El Comercio

El cazador cazado

  • La caza era una afición en alza en 1908, año próspero en jabalíes en Asturias... aunque no en su captura. En septiembre, un joven perdería la vida en extrañas circunstancias

Fue 1908 un buen año para el jabalí, que no para los cazadores. Al menos en Asturias, donde los suidos salvajes se pasaron los meses despistando a sus captores, generando situaciones embarazosas e incluso, en lo que hoy nos atañe, protagonizando extraños crímenes. La burla porcina se remontaba a marzo, cuando los gijoneses se volvieron locos ante la supuesta presencia de una pareja de jabalíes que nunca llegó a existir en realidad: ocurrió que, de golpe y porrazo, había aparecido un jabato corriendo como alma que llevaba el diablo por la playa de San Lorenzo. Lo acabó por atrapar «un soberbio lebrel», leemos en la prensa local, a la altura de la calle Juan Alonso, frente a una carbonería, pero la histeria colectiva estalló, en unos años en los que hacía furor el sport cinegético (sic) ante el hecho de que el jabato hubiera de ir acompañado, claro, por sus padres.

Quizás, se rumoreaba, anduviesen a la vera del Piles, más confiados de la cuenta al adentrarse en una ciudad que, por aquel entonces, se fusionaba mucho más con el monte. Craso error: el doce de marzo Gijón se llenó de cazadores tan ávidos de hacerse con las preciadas piezas que incluso uno de ellos, movido por los nervios, «confundió a un simple cerdo que gruñía en una caleya con los ansiados jabalíes». Resultó, al final, que el gochín se había escapado del jardín de una casita próxima a la playa donde su dueño, empleado en una oficina de negocios navieros, lo engordaba con fruición para el verano.

Así las cosas, cuando los últimos días de agosto de aquel año comenzó a rumorearse en Cenero que un hermoso jabalí de muchos kilos de peso, pelo brillante y espectaculares colmillos andaba campando a sus anchas por los contornos, la fiebre volvió a desatarse. «Sensible desgracia», titulaba EL COMERCIO en su portada del 16 de septiembre, el día después de que hubiesen hallado muerto de un tiro a uno de los muchos cazadores que, aquellos días, permanecían apostados en los montes de Cenero, decididos a hacerse con el puerco. A Manuel García, de apenas veinte años, lo habían encontrado agonizante los dos amigos que, desde Pruvia, le habían acompañado en su expedición cinegética el día anterior, tan solo cinco minutos después de separarse de ellos para peinar el bosque.

«La confirmación de la noticia», dice el reportero, «se recibió a las tres en el Juzgado de guardia, por conducto del pedáneo de dicha parroquia». Santiago de la Escalera, Juez de Occidente, y Macario Sala, oficial, salieron prestos para Cenero para comprobar que la desgarradora escena que les había descrito detalladamente el pedáneo era absolutamente real. El joven, muerto ya sobre un charco de su propia sangre, pasaba a rendir cuentas con la eternidad en decúbito supino y nunca abandonado por el mejor de los amigos: su perro de caza. «¡Palmaria prueba de fidelidad de que no todos los mortales dan ejemplo!», alababa EL COMERCIO el comportamiento del can que, dispuesto a defender a capa y espada a su infortunado dueño, no se lo puso fácil a los investigadores.

«Cuando Ciriaco y Eugenio», los amigos de Manuel, alarmados por haber escuchado un tiro en la zona por donde sabían que se encontraba el muchacho, «llegaron al sitio en que yacía su malogrado compañero, trataron, como es natural, de acercarse, pero la actitud amenazadora del perro les detuvo. El animal, en un principio, se oponía con avasalladora altivez a que nadie se aproximase al cadáver de Manuel García». Sin testigos, en la soledad del bosque, sin jabalí en las proximidades, un disparo de escopeta había acabado con la vida del cazador. «Más tarde, y después de prodigarle mil caricias» el perro permitió que se acercasen a su dueño; a la llegada del Juzgado de instrucción, lo encontraron «tendido a la larga junto al cadáver, con la cabeza apoyada en la del desgraciado Manuel, pero sin perder su actitud de vigilancia».

¡Animalito! Nada se podía hacer ya por el muchacho. El forense se encontró con una espalda destrozada, reventada de un lado a otro por una herida de arma de fuego difícil de explicar: la bala había entrado por el lado derecho de la espalda y salido por el hombro izquierdo. Ciriaco y Eugenio, los únicos testigos, no lo eran en realidad: cinco minutos atrás, el grupo de cazadores se había separado, y solo la extrañeza de escuchar un disparo tan pronto -habiendo dado el jabalí que buscaban muestras ya bastantes de ser una presa difícil de coger- les hizo correr hacia el sitio donde, por puro oído, habría de encontrarse Manuel.

¿Qué pasó aquella tarde en los montes de Cenero en donde, decían los del pueblo y lo escuchaban otros muchos a lo largo de todo Asturias, hozaba la joya de la corona del sport cinegético regional? ¿Por qué el asustado can pasó a desconfiar, en el mismo momento en que su dueño cayó prácticamente muerto en el suelo, de todo el género humano? La respuesta, al menos la que se dejó por escrito en aquel reportaje, no puede ser menos que desilusionante para el lector que busque misterio donde no lo hubo nunca: la autora intelectual del crimen fue la casualidad, y el 'asesinato' en cuestión lo materializaron... unos escayos.

«Es fácilmente explicable», dijo el reportero de EL COMERCIO. El cazador, llevando un fusil Mauser colgado del hombro, con el cañón hacia abajo, quiso atajar por donde nunca debiera haberlo hecho. «Se conoce que al saltar un matorral se le enredó el arma entre los escayos, y que al tirar de ella se le disparó». Caso cerrado. Del jabalí de Cenero, la verdadera pieza clave del suceso, desconocemos -al menos por el momento- si le seguiría sonriendo la suerte que aquel 15 de septiembre dirigió las balas hacia quien casi nunca, en esta clase de circunstancias suelen ir dirigidas: al que las porta. Si es la voluntad del lector, ¡claro!, creer la versión oficial del suceso...