«Me considero un nómada afortunado»

Claudia y Víctor, con la torre de Toronto al fondo./
Claudia y Víctor, con la torre de Toronto al fondo.

Víctor Solla estudió en EE UU y en 2013 se trasladó a Canadá con su mujer | Trabaja en Toronto en una empresa de logística y admira el espíritu y la mentalidad americana «de llegar más lejos y conseguir metas»

M. F. ANTUÑA

«Desde que me fui de casa en 2008 me considero un nómada afortunado». Víctor Solla Monserrate (Avilés, 1988) no duda de que la vida le ha tratado bien. Se fue a EE UU con una beca deportiva de golf a la Universidad de Lindenwood (Missouri), allí conoció a su mujer (de Madrid, también becada de golf y con sus padres recién mudados a Villaviciosa), allí se formó en Administración y Dirección de Empresas y allí hizo su vida hasta que en 2013 tomó rumbo más al norte. «A mi mujer, de aquella novia, que trabajaba en una empresa de logística, le ofrecieron la posibilidad de trasladarse a una de las oficinas de Canadá; sin pensarlo dos veces nos mudamos». Ella, con un visado de trabajo; él, sin ninguna oferta de empleo. Y a los pocos meses ambos, Víctor y Claudia -que así se llama ella- acabaron trabajando en la misma empresa.

«En la industria de la logística todo pasa muy rápido», dice sobre su trabajo, en el que se encarga de coordinar pedidos, es decir, de encontrar empresas de transporte que puedan realizar envíos que van desde maquinaria que requiere escolta policial hasta lo más pequeño imaginable. «Lo bueno que tiene trabajar en Canadá es la actitud y la mentalidad americanas de siempre llegar más lejos y conseguir metas sin tener muy en cuenta la vida personal». Eso, apunta, tiene sus riesgos, pero también les convierte en trabajadores eficaces. Eso sí, todo tiene pros y contras: «Lo difícil como español-asturiano trabajando en Canadá es intentar encontrar el balance trabajo-vida», anota.

Asegura Víctor que hay dos Canadá completamente diferentes: «La del verano y la del invierno». Y con ellas, dos formas de vida. «En invierno la gente no sale mucho, y suele hacer más actividades a cubierto o practicar deportes de invierno», relata. Las temperaturas son muy bajas y la vida está condicionada por ellas: «La ciudad tiene el 'path', una serie de túneles que conectan los edificios bajo tierra con paradas de metro. Es tan grande que tiene restaurantes, tiendas y hasta comunica con edificios comerciales y de viviendas. Técnicamente, en invierno no es necesario que camines por la calle si hace frío o llueve».

El verano es más alegre. «La gente sale mucho y se siente uno un poco más europeo». Las actividades pasan a ser al aire libre y cerca de Toronto hay un sinfín de posibilidades, empezando por las cataratas del Niagara, un área donde hay numerosos viñedos.

Lo cierto es que la ciudad da mucho juego. Activa, multicultural, multirreligiosa. «Al principio me costaba encontrar gente canadiense nacida en Canáda de familia canadiense, siempre era de una generación europea, india, asiática o de otro lugar». El multiculturalismo lo impregna todo en un entorno de gentes respetuosas y educadas que disfrutan con los equipos profesionales de baloncesto, béisbol, fútbol americano y hockey que juegan en ligas americanas. Así los ve Víctor. Ellos a nosotros: «Nos ven como gente muy fiestera y siempre de buen humor, por lo general tienen buena imagen».

Él también ha cambiado su perspectiva de España después de tanto tiempo fuera. «Estar lejos te hace apreciar mucho más lo maravillosa que es España y lo afortunados que somos de tener una calidad de vida tan buena, por la comida, por la forma de vivir...». Luego está que «Asturias solo hay una», que la familia y los amigos viven a este lado del Atlántico, que las fabes y el pote saben a gloria. De modo que la conclusión es clara: «Despues de estar tanto tiempo fuera tengo claro que la meta es volver a Asturias. El cuándo todavía no lo sé, pero con suerte, pronto». Y eso que en Canadá la situación económica es buena y las oportunidades para crecer profesionalmente existen. Pero, aún así, la tierra tira con fuerza: «Tenemos un paraíso y cuando vivimos allí estamos tan acostumbrados que damos las cosas por sentadas; yo cada vez que vuelvo me quedo sin palabras con la belleza de Asturias».

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