El Comercio

Por una cabra coja

  • Hace un siglo, viejos resentimientos familiares y, en última instancia, pendencias en torno a una cabra glotona enfrentaron a muerte a dos primos carnales en Rioseco, parroquia de Deva

A Rioseco no subían los coches y, cuando mataron a Aurelio, la odisea para transportar su cadáver fue consecuentemente recordable. Allí estaba él, pálido, quien había sido un hombre fuerte y que, pronto, de no haberle vencido la parca la partida de la vida, hubiera tenido que ir al servicio militar, atado a lomos de una escalera -la más resistente que encontraron- que, haciendo las veces de camilla, ayudó a trasladar el cadáver de Aurelio hasta Peón. Tres kilómetros duró la procesión, tres kilómetros en el más profundo de los silencios. Callaban Benigno y Manuel, sus hermanos, que no podían dar crédito a lo que acababa de ocurrir frente a sus propios ojos: que su primo, bien es cierto que de fuerte genio, como también lo tenían la mayoría de hombres de la familia, le hubiera descerrajado un golpe mortal con un palo en la cara a Aurelio. Sin mediar palabra alguna, sin que mediase discusión. No hace falta cuando es el odio quien guía los actos.

Y aquel crimen, está claro, era producto del odio. Del más cerril que hay: el que enfrenta a los parientes de sangre, el que se cultiva en las lindes. Aurelio y José nunca se habían llevado bien, pero nada hacía presagiar un desenlace así. Cuando el corresponsal de EL COMERCIO llegó al pueblo, papel y lápiz en mano para investigar el suceso, no encontró ni un solo testigo que diera cuenta de lo que había ocurrido ni que, ni tan siquiera, pudiera imaginárselo (como tantas veces construían auténticas narraciones los rumores, que en los pueblos en pocas ocasiones dejaban de acertar). «Sabíase únicamente», leemos en la crónica del suceso, «que se trataba de un crimen, y que entre la víctima y su agresor existían lazos de parentesco bastante estrechos». Ni siquiera el comunicante que había transmitido la luctuosa noticia al juez de guardia, mandado de urgencia por el alcalde pedáneo de Deva, tenía idea de lo que hubiera podido pasar.

Costó Dios y ayuda, y alguna que otra palabra dulce a las mozas de Rioseco, encontrar a alguien que supiera contextualizar lo sucedido. Pero, en un trabajo de investigación sin precedentes de tan concienzudo, el corresponsal acabó por tener noticias fiables de las circunstancias de la muerte del joven Aurelio. «Dichos jóvenes pertenecen a dos honradas familias de labradores de Rioseco, parroquia de Deva», dice el reportero, «siendo hermanos los padres de los mencionados mozos». Pese al parentesco, tan cercano, no guardaban entre sí amistad, y los roces se habían acrecentado por asuntos... caprinos. Tal cual suena. Parecía ser que una de las cabras de José, que criaba un rebaño, tenía predilección por asaltar la huerta que Aurelio cuidaba con esmero, y comerse, claro, lo cultivado. Frisaba ya el verano de 1916 cuando el animal volvió a las andadas, pero esta vez tuvo la osadía de hacerlo frente al orgulloso dueño de las berzas que gustaba de probar.

Aurelio «dispúsose a echar fuera de su hacienda a aquella cabra, y a tal efecto, le arrojó un palo que él tenía, pero sin propósito de causarle daño alguno, pues únicamente pretendía ahuyentarla de aquellos sitios». No calculó bien su fuerza; el animal quedó cojo. Y José, ofendido por la afrenta, juró vengarse en silencio. «Nada se sabe de que hubiesen tenido encuentro alguno José y Aurelio», leemos en EL COMERCIO. «Sólo algunas palabras habían mediado entre ellos, pero sin llegar a tener pendencia de ninguna índole». Hasta que llegó. En mayo de 1916, Aurelio hubo de pasar junto a sus hermanos, Benigno y Manuel, frente a la casa de su primo. Llevaban estiércol para abonar unas tierras, la suficiente cantidad como para que la travesía resultase muy dura bajo el sol. Aurelio, «tirando hacia abajo por el carro, que al parecer se encontraba con la carga muy hacia adelante y dificultaba mucho a los animales que por él tiraban», no vigilaba sus espaldas.

No podía hacerlo pero, de todos modos, no le hubiera servido de nada, porque tampoco Benigno, ni Manuel, tuvieron tiempo a reaccionar frente a lo que estaba por ocurrir: que José, como alma que lleva el diablo y asiendo un palo -uno muy similar a aquel con el que Aurelio había dejado coja a su mejor cabra-, se acercó a su primo por detrás y le propinó un garrotazo en la cabeza con toda la fuerza que da el resentimiento. No fueron especialmente dignas, aunque sí propias de la situación, las últimas palabras de Aurelio. «¡Ay, que me mató!», contaron los testigos que dijo, antes de caerse redondo en tierra, mientras que su tío, el padre de José, salía de casa corriendo a recoger el palo criminal, no fuera a haber reyerta.

Ocurrió que, en un principio, lo de Aurelio pasó por una simple conmoción. No llegó la sangre al río ni José fue consciente de que su acción iba a llevar a la tumba a su primo. Sin embargo, nada más llegar a su casa, cuando sus hermanos lo depositaron sobre la cama, expiró. No había vuelto a hablar una sola palabra desde su triste aseveración: José, efectivamente, le había matado, y un par de horas después, cuando fue a arrestarle la Guardia Civil, no negó la afrenta, pero sí el daño. No era posible, decía, que Aurelio hubiera muerto por el golpe, tampoco su intención. Tan profundas y convincentes eran sus negativas que la propia pareja de la Guardia Civil, exasperada, acabó por llevarle a ver el cadáver, «obstinándose, igualmente, en insistir en sus anteriores manifestaciones».

No le sirvió, claro, de nada. El mismo día que se movió cielo y tierra para sacar de Rioseco al cadáver de Aurelio, José terminó dando con los huesos en la cárcel de El Coto, en Gijón. Aquello le impediría acompañar a su primo carnal en su último adiós, tristemente celebrado algún tiempo más tarde. No queda claro, empero, si hubiera ido, de todos modos, de no haber estado en prisión. Porque, a veces, ya se sabe, manda más el odio que las apariencias. O siempre, más bien.