Seis mil ratones para la investigación

Sobre estas líneas, ejemplares en sus jaulas con las indicaciones de los equipos de investigación.
Sobre estas líneas, ejemplares en sus jaulas con las indicaciones de los equipos de investigación. / FOTOS: ALEX PIÑA

La mayoría de los roedores del Bioterio de la Universidad de Oviedo llegan del extranjero | El contacto con humanos de estos animales puede llegar a resultar letal, por lo que las medidas de seguridad son extremas

AZAHARA VILLACORTA OVIEDO.

Acceder al Bioterio de la Universidad de Oviedo es traspasar las puertas de una cámara acorazada sometida a estrictos controles de seguridad e higiene. Porque en el edificio de tres plantas y más de 2.500 metros cuadrados situado en el campus de El Cristo, junto a la Facultad de Medicina y Ciencias de la Salud, se custodia la información más valiosa de los equipos de investigación que trabajan en desentrañar las claves del cáncer o el envejecimiento: la que arrojan cerca de 6.000 animales de experimentación (el centro tiene capacidad para 7.000) que alberga en su interior.

Así que, para entrar al animalario, que comenzó a funcionar a finales de 2007 con inversión de 1,5 millones de euros, en sustitución del viejo -levantado en los setenta y que se quedó obsoleto para atender las necesidades de los investigadores-, es necesario teclear una clave de seguridad y, una vez dentro del búnker de la ciencia asturiana, el siguiente paso será colocarse calzas, gorro y bata que eviten cualquier contaminación de los roedores, generalmente de la especie Mus musculus, la más común en la investigación científica por características como su fácil manejo, su breve periodo de gestación (de 19 a 21 días), su rapidez en alcanzar la edad adulta (apenas dos meses), su elevado número de crías y un genoma similar al de los seres humanos. Aunque, como precisa Teresa Sánchez, una de las veterinarias al mando de este sofisticado complejo -que cuenta con un presupuesto de medio millón de euros anuales aportados por la Universidad y el Sespa-, «hay muchas líneas diferentes. Varias de ellas, modificadas genéticamente». Modelos de ratón transgénico (a los que se les ha añadido un gen) y 'knock-out' (a los que se les ha quitado), particularmente útiles para estudiar problemas biológicos complejos.

De velar porque permanezcan «libres de patógenos» se encarga una plantilla de nueve personas compuesta por dos veterinarios, cinco técnicos en cuidados de animales y dos más en imagen preclínica a cargo de sofisticados aparatos con tecnología de última generación que permiten realizar resonancias o escáneres a los roedores con una definición asombrosa. Un grupo que se completa con los técnicos que aporta cada grupo de investigación cuando tiene que hacer su experimentación 'in situ'. Por ejemplo, el equipo que lidera el 'número uno' de la Universidad, el bioquímico Carlos López-Otín, autor de investigaciones que lo sitúan a las puertas del Nobel y al que pertenece «el 70% de estos 6.000 roedores».

Así que la profilaxis es «fundamental», ya que cualquier contacto con los humanos puede resultar letal para ellos. «Contrariamente a lo que mucha gente cree, lo que se trata de evitar es que las personas les contaminemos a ellos, no a la inversa. Y, de hecho, se han dado casos de animalarios que se contaminaron y tuvieron que volver a empezar de cero. Sería una catástrofe», advierte Ángel Martínez, director de servicios científico-técnicos de la institución académica asturiana junto a la zona de cría o SPF (libre de patógenos), con una presión diez pascales superior al resto de las instalaciones, el acceso restringido a un número muy limitado de personas que cuentan con una tarjeta especial y a la que los técnicos únicamente pueden entrar tras ducharse y ataviados con monos y guantes que garantizan la asepsia total.

«Todo tiene que estar muy controlado porque cualquier cosa que entre en contacto con los animales puede afectar al resultado de la investigación. Por lo tanto, todo está estandarizado. Desde el aire del animalario, filtrado con filtros HEPA como si fuese el aire de un quirófano o de una UVI, a la temperatura, que es de 22 grados más menos dos, o la humedad, que ronda el 55%. Y también hay presiones distintas entre las diferentes estancias para conseguir que el aire fluya hacia fuera, no hacia dentro», apunta Agustín Brea, otro de los veterinarios al frente del Bioterio. Un severo control al milímetro que empieza desde el mismo origen de los ratones. «En España no existe ningún proveedor autorizado», así que buena parte de estos roedores llegan a Asturias en avión desde Estados Unidos o por carretera desde países como Francia o Italia. Una maquinaria de precisión germánica que incluye el agua (esterilizada), el pienso (una mezcla de cereales y vitaminas), la viruta o las jaulas, también de importación.

