Ignacio y Bruno, los gijoneses que cocinan para los sin nombre

El frío es atroz en los meses de invierno, en los que la nieve hace aún más dura la vida de los refugiados.
El frío es atroz en los meses de invierno, en los que la nieve hace aún más dura la vida de los refugiados.
  • Estos dos gijoneses han puesto en marcha No Name Kitchen, que cada noche sirve 400 cenas a refugiados que malviven en el centro de Belgrado en condiciones infrahumanas

«AA ‘Komando’ se le ha ido la cabeza. De repente, dejó de recordar todo lo ocurrido en los últimos meses. Pero, cuando ves esto, lo increíble es pensar que no se hayan vuelto todos locos. Lo increíble es pensar que esto esté ocurriendo en el corazón de Europa en el siglo XXI». ‘Komando’ es uno de los cientos de refugiados que malviven en condiciones infrahumanas en el centro de Belgrado y quien relata su locura transitoria es Bruno Álvarez-Contreras Morán, un gijonés de 31 años que, hace unos meses, terminó uno de los contratos que iba encadenando como auxiliar de vuelo y decidió emplear sus vacaciones en irse al puerto del Pireo, en Atenas, «a echar una mano a quienes llegaban por miles huyendo de los infiernos en los que se habían convertido a sus países y a hacerles la vida un poco más agradable. Y, de hecho, creamos hasta una liguilla de fútbol», recuerda. Diez días que cambiarían su vida para siempre, porque, tras «conocer de cerca la miseria», ya no pudo volver a la rutina de ir de una compañía aérea a otra y eligió pasar la Navidad lejos de casa junto a uno de sus mejores amigos, el también gijonés Ignacio González Toyos. Aunque, después de que alguien le mostrase unas imágenes de «un sitio que parecía el infierno», esta vez el destino sería el norte, Belgrado, donde una ola de frío -se llegaron a alcanzar hasta 16 grados bajo cero- había hecho saltar todas las alarmas internacionales.

Pero la realidad siempre es mucho más cruda de lo que aparece en la televisión. «Aquello era el fin del mundo. Imposible de explicar con palabras. Sin baños. Sin duchas. Sin comida. Basura. Ratas. Cientos de personas hacinadas en naves -es imposible cuantificar su número, variable- que solo recibían una comida al día gracias a una organización no gubernamental». Hombres y niños de 14, 15, 16 años, alguno incluso de nueve, oscuros como espectros. «El 90% son afganos y el 10% restante, pakistaníes». Son los que viajan solos y pasan por Serbia en su ruta hacia el sueño europeo. Los que no llegan para quedarse, pero que pueden pasar allí meses, en esa especie de «película de terror», mientras intentan una y otra vez cruzar la última frontera «donde son torturados por la Policía y mordidos por sus perros. Ellos lo llaman ‘The Game’. Por eso todos van de negro, porque el objetivo es que no se les vea».

Sobreviven de forma clandestina en unos antiguos barracones del ejército medio derruidos, «atrapados», abandonados de la estación de trenes de Belgrado, con agujeros en paredes, tejados y ventanas y con pintadas de spray como gritos silenciosos: «Necesitamos zapatos». Territorio de nadie en una ciudad sin ley porque, con el cierre oficial de la ruta de los Balcanes y el polémico acuerdo de devolución de refugiados de la UE a Turquía, Serbia ha pasado de ser un lugar de tránsito a una barrera a la entrada, pero sin recursos suficientes para gestionar una crisis migratoria. Así que «allí nadie les hace caso, pero al menos no los expulsan a golpes como hacen Bulgaria y Hungría».

A Bruno se le cayó «el alma a los pies» y, después, se llenó de una fuerza furiosa que le impulsó a hacer algo: «Sabíamos que solo tenían una comida al día por la mañana y queríamos que comiesen también por la noche», explica el gijonés. Así que, con un grupo de gentes llegadas desde distintas partes del mundo, se pusieron a cocinar con lo que tenían y alguien decidió que aquello se llamaría No Name Kitchen (‘la cocina sin nombre’). Eso fue hace solo dos meses y hoy dan de cenar a 400 personas a diario. Bruno estuvo «42 días sin parar».

