El Comercio

La tragedia de 'Jarocho', el banderillero que vio morir a Iván Fandiño y Víctor Barrio

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Los miembros de la cuadrilla de Iván Fandiño llevan a la enfermería al torero herido de muerte.

  • «Un torero es torero en la plaza y lo sigue siendo en la enfermería. En esos momentos hay que ser fuerte e Iván lo ha sido»

En menos de un año Roberto Martín, ‘Jarocho’, ha tenido entre sus brazos los cuerpos más muertos que vivos de dos de sus mejores amigos. En julio de 2016 levantó de la arena de Teruel a Víctor Barrio, ya sin vida, con el pecho atravesado por una cornada. El sábado trasladó a la enfermería a Iván Fandiño, el torero de Orduña que murió después de que un toro le rompiera por dentro en la plaza francesa de Aire Sur l’Adour. «Aquí nadie se libra», dice.

El banderillero burgalés acudió ayer a Orduña para despedir a su amigo Iván, un hombre «que eligió un camino muy duro, el de la independencia», un torero «muy fiel a su concepto que se ganaba los contratos con la espada y la muleta». De lo que ocurrió el sábado en Aire sur l’Adour, el banderillero prefiere recordar lo bueno, las sensaciones de una tarde que prometía éxitos y acabó en tragedia. «Me quedo con su gran actuación con el primer toro, en el que le dieron una oreja. Las cosas estaban saliendo bien». Se queda también con la frase hecha, la que se repite tantas veces en estas ocasiones y sienten de veras quienes la pronuncian. «Sabiendo la dureza que conlleva, Iván ha muerto haciendo lo que más le gustaba».

«Se me hace difícil recordar», dice. Con la suerte de cara, Fandiño lidiaba a ‘Provechito’, el tercer astado de la tarde. Salió a hacer un quite y allí comenzó la desgracia. Tropezó con el capote, perdió el equilibrio y cayó al suelo. No hubo tiempo para más. El toro embistió al torero y le propinó en el costado derecho una cornada de quince centímetros que le destrozó el hígado, un riñón y los pulmones.

Con la rapidez que solo proporciona la práctica, ‘Jarocho’ y sus compañeros de cuadrilla alzaron al herido y lo llevaron en volandas a la enfermería, donde los médicos se dieron cuenta enseguida de la gravedad de las lesiones. «Se miraban unos a otros, me di cuenta de que se sentían impotentes, como todos nosotros», explica el banderillero. «Iván entró consciente y con mucho dolor, le costaba respirar; pedía que le sedaran pronto». Durante el tiempo inusualmente amplio que permaneció en la enfermería a la espera de ser trasladado al hospital de Mont de Marsan, «casi una hora», el diestro vizcaíno se mantuvo unido a la vida por un hilo cada vez más fino pero aún lo suficientemente fuerte como para dejar su impronta. «Estoy convencido de que él sabía que llevaba una cornada muy fuerte y que intentaba tranquilizarnos», afirma ‘Jarocho’.«Dijo que quería que le hiciesen algo porque se le iba el cuerpo», señala el banderillero con voz apagada. Herido de muerte, sabedor de su destino, Iván Fandiño se comportaba como un torero, como el dueño de una suerte irrepetible. «Un torero es torero en la plaza y lo sigue siendo en la enfermería. En esos momentos hay que ser fuerte e Iván lo ha sido», concluye ‘Jarocho’.

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