Amor del bueno

Cupido acertó con ellos. Cinco parejas asturianas desvelan las claves del amor verdadero. Una receta en la que no faltan las risas y los detalles cotidianos

El ovetente Armando Valdés y la gijonesa María Luisa Vega, niños de la guerra, se casaron en Moscú en 1950. /JUAN CARLOS ROMÁN
El ovetente Armando Valdés y la gijonesa María Luisa Vega, niños de la guerra, se casaron en Moscú en 1950. / JUAN CARLOS ROMÁN
A. VILLACORTA / D. FUENTE / B. HIDALGO

Corren malos tiempos para el amor oficializado si hacemos caso al INE, que apunta que Asturias es la quinta comunidad autónoma con más nulidades, separaciones y divorcios por habitante, registrando 2.408 disoluciones matrimoniales en el año 2016, el último del que hay cifras. O lo que es lo mismo:2,3 rupturas por cada mil habitantes, un porcentaje al alza que sitúa al Principado por encima de la tasa nacional en fracasos amorosos, situada en 2,2. Unos seis divorcios al día en la región. Hasta ahí, la frialdad de los datos. Pero, en medio de este panorama más que sombrío para los románticos en el que las uniones cada vez duran menos, hay parejas que, con papeles o sin ellos, contra viento y marea, se empeñan en contradecir a la estadísticas y en demostrar que lo suyo es cariño del bueno y que el día en que sus vidas se cruzaron Cupido dio de lleno en la diana. Si el amor es eterno mientras dura, ellos han detenido el tiempo.

A la izquierda, José Manuel Rodríguez y Gloria Pérez, esta semana. A la derecha, ella, camino del altar del brazo de su padre.
A la izquierda, José Manuel Rodríguez y Gloria Pérez, esta semana. A la derecha, ella, camino del altar del brazo de su padre. / DAVID SUÁREZ FUENTE

José Manuel y Gloria, 63 años juntos

«El truco para que el amor perdure es respetarse»

Es el caso de los valdesanos José Manuel Rodríguez (1937, Muñás de Abajo) y Gloria Pérez (1938, Trevías), una pareja que se conoció «en la escuela» de esta última localidad, cuenta José Manuel, que explica que su padre «tenía el taller de carpintería debajo de la casa de la familia de Gloria», con la que lleva la friolera de 63 años.

Dicen que el roce hace el cariño y en este caso así fue.«Tonteábamos y le pedí salir», cuenta él. Yla fecha se les quedó grabada en la memoria. «Fue el 30 de mayo de 1955», añade Gloria, que apunta que para ellos ese es «el día del amor y no San Valentín», un aniversario que celebran por todo lo alto. Recuerda que, de hecho, su hijo mayor «se llama Fernando porque ese día es San Fernando».

Mucho ha llovido desde entonces, pero en la pareja perdura el cariño y «no hay más truco que quererse y respetarse», dicen.

La boda se celebró en 1960, tras cinco años de noviazgo. «No hubo pedida de mano. Nuestras familias ya se conocían y los dos teníamos claro que nos queríamos casar, aunque tuvimos que esperar a que él volviese de la mili». Una ceremonia que fue noticia en la época, porque la pareja tuvo que cruzar el río Esva para llegar a la iglesia a través de una pasarela de madera, ya que el puente estaba en obras. Y, luego,la luna de miel, en La Coruña, porque «no hace falta ir muy lejos para ser felices».

Pero el destino les llevó dos años después, en 1962, a emigrar a Francia, donde vivieron 43 años y nacieron sus dos hijos pequeños. Allí trabajaron como carpintero y administrativa en un laboratorio. Y, aunque Francia tenga fama de ser el país del amor, esta pareja bien avenida decidió regresar a su tierra construyendo en el pueblo de Gamones su hogar.

«Yo soy feliz en casa», dice Gloria, que asegura que, a pesar de las dolencias en sus piernas, hacen «pequeñas escapadas», viajes románticos que continúan avivando la llama de la relación.

