El Comercio

El hombre que se hizo unas manos

Arsenio Fernández, en el taller en el que trabaja.
Arsenio Fernández, en el taller en el que trabaja. / J. M. PARDO
  • Este empresario jubilado es protagonista de una historia de superación que recuerda a la de Hugh Herr, Premio Princesa de Investigación de este año

Mientras permanece aún en nuestras pupilas la imagen de Hugh Herr desplazándose con sus piernas biónicas por el escenario del Teatro Campoamor para recoger el Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica, en Villar, una aldea de San Martín del Rey Aurelio, frente al castillete del antiguo Pozo San Mamés, un hombre faena en su taller particular con la destreza adquirida a lo largo de toda una vida dedicada al trabajo. Arsenio Fernández García, de ochenta y dos años, tiene en común con el científico estadounidense el haber perdido muy joven, en un accidente, dos de sus miembros -en su caso, las manos- y una historia paralela de esfuerzo por recuperar la movilidad, valiéndose de su propio ingenio.

Hay fechas que raramente se olvidan. Este empresario jubilado recuerda con toda claridad aquella mañana de diciembre del año 1954 en el tajo de San Mamés, donde ejercía de picador. Era el Día de Santa Bárbara y, como si el destino además de ser cruel se sirviese de una aciaga ironía, mientras detonaba dinamita, unas mechas en mal estado provocaron una tremenda explosión que se llevó sus dos manos. Tras cuatro meses en el hospital, la empresa lo destinó a las oficinas como conserje. Arsenio no se resignaba a ser un mero inválido y en su cabeza comenzó a dibujar los bocetos de unas prótesis que le devolvieran el movimiento y la actividad de los miembros amputados. Luego esos bocetos pasaron al papel y el ingeniero jefe de la mina, al conocerlos, le facilitó la posibilidad de materializarlos en un taller metalúrgico. Él mismo dirigió y ayudó en las tareas, probando hasta siete modelos antes de conseguir el prototipo definitivo.

Desde entonces, estas prótesis han sido las manos con las que se ganó la vida en los más diversos oficios: ganadero, soldador, fontanero, almacenista de vinos, diseñador de maquinaria y fundador de una empresa de abonos químicos y restauración de minas a cielo abierto. «El cielo o el infierno que me cortó las manos también me dio la capacidad para luchar por superarlo», afirma, recordando a la familia en la que se crió con catorce hermanos: «Se lo debía a los míos, que me habían enseñado a vivir del esfuerzo propio». Con sus nuevos miembros además de trabajar, ha diseñado y fabricado todo tipo de maquinaria, herramientas y útiles: desde el prototipo con el que poder conducir su vehículo, reconocido oficialmente y homologado por la Universidad de Oviedo, hasta un horno mixto eléctrico y de leña en el que cocer pan o asar un cordero.

Igual de activa e inquieta que sus manos mecánicas es la mente de este inventor autodidacta por descubrir nuevos horizontes. La informática ha sido uno de ellos y en su blog 'Cómo trabajar sin manos' relata la experiencia vivida y se ofrece de manera altruista a fabricar prótesis para otros amputados. Uno de ellos estaba ayer en su casa. José Luis Magallares es madrileño y a los veinte años -a la misma edad que Arsenio- perdió ambas manos en un accidente pirotécnico. Hace apenas unas horas que lleva colocada la prótesis diseñada por el antiguo minero y por primera vez en veinticinco años ha vuelto a sostener un tenedor y a escribir su propio nombre con un bolígrafo. «No tengo palabras para agradecérselo, aunque sí para hacer que su labor se conozca», confiesa emocionado.