¿Cómo se construye un feminicidio?

Muchos creen que el machismo que está en la base sustenta y determina estos comportamientos, y permite ejercer y disfrutar de una posición de privilegio, dominio y control

JAVIER FERNÁNDEZ TERUELO

Treinta y dos mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en los primeros seis meses del año. Esa es la fría cifra oficial, a la que muchas organizaciones añaden algunas más. La proyección a todo el año ya es por tanto superior a sesenta víctimas mortales (la segunda mitad, generalmente, suele ser peor que la primera). Además, en lo que va de 2017, y pese a que con frecuencia no constan como víctimas de violencia de género en sentido estricto, también han sido asesinados en el mismo contexto 6 menores (de entre 8 meses y 12 años), lo que ya iguala el peor registro anual de toda la serie histórica y contrasta con la única víctima mortal del año 2016.

Esa cifra pone fin de forma drástica a la indisimulada satisfacción que provocaba en algunos las ‘solo’ 44 mujeres asesinadas en todo el año 2016. Hasta hace poco se afirmaba que ese ‘buen’ dato era parte de un proceso de progresiva reducción del número de víctimas mortales. En realidad, dicha valoración carecía de rigor. Cualquier análisis estadístico de tendencias, con esos guarismos, requiere tomar en consideración al menos una década. Y lo cierto es que este año probablemente nos situemos en cifras superiores a, por ejemplo, las del año 2005 (con 57 mujeres asesinadas).

El pasado 24 de junio, en una entrevista difundida por las agencias, la Defensora del Pueblo, cuando se le preguntaba por el citado incremento en el número de víctimas mortales, y según recogía el titular de la noticia, afirmaba: «No sé cuál es la solución a la violencia machista». Y ya en el interior de la noticia añadía: «no veo un retroceso en estos delitos. Y confieso, no sé cuál es la solución».

Más allá de la cifra global de mujeres asesinadas, los datos y porcentajes concurrentes que las acompañan se repiten de manera constante. De esas 32 mujeres, solo cinco habían denunciado, poco más de un 15%, que es exactamente el mismo porcentaje de denuncias que la media de los últimos quince años (sobre casi mil víctimas mortales). Inmediatamente surgen al menos tres preguntas: ¿por qué el 85% de las víctimas no habían denunciado? ¿Por qué las cinco que sí denunciaron fueron asesinadas?Esto es, ¿por qué el sistema, pese a la denuncia, no fue capaz de protegerlas? A lo que añadiríamos, al menos otra más: ¿por qué el sistema solo activa fórmulas de protección (generalmente muy limitada) cuando hay denuncia? Pese a que, examinando el rastro que han ido dejando las víctimas en los últimos meses o años antes de ser asesinadas, comprobamos, que, en un porcentaje muy elevado de supuestos, aun sin denunciar a su agresor, sí habían pedido ayuda, o al menos habían puesto de manifiesto de algún modo su situación. A la vez, prácticamente ninguna de las mujeres asesinadas desde que empezó a funcionar el sistema de valoración del riesgo del viogen –hace casi diez años– tenía identificado un riesgo extremo. Recordemos que al mismo sólo llegaron en torno al 7%-9% de las que posteriormente fueron asesinadas.

A algunas de las circunstancias citadas ya nos hemos referido a través de este mismo medio (EL COMERCIO, 23 de diciembre de 2016). Sin embargo, hoy vamos a centrarnos en otra cuestión. ¿Cómo se construye un feminicida? El análisis de perfiles pone de manifiesto que normalmente el desenlace violento final es la culminación de un proceso largo y progresivo (obsérvese que su media de edad es muy superior a la media de edad de los maltratadores no feminicidas, como también lo es la duración media de la relación). Por lo general, solo en la parte final de ese proceso, el sujeto está dispuesto a todo: a matar y en algunas ocasiones también a morir (casi un tercio se suicidan o lo intentan), hecho nada desdeñable, pues, fuera de este contexto, ni los homicidas ni lo asesinos se suicidan.

En todas y cada una de estas muertes violentas están presentes, sin excepción, roles machistas profundamente arraigados (esto es pura estadística, alejada de valoraciones subjetivas). La combinación de los valores propios del modelo antropocéntrico del patriarcado, junto con otros factores individuales, terminan por construir una absoluta dependencia vital del varón respecto a esa relación. Y ahí está la clave. Cuando las órdenes no son obedecidas, el patriarca se siente en el absoluto derecho –convertido en obligación– de recurrir a la violencia para restablecer el orden familiar cuestionado a través del incumplimiento. Es entonces cuando la violencia psicológica, la violencia latente, da paso a un nuevo escenario de violencia a un más alto nivel. Es la violencia dirigida a reconducir el dominio cuestionado (a veces aderezada en alguna de sus fases de un cínico arrepentimiento como estrategia de reconciliación, que, en realidad, esconde una técnica de restablecimiento del estatus). Pero si además la mujer, la víctima permanente del estado de dominio, da un paso más y se atreve a discutir la vigencia de la propia relación, y no digamos si plantea o ejecuta la ruptura, entonces el riesgo se dispara (estadísticamente es la variable que más veces se repite). Bajo la óptica de la relación aprendida y absorbida, el escenario de ruptura no existe, la relación por definición es incuestionable y, si de algún modo, ello ocurriera, la propia existencia del sujeto queda comprometida. Este efecto se potencia si la ruptura va acompañada del éxito, la autonomía, la independencia o el establecimiento de nuevas relaciones de pareja por parte de la mujer, en cuyo caso la descompensación puede ser absoluta y, como tal, proclive a la solución drástica y final.

Muchos creen que el machismo que está en la base sustenta y determina estos comportamientos, y permite ejercer y disfrutar de una posición de privilegio, dominio y control, pero en el fondo ese efecto, siendo real para sus víctimas, también domina y controla a quienes lo ejercen y, por ello, les hace profundamente dependientes. Les priva en definitiva de su libertad y les lleva a una absoluta incapacidad de gestionar la frustración extrema derivada de la ruptura de unas expectativas que, bajo su óptica, eran incuestionables porque estaban basadas en la mentira y en la desigualdad.

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