Emilio Menéndez y Carlos Baturín, el día de su boda. Abajo, esta semana, en su casa de Madrid.
Emilio Menéndez y Carlos Baturín, el día de su boda. Abajo, esta semana, en su casa de Madrid. / JAVIER PRIETO / ABC

Emilio y Carlos, 43 años juntos

«Los dos hemos renunciado a pequeñas cosas»

Pero si la boda de Gloria y José Manuel fue mediática, la del que entonces era escaparatista de El Corte Inglés Emilio Menéndez (Pola de Allande, 1954) con el psiquiatra neoyorquino Carlos Baturín se convirtió en «una apoteosis» con casi un centenar de periodistas acreditados, porque el 11 de julio de 2005, en el Ayuntamiento de Tres Cantos (Madrid), rodeados de flashes y expectación, hicieron historia convirtiéndose en marido y marido. Los primeros en casarse tras el cambio legal impulsado por el Gobierno Zapatero que autorizaba las bodas gays y que colocaba a España como el cuarto país del mundo en equiparar los derechos de todas las parejas.

Todo empezó hace 43 años, con una mirada que se cruzó en una cafetería madrileña, «porque de aquella no había locales de ambiente ni redes sociales, como mucho lugares calientes», empieza Emilio, que cree que el amor es un misterio. «O pasa o no pasa. O está de Dios o no. Aquel día, yo había estado estudiando y me dolía la cabeza, así que entré a tomar un café. Nos miramos, empezamos a charlar, quedamos, nos conocimos, nos enamoramos y fueron pasando los años. Nunca fue un objetivo estar tanto tiempo juntos». Y menos, relata, «teniéndolo todo en contra. Desde la sociedad hasta la familia. Imagínate lo que era tener un hijo homosexual en la Pola de Allande de los setenta. Era peor que tener un hijo drogadicto». Así que, en pleno tardofranquismo, se fueron a vivir y respirar unos años a Estados Unidos huyendo de la presión y, a la vuelta, regresaron con la idea de casarse en la cabeza. Más Carlos que Emilio. Pero terminó cediendo. Porque el asturiano solo tiene una certeza:una relación es eso. Hacer «pequeñas renuncias». «Los dos hemos cedido en pequeñas cosas. Por ejemplo, a mí me hacía ilusión una casa en el campo, pero, como Carlos es urbanita, me aguanto». Eso, y «capear las crisis preguntándote si esa persona merece la pena, porque siempre va a haber crisis». El problema es –resume esta pareja que todos los años pasa temporadas en Asturias, de la que también se declaran enamorados y donde se sienten muy queridos– «que hay gente que tiene la correa demasiado corta y no aguanta nada, así que mejor que se queden solos», y «relaciones que no merecen la pena».

Yluego, aconsejan, es conveniente ir haciéndose a la idea de que las parejas, como las personas, evolucionan, y necesitan habitaciones propias. «Al principio, todo es una locura, todo es pasión. Yluego todo eso no es que desaparezca, pero se transforma en otra cosa», resume Emilio Menéndez, que nunca se imaginó que iba a convertirse en un referente para todo un país, pero que ahora no alberga dudas:«Yo creía que casarse no hacía falta y ahora veo que sí. Y, sobre todo, aunque no quieras, debes tener el derecho de hacerlo como cualquier persona». Así que ahora Emilio y Carlos, Carlos y Emilio, solo esperan «que llegue un día en el que las cosas sean distintas y la condición sexual de una persona no lleve consigo tener que pasarlo mal, algo que todavía ocurre en este país cuando cualquier chaval tiene que contarle a su familia que es homosexual».

Florentino Fernández y Ana Rodríguez se besan en la residencia ‘El mirador’.
Florentino Fernández y Ana Rodríguez se besan en la residencia ‘El mirador’. / BELÉN GARCÍA HIDALGO

Florentino y Ana, 5 años juntos

«La vida sigue. Uno no se puede morir de pena»

Volver a pasarlo mal temían también Florentino Fernández –natural de Berducedo y que a los 86 años conserva la ilusión de un guaje– y Ana Rodríguez –a punto de cumplir los 84– cuando, tras enviudar de sus respectivas parejas, Cupido les lanzó sus flechas en la residencia tinetense ‘El mirador’, donde se conocieron y que ahora se ha convertido en su particular nido de amor.

