El profesor más longevo de España sigue dando clase

Pablo Fernández Domínguez, en Valladolid. El salesiano tiene familia en Gijón y acude todas las Navidades a Asturias./Ramón Gómez
Pablo Fernández Domínguez, en Valladolid. El salesiano tiene familia en Gijón y acude todas las Navidades a Asturias. / Ramón Gómez

A sus 84 años, Pablo Fernández tiene un sistema: «La presencia y la mirada me bastan, no me hace falta decir una palabra más alta que otra»

ANTONIO CORBILLÓN

Cuando Pablo Fernández Domínguez (Melgar de Abajo, Valladolid, 1933) se estrenó delante de sus alumnos comenzaban a circular por las carreteras españolas los primeros Seat 600. Los rusos sorprendían al mundo con un satélite artificial que llegó al espacio, el ‘Sputnik’, y un futuro rey llamado Juan Carlos recibía su despacho de alférez en la Academia de Zaragoza. Era 1957.

Y ahí sigue, delante de sus estudiantes de 1º y 2º de Bachillerato (16 y 17 años), a los que enseña Filosofía en los Salesianos María Auxiliadora de Salamanca. Es el único profe al que aplican el ‘don’. Don Pablo. Más que por autoridad, parecen justificarlo los 61 años que lleva dando clase y que le convierten casi con seguridad en el profesor en activo más longevo de España.

El próximo viernes cumplirá 85 años. «Creo que tengo un colega en Galicia que ronda los 82», informa Pablo. Delante de él, el premio Escuelas Católicas 2018. El galardón pilló por sorpresa a este salesiano austero y discreto, que tiene familia en Gijón, donde pasa las navidades. «Si llego a saber que me proponen, lo hubiera parado. Pero, una vez concedido, no podía rechazarlo». Tenía tal vocación que fue maestro antes que cura. No se ordenó sacerdote hasta 1960. Seis décadas y muchos miles de alumnos después, también bastantes reformas educativas, sigue mirando a los ojos al reto de exigir y exigirse excelencia. «Los alumnos de hoy vienen con el móvil bajo el brazo. Yo partía de cero. Soy yo el que tiene que adaptarse». Un ‘darwinismo’ educativo que le ha mantenido a flote mientras las generaciones iban pasando.

«No falto a ningún recreo y siempre tengo alrededor a chavales hablando y preguntando. Cuando estás siempre con ellos no extrañan la edad». Don Pablo cree que los alumnos han cambiado, pero no la esencia de su ‘doma’. «Hoy reciben y devuelven lo que se les da. No con rebeldía, sino con espíritu crítico».

Acción Tutorial, Nuevas Tecnologías, Gestión de Calidad, Educación en Competencias o, lo más reciente, la Mochila Digital. Nada le suena extraño a este profesor, que agradece a la tecnología el que «ya no necesites ni rellenar papeles para hacer una amonestación. ¡Qué suerte el presente!». Nada que ver con aquellos comienzos en el colegio de huérfanos San Fernando de Madrid. Hijos de la España más vapuleada del franquismo. «Era muy duro. Dormíamos junto a ellos en un dormitorio corrido. Más de 40 camas separadas por una cortinilla. Había que atenderlos a todas horas».

En su despliegue de vivencias destaca a los más humildes, «los más complicados de sacar adelante». Como los del Hogar de Huérfanos de Guadalajara e incluso de los Salesianos de Atocha (Madrid), donde ‘pastoreaban’ a casi 3.000 alumnos. «Algunos conocieron lo que era una ducha porque se la facilitamos en el colegio».

Tenía su mérito, tanto enseñar como aprender. En los años 50 y 60, solo 27 de cada 100 estudiantes llegaban a Secundaria. Y tres pisaban los pasillos de la Universidad. Para darles lo mejor de sí mismo, Pablo Fernández ejercía también de permanente alumno. Estudios Eclesiásticos, Filosofía y Letras (Universidad Central de Madrid), Filosofía (Salamanca).

Un bagaje y los años de experiencia que le dotaron de una particular pedagogía. «Nunca digo una palabra más alta que otra. Les miro uno a uno en silencio. La presencia y la mirada me bastan». Fernández respeta y comparte el actual ‘blindaje’ físico de cualquier alumno, por insubordinado que sea. «Una torta bien dada puede ser una solución inmediata. Pero, a largo plazo, lo inmediato puede ser contraproducente». Nunca le gustó invocar a los padres y «mucho menos amenazar». Lo que rechaza de plano es el ‘café para todos’ en las calificaciones. «El nivel de exigencia era muy superior antes. Hoy importa más que pasen de curso antes que aprender. Y eso da una falsa sensación de éxito».

Lo audiovisual, dice, «está venciendo al pensamiento». Pero ahí estará Pablo Fernández, «mientras pueda explicar sin lagunas ni mirar al libro de texto». Viviendo día a día y curso a curso. Seis décadas y siete colegios después.

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