El Comercio

El jarrón roto

Hubo de todo en las exequias. Lágrimas, reproches y gritos. Lo que faltaron fueron manos dispuestas a apretar las piezas de la vasija para que soldarán unos trozos con otros. Los lejanos alfareros son menos numerosos y están más desperdigados que los que arrojan piedras a la barraca y parece que va para largo el plazo para que la socialdemocracia española vuelva a ser las dos cosas que su nombre indica. Lo de Ferraz no fue sólo una escaramuza, ni una reyerta, sino un mitin con entrada libre y salida a palos. Cómo nos complace siempre encontrar un culpable único, todos los errores y algunos horrores han recaído sobre el pobre Sánchez, que se ha convertido, él solo, en una región devastada. Si bien se mira, no perdió por un tanteo demasiado estrepitoso, aunque sí más que suficiente: 132 a 107. Ahora vendrá una gestora, que es a lo que siempre se acude cuando no hay gestores.

Nos preguntamos, no sólo los votantes, ni siquiera los simpatizantes, sino los expectantes de diversa laya, a dónde puede ir el partido que ciertamente peleó por la dignidad de una clase interclasista, golpeada desde siempre. Obrero no es sólo el que trabaja con sus manos, sino el que pone manos a la obra. Queda lejos la distinción de buen caballero don Jorge Manrique, porque hay ahora quienes sólo trabajan para echarle leña al fuego que encendieron otros, con riesgo a quemarse sus manos pecadoras. Los barones son ignífugos y es pronto para saber si Susana Díaz es incandescente, pero la cosa está que arde. Nunca un señor con tan poco peso como Sánchez ha dejado un vacío tan difícil de llenar. Lo que corre más prisa es reparar los trozos dispersos del jarrón. No falta ninguno, pero sobran piezas. La sucesión de derrotas ya tiene precedentes porque vendrán otros, mientras algunos siguen pidiendo unidad. Como si no fueran españoles los desunidos.