El Comercio

El hombre del año

Mientras se saca pecho se puede ocultar la cara, pero siempre quedan testigos empeñados en presentarnos las cosas tal como fueron. A Donald Trump, que es el hombre más poderoso del mundo, le están creciendo los biógrafos en el circo mundial, cosa que es peor que si le aumentaran de tamaño sus enemigos en la gran carpa del mundo. Su pavorosa fortuna empezó cobrando alquileres morosos, dicen, pero hay calumnias que no son exactamente ciertas. Trump no se ha hecho a sí mismo, porque si hubiera estado en su mano se habría hecho mejor, pero todo se inició cuando su abuelo, que era un inmigrante alemán, le legó a su padre una fortunita y este le hizo a él un préstamo de un millón de dólares de aquella época. Sabía lo que hacía, pero ignoraba lo que iba a hacer el entonces joven Trump. Bendita la rama que al árbol sale, pero maldita la gracia que nos puede hacer que un hombre así presida la primera potencia del mundo.

Su ascenso ha convertido a todos los mandamases del mundo en gerifaltes de antaño, hasta el punto de que se habla de 'la era Trump'. Algo distinto nos espera a todos incluso a los que no tenemos nada que esperar, más que el billete de vuelta. Únicamente nos queda la curiosidad y una cierta esperanza en que el mundo ni siquiera puede hundirse por el peso del imbéciles más listos y más avariciosos. Mientras, París conmemora los atentados de hace un año, cuando la sala Bataclan era una fiesta. La gente quiere volver a la normalidad, pero lo normal es la alteración. Los científicos aseguran que la luna que vemos estas noches será la más grande de nuestras vidas y la más luminosa en 70 años. Ojalá nos traiga fortuna. Los poetas siempre han dicho que está pálida no porque haga vida de noche, sino porque está habituada a oír cánticos desde distintas latitudes. La verdad es que la luna es apátrida, como el dinero de esos patriotas que se lo llevan siempre que viajan. Creen que es plata todo lo que reluce, hasta el 'oro cano'. Y llevan razón.