Cuentan Floro y Anita que sus corazones empezaron a latir al unísono en 2012 contra todo pronóstico. Anita, de hecho, confiesa que no pensaba que podría volver a ilusionarse con nadie tras haber enviudado. Pero todo cambió cuando conoció a Florentino. «Nos encontramos aquí, en la residencia, y en seguida nos caímos bien», confiesa algo recelosa de su intimidad, aunque se muestra mucho menos cautelosa a la hora de definir a su galán y en deshacerse en halagos hacia él: «Es un hombre muy guapo, simpático, agradable y muy formal».

Así que, aunque el temor de Anita a no ser aceptada por las hijas de Florentino retrasó el inicio de esta historia de segundas oportunidades, pronto sus miedos se disiparon. «Ellas no pusieron ningún problema y nosotros tiramos pa’lante», resume. Pero es que Floro es aún más contundente: «La vida sigue y lo de atrás sigue ahí, pero uno no se puede morir de pena. Hay mucha gente buena en el mundo. Me gusta todo de ella y sigo tan enamorado como el primer día».

Un final feliz que contó el empujón de una peculiar celestina: la animadora sociocultural Raquel González, que tuvo claro que ambos formaban el tándem ideal. «Floro es un ligón, es muy coqueto. Anita era más reacia. Yo le insistía para que le diese una oportunidad y un buen día me sorprendieron cogidos de la mano para darme la noticia», desvela la alcahueta, que destaca el espíritu joven que une a la pareja. Así que no resulta extraño que para ellos San Valentín sea una fecha cualquiera en el calendario: «Enamorados estamos todos los días».

Siete décadas de amor. María Luisa Vega y Armando Valdés, en la residencia de Laviana en la que viven y, a la derecha de la imagen en blanco y negro, en una comida con españoles en Rusia. Desde allí, María Luisa escribió a su familia una carta en la que les informaba de que «en general todo sigue como siempre. La única noticia nueva es que me he casado el 15 de octubre con Armando».
Siete décadas de amor. María Luisa Vega y Armando Valdés, en la residencia de Laviana en la que viven y, a la derecha de la imagen en blanco y negro, en una comida con españoles en Rusia. Desde allí, María Luisa escribió a su familia una carta en la que les informaba de que «en general todo sigue como siempre. La única noticia nueva es que me he casado el 15 de octubre con Armando». / J. C. ROMÁN

Armando y María Luisa, 70 años juntos

«Siempre fuimos yo para ella y ella para mí»

Tampoco lo celebrarán Armando Valdés Ordieres (ovetense, 93 años)y María Luisa Vega González (gijonesa de La Calzada, 91), que atesoran una historia de película que los llevó a emigrar a Rusia huyendo de la guerra desde el puerto de El Musel cuando no eran más que unos niños. Toda una vida «con sus cosas buenas y sus cosas malas» que Armando cuenta desde la tremenda lucidez de sus ojos azules y mientras aparta las sopas de letras que se han convertido en su gran entretenimiento desde que ella ya no está del todo bien. «Alzheimer», susurra él, como hace cada vez que llega a un asunto delicado ahora que «cuidar de ella es todo lo que hace, siempre pendiente de su mujer», según cuentan los trabajadores de la residencia del ERA en Laviana, donde comparten la habitación 104.

Empezar a quererse fue también algo mutuo. «Ella se fijó en mí y yo me fijé en ella y siempre fuimos yo para ella y ella para mí», recuerda Armando, que en aquella Rusia «donde había dificultades para todo, desde el racionamiento al frío de Siberia y los bombardeos», empezó a prepararse para ser perito industrial y a trabajar en una fábrica de motores a reacción, mientras que María Luisa estudiaba Geología. Y, entre clase y clase, los dos frecuentaban La Bielorrusa, un local en el centro de Moscú «que en los años cincuenta las autoridades rusas destinaron a los españoles» y, allí, en el baile, empezaron a arrimarse y cortejar. Se hicieron novios. Así que lo de casarse cayó por su propio peso y ella se encargó de informar a la familia en una carta en la que, entre detalles cotidianos, un poco temerosa del impacto de la noticia en Asturias, escribe:«En general todo sigue como siempre. La única noticia nueva es que me he casado el 15 de octubre con Armando. Soy muy feliz y estoy muy contenta. La madre igual va a estar descontenta que me casé, igual se va creer que es todavía temprano, que soy pequeña, vosotros diréis lo mismo, os adelanté a todos. Pero tener en cuenta que aquí la vida es muy diferente y más fácil, y además que ya tengo los 23 años encima. Vivimos muy bien y los dos contentos».

