El Comercio

«Echo de menos a Bottamino, pero ahora quiero un disco solo para mí»

«Echo de menos a Bottamino, pero ahora quiero un disco solo para mí»
  • «La música siempre estará en mí, como la pintura», dice horas antes de tomar la guitarra e ir a tocar a una plaza con unos amigos «jubiletas»| Felipe del Campo, músico y pintor

Detrás de su voz rugen las olas. Esas a las que cantaba. ¿Paseando por San Lorenzo? «No. Mirando el océano de Fuerteventura», dice con la boca pequeña. «No quisiera dar envidia. Seguro que tomar el sol no es una opción en Gijón», añade con la alegría del afortunado y la humildad de quien no quiere poner altavoces a su felicidad, menos «en estos tiempos». Pero lo cierto es que Felipe del Campo, la mitad del legendario dúo Felipe y Bottamino, hoy convertido en pintor y «bricolajero profesional», mira al Atlántico mientras llueve en Gijón. Lo hace de vez en cuando y no más a menudo porque confiesa que la tierrina tira y con ella los muchos quereres de varias edades que le esperan en este Norte. De no ser así, las noches de música con un grupo de «jubiletas alemanes» dejarían de ser esporádicas, para ser su día a día.

–¿Fuerteventura es ya su casa?

–Pudiera ser, pero no. Mi casa sigue en Gijón. Allí están mis hijos y mis nietos y yo ya tengo que hacer guardias de abuelo.

–Y sus cuadros y su música. ¿Esos no tiran de usted hacia este lado del mapa?

–Uy, la pintura. La crisis me pilló de lleno. Yo soy un mercenario del arte y, si no hay encargos, y si no hay ventas, pues yo... ¿Se imagina un músico que salga a tocar y no haya nadie escuchándole? Pues se va, ¿no? Yo se puede decir que me he ido un poco de la pintura. Me sigue encantando, pero ahora solo si alguien me encarga algo tomo los pinceles. No te sirve ya con que te digan: «Qué bien lo haces». Necesito algo más. Algunas galerías cobran por exponer, y claro...

–¿Y eso de el amor al arte?, ¿dónde se queda?

–Pues sigue dentro. Nunca se pierde, pero de amor al arte no se puede vivir. Vas perdiendo el entusiasmo.

–Ay, que me parece que Felipe del Campo, el inagotable, se dedica a la vida contemplativa frente al mar.

–No, qué va. Yo soy de los otros. Esos abuelos que se dedican a mirar por la ventana son la antítesis de mi vida. Yo de los otros, de los que no paran. Me he convertido en un bricolajero profesional. Tengo la suerte de vivir en una casa de aldea y todos los días hay algo que hacer, si no es el tejado es en un mueble. Lo que más me gusta del mundo es el cemento y la carpintería.

–¿Sus muebles son obra suya?

–Hombre, todos no, pero muchos sí. Me gusta también la talla, aunque la he trabajado menos.

–¿Ha salido de su casa ese amor por la madera?

–En una ocasión me encargaron un mascarón de proa para un barco, pero hice una talla tan enorme que si la llegan a poner lo hunden. El caso es que ahora se puede ver en el Jardín Botánico, nada más entrar. Allí está. Y, por cierto, el ‘Isidrín’, ese escanciador eléctrico para echar sidra, también es mío.

–No me diga...

–Sí. Así que también soy escultor (se ríe abiertamente). Hombre, ya sé que no para ir al Guggemheim, pero tiene gracia el ‘Isidrín’ y lo popular que se ha hecho.

–Y la música y a Bottamino ¿les echa de menos?

–Muchísimo. Fuimos un dúo genial. Teníamos un directo que sonaba maravillosamente.Éramos brillantes, sí señor. Pero él en Madrid y yo en Gijón...

–Hubo varios intentos de volver. Un concierto en el 2011, otro en el 2012, pero ya no se supo más.

–Es muy difícil ensayar por internet. Grabas, mandas, cambias, vuelves a grabar. Lo logramos, pero con un grandísimo esfuerzo.

Cantaban «Olas que vienen. Olas que vienen y van». ¿Cuáles son las que están por venir?

–Hay muchas cosas por venir. Yo sigo pintando mis playas, esperando que me llamen para exponer. Esperando a que me digan: «En un mes tienes que tener tantos o cuantos cuadros». Y poner en marcha la adrenalina, que eso me encanta y me hace funcionar.

–¿Y la música? ¿Volverá?

–No la he dejado nunca. La música siempre estará en mí, como la pintura. Aquí en Fuerteventura hoy mismo toco en la plaza del pueblo con unos amigos alemanes, unos jubiletas como yo. Además, sigo haciendo canciones y un día sacaré mi propio disco en solitario. Echo mucho de menos al Botta, pero ahora quiero un disco para mí. Y lo estoy haciendo yo solo.

–¿Sin más músicos?

–Sin nadie. Yo solo. Pongo unos teclados, la guitarra y hasta una batería.

–¿Ycuándo estará listo?

–Eso sí que no lo se. Pero estará. Eso seguro.