«No teníamos ni dinero ni sabíamos por dónde empezar. Éramos cuatro amigos y esos días nos pasó de todo: desde lavar en una bañera 80 kilos de puerros a mezclar gasolina con gasoil o quedarnos sin gas. De hecho, todavía no sabemos muy bien cómo lo hacemos, pero se ha ido sumando gente muy valiosa sin ningún interés económico», relata uno de los impulsores del proyecto. Desde cocineros profesionales hasta expertos en finanzas que, en dos meses, se han ocupado incluso de elaborar los escandallos de unos menús que empezaron por «puerros con patatas» y que ahora incluyen pasta con berenjenas, arroz caldoso, curry rojo con algo de carne o sopa con polenta. «Y también hemos conseguido darles una pieza de fruta y dos de pan», cuenta un orgulloso un Bruno «con más energía que nunca».

Todo, con coste de no más de 100 euros sumando el gasto de luz, gas y agua. Unos 30 céntimos de euro el comensal. Un milagro posible al esfuerzo de muchas manos que no solo se han ocupado de la comida en un lugar donde todo está por hacer y la tarea es ingente.

«Después de conseguir las potas y los fogones, las bombonas de gas y los utensilios, han llegado ya las primeras letrinas, asambleas en las que se toman decisiones muy importantes... Y se han organizado grupos en los que unos se encargan de comprar los vegetales y de picarlos y otros de elaborar la planificación financiera» del proyecto. Los de más allá de la logística y del transporte.

«Y todo lo almacenado, desde la ropa que consiguen a través de donaciones a cientos de vasos y cubiertos, ha ganado muchísimo en organización desde que vino a colaborar con nosotros un mes mi madre», bromea Bruno, que presume de que «ella fue fundamental para poner en orden muchas cosas».

Así que ahora hay hasta «un sistema de tickets para evitar que algunos repitan mientras que otros se quedan sin cenar. O, por ejemplo, se ha podido comprar madera para evitar que quemen las traviesas de las vías del tren, que, impregnadas de químicos, son extremadamente tóxicas y que, a pesar de las mascarillas, apenas les dejaban respirar. Se ahogaban en toses».

Ya han llegado incluso los primeros baños portátiles, aunque sigue sin haber duchas. «También tenemos generadores y hemos hecho la mejor inversión posible: un altavoz que costó 70 euros y con el que podemos escuchar canciones afganas mientras cocinamos, porque es fundamental que ellos mismos se involucren y devolverles un poco de la dignidad que les han robado. Que puedan relajarse, tener luz, escuchar música, algo agradable».

Esta cocina de los nadie se desmonta cada noche después de cada servicio y parece que todo fue un sueño en mitad de la pesadilla. Pero, al día siguiente, vuelven a llegar fondos y la cena se sirve a las 19.30 horas sin excepción. «Una asociación manda 700 euros, otros ponen una furgoneta, el de más allá vende sudaderas y pulseras, los amigos organizan conciertos, hicimos un crowdfunding y sacamos otros 1.400 euros, tiramos de dinero propio... Y todos los días nos escribe gente interesada en ayudar, pero todavía nos hace falta todo».

Hace poco, Bruno regresó a Madrid porque los ahorros se le agotaban y le tocaba volver a trabajar, pero no aguantó: «Me estaba muriendo de pena. Me sentía inútil». Así que lo pueden encontrar de nuevo en los barracones, donde también se ha puesto en marcha un taller de lenguas en el que se mezclan el castellano con el inglés y el pastún y en el que han cultivado un jardín, pero «todo sigue siendo dantesco». Y él sigue sin entender «qué pintan todos esos críos ahí» y preparándose «para cuando haya que irse», porque, junto al solar, se construye un complejo de lujo.

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