La mayor parte de los ratones pertenece a la cepa C57BL6 y son de color negro, aunque también los hay blancos, de la cepa CD1, marrones, sin pelo y medio millar de ratas wistar que sirven parar cubrir buena parte de las necesidades tanto de los grupos universitarios como de los organismos vinculados a la institución académica, como el Instituto Universitario de Oncología del Principado, que los emplean para realizar desde análisis morfológicos (en la zona de diagnóstico por imagen podemos ver un ejemplar con una importante desviación de la columna vertebral y varios con tumores) hasta experimentos neurológicos o conductuales.

Esta misma mañana, Eduardo Iglesias, coordinador de la unidad de experimentación animal, mantiene a varios corriendo en una cinta similar a la que emplean los humanos en los gimnasios con la que su grupo estudia cómo se regula la respuesta molecular al ejercicio físico. «Diseñamos protocolos de entrenamiento humanizado para toda la semana y los entrenamos durante un mes. Todo, teniendo en cuenta que corren, como máximo, a unos dos kilómetros por hora, no son Usain Bolt», bromea el líder de un grupo integrado en el Cluster de Biomedicina y Salud de la Universidad y que cuenta con financiación del Ministerio de Economía y Competitividad para los próximos tres años. «Aunque pueden correr durante más tiempo, nuestros entrenamientos no se alargan más de 40-50 minutos al día. Los sábados y domingos descansan. Y, en paralelo, hemos diseñado un equipo en el que pueden trabajar más específicamente la fuerza», detalla las claves de su experimento.

Junto a los corredores, decenas de roedores se mueven en jaulas individuales sometidas a ciclos de luz-oscuridad de doce horas. «Deben tener una iluminación constante. Por eso no hay ventanas. Porque necesitamos una luz homogénea, de la misma intensidad y longitud de onda». Y, para evitar que haya imprevistos, «todos los sistemas de climatización están duplicados, de modo que, en caso de fallo de uno, el otro entre en funcionamiento en segundos, además de contar con un generador de emergencia por si se va la luz».

Caja jaula lleva etiquetas identificativas del investigador y el proyecto al que pertenecen e indicaciones muy precisas: a algunos no se les pueden cambiar los biberones y otros están sometidos a ayuno o a una dieta especial. Y los científicos abonan unas tarifas de uso: por cría de los animales, por nacimiento, por mantenimiento y limpieza, por uso de los laboratorios... Pero no están solos, porque el Bioterio también alberga conejos y, ocasionalmente, animales más grandes como ovejas o cerdos con los que los médicos residentes del HUCA realizan prácticas quirúrgicas.

Y, como no podía ser de otra forma, las restricciones legales también son inflexibles. «Hay varios pasos antes de que el científico pueda ponerse a trabajar, varias evaluaciones. Una de ellas es la del órgano de bienestar animal del Bioterio, que tiene que dar el visto bueno a la investigación. Pero, además, hay otro comité que evalúa más profundamente el proyecto: el investigador tiene que justificar por qué necesita utilizar esos animales, que emplea los mínimos necesarios y que no hay métodos alternativos que eviten trabajar con ellos», cuenta Teresa Sánchez, que añade que, «asimismo, tiene que describir minuciosamente todos los procedimientos que va a utilizar. Y, una vez aprobado por ese órgano habilitado, el proyecto va a la consejería, que lo vuelve a revisar y da la autorización definitiva. Así que desde que el investigador nos presenta un proyecto hasta que obtiene el visto bueno para poder empezar a trabajar pueden pasar tres o cuatro meses».

Un proceso «largo y minucioso» que «incluye un protocolo de procesamiento de los animales, que se sacrifican con un método humanitario, la eutanasia aprobada por la legislación, y que posteriormente se envían a Cogersa para su incineración. Porque, «a pesar de las críticas, la experimentación animal sigue siendo necesaria hoy por hoy. Todos, cuando estamos enfermos o tenemos un proceso infeccioso, queremos que nos receten un antibiótico que nos cure o que nos pongan una vacuna que nos evite la enfermedad, y todo eso ha tenido que testarse antes aquí».

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