Agonía de un encantador de serpientes

Imágenes de Miloud, antes y después de la mordedura de la víbora. / E. C.

Miloud, un especialista habitual en la localidad marroquí de Río Martín, sufre la mordedura letal de una víbora delante de un grupo de turistas

ISABEL URRUTIA CABRERA

Todo apunta a que le mordió una víbora bufadora (‘Bitis arietans’), muy común en el norte de África y no necesariamente mortal. Salvo en casos como el de Miloud, el último encantador de serpientes marroquí que ha fallecido hasta ahora en la vía pública, delante de una decena de turistas y vecinos que no dudaron en sacar sus móviles para inmortalizar la agonía del infortunado. Fotos y vídeos han circulado por las redes sociales, como si se tratara de una estampa más de la Corniche, el paseo marítimo de Río Martín, en la costa norte de Marruecos.

Pero no lo es. La muerte de Miloud ha sido algo excepcional. No solo por el revuelo que se armó al ver que una de las víboras le había clavado los colmillos, sino por la tardanza en llamar a una ambulancia. La confusión y la expectación se adueñaron de todos los presentes. A la luz de la información en los medios de información árabes, no queda claro si el pobre hombre fue herido en la mano o en el labio inferior. Se dice que tardó apenas seis minutos en expirar. En las imágenes divulgadas por la prensa marroquí, se aprecia que echaba espuma por la boca, mientras unos jóvenes le sostenían la cabeza y un niño pequeño observaba la escena, agarrado a la mano de su madre.

Parece ser que sufrió una parálisis respiratoria, al causar estragos el veneno de forma inmediata en el sistema nervioso. Lo cierto es que nada pudieron hacer los servicios médicos cuando llegaron al rincón donde yacía Miloud, tirado en el suelo. Tenía 49 años y había nacido en la localidad de Fez. Uno de tantos encantadores de serpientes, perteneciente a la hermandad de los Aïssawas, una orden místico-religiosa que hace de la música su fuente de poder y de inspiración. Se sienten invulnerables cuando tocan el mizmar –similar a la flauta– y los tambores. Igual que Miloud, cuando hace unas semanas dejó las montañas del Atlas Medio, en el corazón de Marruecos, y puso rumbo a la costa, con tres muchachos a los que estaba iniciando en los secretos de la congregación de los Aïssawas. Los aprendices cargaban con varios instrumentos y un cesto en cuyo interior se retorcían cuatro víboras.

Según los vecinos del barrio, a Miloud se le daba muy bien moverse al ritmo de la percusión. Se ganaba unas cuantas monedas todos los días. Era una presencia constante durante el periodo estival en Río Martín, a 10 kilómetros de Tetuán, y en los últimos tiempos había ganado destreza con los malabarismos y el lanzamiento de cuchillos. Quería distinguirse frente a los demás encantadores de serpientes.

El presunto dominio e hipnosis de las víboras y cobras es una práctica habitual en Marruecos, uno de los países con mayor diversidad de reptiles y anfibios. Se han computado 112 especies y, entre ellas, hay ocho que pueden provocar envenenamientos graves en el organismo humano. Entre mayo y septiembre, el ciclo de mayor actividad ofidia, se calcula que no llegan a ocho las personas afectadas por cada 100.000 habitantes en la región de Tánger-Tetúan. Uno de ellos ha sido Miloud. Su tragedia se suma este verano a la de otro encantador de serpientes, fallecido en Marrakech.

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