El Comercio

«Las cenizas pueden terminar en el rastro»

El arzobispo Jesús Sanz Montes bendice el columbario de la cripta de la avilesina iglesia de San Nicolás.
El arzobispo Jesús Sanz Montes bendice el columbario de la cripta de la avilesina iglesia de San Nicolás. / MARIETA
  • «Esta recomendación tiene su justificación en que, una vez pasada la primera generación, los restos se acaban arrinconando y no se sabe bien qué hacer con ellos. Y con las cenizas, al final, pasa como con el retrato del abuelo, que pueden terminar en el rastro», argumenta el párroco de San Pedro, donde conservar al familiar difunto en el columbario cuesta «algo más de mil euros»

Los muertos pueden dar más problemas que los vivos». Tan lapidaria frase es de Javier Gómez Cuesta, párroco de la iglesia gijonesa de San Pedro, que ayer se mostraba «sorprendido por el revuelo» que se ha formado a propósito de las últimas directrices vaticanas sobre la muerte, recogidas en una instrucción redactada por la Congregación para la Doctrina de la Fe -el antiguo Santo Oficio- y rubricada por el Papa Francisco. Un documento titulado 'Instrucción Ad resurgendum cum Christo', que sustituye a otro de 1963 y en el que se prohíbe que las cenizas de los difuntos que optan por la incineración «sean esparcidas, divididas entre los familiares o conservadas en casa», pero también su conversión «en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos».

Y Gómez Cuesta está sorprendido porque, en su opinión, «todas esas directrices son de sentido común». Empezando por la que veta que los restos mortales del familiar en cuestión sean conservados en el domicilio a no ser en casos «graves y excepcionales» o cuando una persona lo pida «por piedad o cercanía» y reciba la preceptiva autorización del obispo.

«Esta recomendación tiene su justificación en que, una vez pasada la primera generación, los restos se acaban arrinconando y no se sabe bien qué hacer con ellos. Y con las cenizas, al final, pasa como con el retrato del abuelo, que pueden terminar en el rastro», argumenta el párroco de San Pedro, donde conservar al familiar difunto en el columbario cuesta «algo más de mil euros». Eso sí: «Cada uno de los nichos tiene capacidad para seis urnas cinerarias en régimen de usufructo perpetuo y pasan de generación en generación siempre que no haya problemas entre los herederos, que es algo que ocurre con relativa frecuencia, o que no haya sucesión».

Eso es lo que manda la Congregación para la Doctrina de la Fe: que las cenizas deben mantenerse «por regla general en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente». Porque, como explica Gómez Cuesta, «ahora se esparcen las cenizas se por cualquier sitio y se hacen cosas muy raras como querer transformarlas en árboles que den manzanas».

De la misma opinión es José Luis González, delegado episcopal de Liturgia, que sostiene que «no es de recibo tener la urna con tu madre en el salón de casa, porque cada cosa tiene su sitio. Y el de los difuntos es el cementerio, el lugar en el que se les da honroso asilo mientras aguardan la resurrección».

González habla de la importancia de conservar los restos mortales de los cristianos «en un lugar al que se pueda ir a rezar y llevarles flores y no fundidos con la naturaleza». Y argumenta que, con ello, «se trata de evitar confusiones con credos panteístas, naturalistas o nihilistas que son dignas de todo respeto, pero que son otra cosa». Así que tampoco tiene un pase que un difunto termine convertido en un diamante, algo propio de «una sociedad que lo banaliza todo»: «No tiene sentido tener a tu ser querido convertido en una joya porque ellos ya son joyas en sí mismos».

Pero el Vaticano ha ido todavía más allá, estableciendo que, «en el caso de que el difunto hubiera sido sometido a la cremación y la dispersión de sus cenizas en la naturaleza por razones contrarias a la fe cristiana, se le ha de negar el funeral». Y el encargado de velar por la liturgia en la Diócesis de Oviedo también lo tiene claro: «No se pueden celebrar exequias si alguien, a la hora de la cremación, niega la resurrección. Ni aunque lo pida la familia. Sería un contrasentido».

Lo cierto es que, aunque la Iglesia sigue prefiriendo los enterramientos, la tendencia tradicional ha empezado a revertirse, como demuestran los datos que manejan en Cegisa, la sociedad encargada de la gestión de los ocho camposantos municipales de Gijón, que revelan que en los últimos años ha habido un importante incremento de las cremaciones. El año pasado, en concreto, esos ocho cementerios recibieron las cenizas de 580 personas, cifra muy próxima a las 646 inhumaciones de cadáveres. Y, de las cremaciones, 244 tuvieron el cementerio de Deva como destino final, donde 102 finados eligieron una opción de las ahora prohibidas.

Y eso porque, en lugar de que los restos incinerados recibiesen sepultura en unidades tradicionales como columbarios, nichos o panteones, se fueron al Bosque de las Cenizas, donde se ofrecen alternativas «para todos los gustos» como enterrarlos en un cofre junto a un árbol, depositarlos en un pebetero o esparcirlos en una pequeña pradera. Estas dos últimas, gratuitas.

Entre tanto, «en Oviedo, la opción de la cremación es también la mayoritaria: un 60% opta por ella», confirman en el sector, donde revelan, asimismo, que, de todas aquellas personas que son incineradas, «solo un 30% de las familias elige depositar las cenizas en sitios sagrados, mientras que el restante 70% se las llevan para hacer con ellas lo que consideren oportuno».

Y otra cuestión en la que coinciden los profesionales funerarios es en que «necesaria una regulación civil desde el punto de vista higiénico y medioambiental» que sustituya al «limbo actual».

«Cuentan que en el Mediterráneo ya han aparecido urnas flotando» y saben de un montañero que «pidió que sus cenizas fuesen esparcidas por distintas cumbres de los Picos de Europa». Un final de tanta altura como poco ecológico y ahora, también hereje.