Pero todo se torció solo un año después, cuando María Luisa dio a luz por cesárea a su primer hijo, Eduardo, que nació con graves problemas:«Los especialistas nos informaron de que sería sordomudo y fue un golpe muy duro».

La vuelta a España, siete años más tarde, alivió en parte el sufrimiento del matrimonio, que por fin pudo abrazar a los suyos en la estación de Oviedo, y que poco después de tener a su segunda hija, sufrieron el mayor golpe de los posibles:«El fallecimiento de Eduardito a causa de un derrame cerebral. Tenía siete años».

Pero, juntos, «con momentos mejores, peores y regulares», siguieron adelante. Ella, trabajando en casa. Él, en Ensidesa. Los dos, «socialistas y sin creencias religiosas, pero respetando a todo el mundo», vuelve a susurrar.

«Ella siempre fue mejor que yo, mucho más buena», resume Armando Valdés Ordieres la historia de un amor condensado en las dos alianzas que enseña, orgulloso, en su dedo anular. «Ella perdió la suya dos veces, así que ahora las llevo yo».

Antonio Martínez y Covadonga Álvarez, en la ovetense calle de Foncalada, donde venden el cupón de la ONCE y ya han dado cinco premios.
Antonio Martínez y Covadonga Álvarez, en la ovetense calle de Foncalada, donde venden el cupón de la ONCE y ya han dado cinco premios. / ÁLEX PIÑA

Antonio y Covadonga, 25 años juntos

«No servimos para estar enfadados»

Es el mismo espíritu de equipo que comparten los ovetenses Covadonga Álvarez y Antonio Martínez, que se enfrentaron a «una pesadilla» hace diez años, después de «un cúmulo de casualidades y mala suerte» que hicieron que a Tonio, de profesión fotógrafo, «lo declarasen ciego total de la noche a la mañana».

«Acabábamos de volver de La Rioja, donde nos habíamos ido a trabajar, y nuestros dos hijos eran muy pequeños, así que tuvimos que volver a empezar de cero», explica Cova, que empezó a salir con Tonio después de conocerlo una noche de copas y de que, tres años más tarde, él diese el paso:«Yo sabía que le gustaba y me zampó un beso en todos los morros cuando me dejó a la puerta de casa».

Fue el inicio de un pareja que ya lleva 25 años y que no deja de piropearse. A Antonio, el primero en echarle el ojo a su futura esposa, le enamoró que ella era «muy buenina». A Cova, que él «era muy guapo, muy activo, con mucha chispa, y lo sigue siendo. De esa gente con la que te ríes muchísimo y nunca te aburres».

Así que, cuando perdió la visió y «empezó a deprimirse y a decir que necesitaba volver a trabajar», ella no lo dudó y lo acompañó en «una recuperación lenta en la que tienes que volver a aprenderlo todo». Y, hasta en esos momentos, encontraron motivos para el optimismo:«Este tipo de desgracias te unen más, porque, cuando las cosas están mal, es cuando más necesitas el apoyo del otro».

Tanto, que, cuando Antonio acudió a la ONCE y empezó a vender el cupón en Foncalada, ella dejó su empleo «para estar con él, porque la calle es muy dura».

Dice Cova que el respeto, el sentido del humor, «saber escuchar aunque te aburra cuando habla de coches y de fútbol» y alejarse del rencor les funcionan en esto de quererse:«No servimos para estar enfadados». Yque los detalles de él la siguen derritiendo:«Él día de mi cumpleaños, yo estaba un poco baja de ánimo y me empeñé en que no quería nada. Bueno, pues él se las arregló para que una amiga me comprara unos pendientes y para esconderlos hasta que, cuando llegamos a casa, aparecieron él y los niños con el regalo y cantando el ‘Cumpleaños feliz’. Empecé a llorar como una idiota, claro».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos