El Comercio

«En Asturias ya estamos notando el cambio climático con la disminución de las lluvias»

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La investigadora que lideró de este trabajo, Heather M. Stoll, profesora del Departamento de Geología de la Univesidad de Oviedo.

  • Una investigación liderada por la Universidad de Oviedo demuestra que los gases de efecto invernadero son los causantes del calentamiento global del planeta

«El enfriamiento del clima durante los últimos quince millones de años fue causado por un descenso en los niveles de dióxido de carbono». Hasta que la acción del ser humano volvió a elevar la temperatura global del planeta gracias al incremento de los gases de efecto invernadero. Esa es una de las principales conclusiones de la investigación de un equipo de científicos españoles liderado por la Universidad de Oviedo que acaba de aportar pruebas contundentes que demuestran la inequívoca relación entre CO2 y clima. Un trabajo cuyos resultados han sido publicados hoy mismo en la revista ‘Nature Communications’.

La investigadora al mando de este trabajo, Heather M. Stoll, profesora del Departamento de Geología de la institución académica asturiana, explicó a este diario que, «hasta ahora, el enfriamiento del planeta, de entre siete y nueve grados en latitudes medias, ocurrido en ese periodo de quince millones de años, no se había identificado con cambios en los niveles de CO2». Y, de hecho, «la comunidad científica aún se dividía entre quienes sostenían que el CO2 no regulaba el clima y quienes aseguraban que la temperatura era muy sensible al dióxido de carbono». Pues bien:«Nosotros estamos en condiciones de demostrar –subraya esta profesora neoyorkina de 1973 afincada en Asturias desde hace una década tras seguir a un asturiano– que, hace quince millones de años, el CO2 elevado mantenía unas temperaturas más cálidas, de la misma forma que cabe esperar con los aumentos actuales en CO2» en un futuro no demasiado lejano.

«Lo interesante de este estudio es que nos da un ejemplo de cómo era el clima cuando tuvimos niveles de CO2 parecidos a los que, desafortunadamente, vamos a alcanzar a finales de este siglo por las emisiones humanas», apuntó la investigadora en declaraciones a ELCOMERCIO.

O lo que es lo mismo:se puede concluir que, pare entonces, los mercurios en estas mismas latitudes ascenderán entre siete y nueve grados. «El artículo ya no deja ninguna duda de que la temperatura va a aumentar bastante en lugares como Asturias», apunta Heather M. Stoll, que recuerda que, en aquella época, «no había ningún casquete polar. Así que, si nadie lo remedia, nuestro futuro va a ser volver a una Groelandia muy verde y a un nivel del mar bastante más elevado que el actual».

Y, en este caso, la alerta no es nueva, porque «este estudio llega a las mismas conclusiones respecto a ese aumento de temperaturas que los modelos que se han utilizado hasta la fecha para pronosticar cómo será el clima en la región. Es como si un médico te hiciese un diagnóstico idéntico al que te venían haciendo otros doctores:que habrá un calentamiento importante y que va a llover menos, algo que ya estamos notando este año en el Principado».

El trabajo publicado en ‘Nature Communications’ lleva por título ‘Decrease in coccolithophore calification and CO2 since the middle Miocene (Disminución en la calcificación de los cocolitofóridos y CO2 desde el Mioceno medio)’. Y es que, precisamente, los científicos españoles, liderados por los geólogos de la Universidad de Oviedo, han llegado a estas conclusiones tras estudiar los cocolitofóridos, «unas conchas fósiles de algas unicelulares que viven en la superficie del mar pero que se acumulan en el fondo del mar cuando mueren, una especie de cementerio».

«Estas conchas representan una herramienta muy valiosa –indica Heather Stoll– porque permiten evaluar cómo estos organismos, la base de la cadena trófica, han respondido en el pasado a los cambios del clima y del océano», apunta.Pero, más allá de los resultados concretos para este tipo de organismos, la investigadora principal destaca que el estudio aporta nuevas evidencias de la relación entre los llamados gases de efecto invernadero y el clima. Yañade que, durante más de una década, se han ido acumulando pruebas de cómo el planeta se fue enfriando a lo largo de los últimos quince millones de años. Sin embargo, la causa de este enfriamiento había sido difícil de desentrañar debido a la escasez de datos sobre la evolución del CO2 en un periodo de tiempo tan largo.

Ahora, las nuevas evidencias que aporta su investigación indican un descenso en los niveles de dióxido de carbono que explica la reducción de las temperaturas en esa misma época. Porque Heather Stoll recuerda que, hace quince millones de años, la Tierra estaba bastante más cálida que actualidad y que el clima se ha ido enfriando progresivamente hasta nuestros días con ligeras oscilaciones. Pero esa tendencia se rompe en los últimos años por efecto del llamado CO2 antropogénico. Es decir: el achacable a la actividad de los humanos.

La adaptación de algunos organismos

Desvelando también la otra cara de la moneda, el estudio sugiere además que niveles elevados de CO2 podrían no ser siempre dañinos para algunos organismos vivos como los cocolitofóridos. En ese sentido, Heather Stoll apunta que resulta claro que algunas especies han conseguido adaptarse mejor a los cambios en los niveles de dióxido de carbono quizá porque han tenido más tiempo para aclimatarse. Y, así, el trabajo demuestra que el espesor de las conchas de estas algas unicelulares se redujo a la mitad durante los últimos diez millones de años. Un proceso que, sorprendentemente, se produjo al mismo tiempo que disminuía el nivel de CO2.

La geóloga subraya que, a escalas de millones de años, niveles elevados de CO2 podrían ayudar a las células a producir conchas más gruesas. Es decir: a no sufrir problemas de calcificación. ¿Pero cómo se llegó a esta conclusión? Pues los investigadores extrajeron las conchas microscópicas de sondeos en el océano Atlántico e Índico y midieron la cantidad de luz que pasaba a través de ellas con la ayuda de un microscopio especializado para determinar así su espesor.

Así, combinando medidas de miles de conchas, demostraron que en los dos océanos su grosor disminuyó a partir de nueve millones de años antes del presente y, como los cambios ocurrieron en lugares tan separados geográficamente, concluyeron que fueron causados por una alteración global en las condiciones climáticas.

Para averiguar qué motivó esos cambios de espesor, realizaron medidas geoquímicas de las conchas y de las gotas de grasa que se quedan pegadas a los sedimentos durante millones de años. Los resultados confirmaron cambios en la concentración de CO2 atmosférico. Yque, curiosamente, las conchas se hicieron más delgadas mientras se redujo el nivel de CO2 porque las células rebotaron el carbono para emplearlo en la fotosíntesis. Unas conclusiones que son coherentes con un estudio anterior del mismo equipo, publicado en ‘Nature’ en 2013, que demostró cómo a niveles bajos de CO2 estas algas se adaptan reduciendo los aportes de carbono para formación de conchas.

Heather Stoll aclara, pese a todo, que el hecho de encontrar conchas de cocolitofóridos más gruesas en periodos de CO2 elevados no excluye los riesgos para los organismos calcificantes. Porque, según precisa, los cocolitofóridos poseen una particularidad que juega a su favor: son plantas y necesitan el carbono tanto para la fotosíntesis como para la calificación. Es previsible, por lo tanto, que organismos animales que no realizan fotosíntesis, como corales o almejas, respondan de otra forma –no tan beneficiosa– a los cambios de CO2.

«Es fácil decirles a los chinos que no usen carbón barato»

Esta científica añade que, mientras nuestros políticos se debaten en cómo mitigar cambios climáticos irreversibles en la Tierra, la química y la circulación de los océanos se modifican rápidamente. «Es previsible que los organismos calcificantes podrían estar en riesgo frente a cambios importantes en la química que ocurren a medida que el océano absorbe mayores cantidades de CO2 emitidas por acciones del hombre», destaca.

Eso sí:después de concluir que «la acción política al respecto es muy compleja porque, si en Europa y Estados Unidos llevamos un siglo viviendo muy bien, utilizando mucha energía a poco coste y emitiendo mucho CO2, ahora el resto del mundo también quiere tener un coche por persona y un apartamento caliente». Esos mismos países «emiten diez veces menos dióxido de carbono que los europeos. Pero, en el momento que llegue el desarrollo, crecerán las emisiones», advierte. «Es muy fácil decirles a los chinos, desde España, que no utilicen carbón barato para calentar sus casas. Pero nosotros tenemos que empezar a dar ejemplo para tener alguna posibilidad de convencer al resto del mundo de no seguir exactamente nuestros mismos pasos de desarrollo».

La investigación ha contado con financiación de la Unión Europea, que ha aportado 1,77 millones de euros para desarrollar un proyecto de seis años que acaba de concluir. «Aunque esperamos que la potencia de esta investigación nos ayude a la hora de pedir financiación para otro proyecto a finales de este año», confía la científica neoyorkina.

Aparte de Stoll, figura como primera firmante del trabajo Clara Bolton, que ha formado parte del equipo de Oviedo durante cuatro años y que ahora trabaja en el CNRS en Francia. Y, además de la Universidad de Oviedo, han participado también científicos de la Universidad de Salamanca, que han desarrollado la técnica de microscopio para medir los espesores de las conchas, y del Woods Hole Oceanographic Institute y de la University of New Hampshire en Estados Unidos, que aportaron las muestras del sondeo en el Índico. Gracias a su trabajo conjunto, han alcanzado una conclusión: «Adiós a todas las dudas que había sobre el cambio climático. No hay otro factor. Es el CO2», zanja Heather Stoll.