El Comercio

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El bloqueo institucional cumple nueve meses y hasta el Ministerio de Asuntos Exteriores se muestra alarmado. Hemos perdido incluso la influencia que no teníamos. España es grande, pero no es una, ni libre, y aunque fuera esas tres cosas, tendría que paralizar la toma de decisiones, los tratados y las cumbres bilaterales donde se toman las grandes decisiones que también nos afectan a nosotros, a pesar de nuestra pequeñez. Esto sucede porque estamos investigando a los golfos de levita mayores, con lo fácil que sería averiguar dos cosas: el dinero y las propiedades que tenían antes de sacrificarse por la patria y el que acumulan ahora, después del sublime sacrificio. La inmensa mayoría de los españoles podemos decir eso de «a mí que me registren», aprovechando que el presidente de la nación, que no olvidemos que ganó las elecciones, es registrador de la propiedad.

Ocurre que «la varia España», que decía el lacónico Azorín, es cada vez más diversa. En algunos sitios han acertado a hacer las cosas mejor que en otros, o al menos más satisfactoriamente, a juicio de sus habitantes. El desgastado PP no sufre ningún desgaste en Galicia y Feijóo repite resultados y revalida su mayoría. Es el candidato mejor valorado, al margen de que sigamos confundiendo el valor con el precio, tras siete años de Gobierno autonómico y eso no es solo por algo, sino por todo. Seguimos siendo un enigma histórico porque somos diferentes a nosotros mismos. La renta per cápita, siempre equívoca, porque depende del reparto, demuestra que hay regiones más ricas que otras, o bien que existen comunidades donde la gente es dos veces más pobre. ¿Quién nos compra este lío? Lo venderíamos al mejor postor, pero en el mercado solo hay impostores. El experimento autonómico no ha creado diversidad, sino rivalidad, pero si lo lamentamos nos pueden llamar nacionalistas o simplemente catetos. Hace falta un gobierno. Bueno o malo, siempre será mejor que ninguno. El vacío ocupa mucho lugar.