los cincuenta estados de los Estados Unidos: el edén de los surfistas. Y, una vez en Hawái, se casaron. «Aunque no lo parezca, además de un viajero, soy una persona muy normal y no entraba en mis planes casarme antes de los 30», bromea el moscón, que se comprometió con papeles de por medio para conseguir la visa. Y, un poco más tarde, llegaron León, que vino a bautizarse a España, y Noel, que también hará lo propio, mientras que Miho y Alberto se ocupan de regentar una panadería de la que son socios y se declaran «felices» entre pan y rosas.

Así que, si tienen que decir algo negativo sobre su tierra de adopción, a Alberto solo se le ocurre «que no es carísimo, no, sino lo siguiente. Tanto, que, cuando se lo cuento a mis amigos, se echan las manos a la cabeza. Un bote de zumo, en el supermercado, puede costar cinco dólares. Pero si lo que quieres es que sea un zumo de naranja natural, orgánico, son 14. Aquí, cobrando entre 60.000 y 80.000 al año vives como alguien de clase media en España y la brecha social es considerable».

Juntos han inventado un lenguaje propio en el que domina el inglés, «pero con palabras en español y en japonés. Por ejemplo, el pulpo es pulpo, no es 'octopus' ni nada similar». Y, cuando se quieren demostrar amor, se regalan flores. A Alberto le encantan las camelias. «A Miho le fascinan las calas, tan asturianas». Y, si les preguntas qué quieren hacer con sus vidas, fluyen: «Todo es volátil y cambiante. En principio, nos gustaría quedarnos en Hawai, pero quizá el negocio requiera que nos traslademos a Vietnam o Malasia. O, si no, regresaremos a Japón o España. Lo único seguro es que a China no volvemos». Espíritu Aloha.