«La cosa ye entretenese un poco»

Celso Peón se levanta cada día a las cinco de la mañana para ir a pescar a El Musel. / DAMIÁN ARIENZA

Los muelles de El Musel son el puesto de guardia diario de este pontevedrés de Contrueces

P. ANTÓN MARÍN ESTRADA GIJÓN.

Son las siete de la mañana en los muelles de Rendiello, frente a la Rula de El Musel y Celso Peón recoge el sedal de la caña para reponer el cebo que alguna boca espabilada o la misma marea le birló. Lleva desde las cinco o cinco y media en su puesto, como acostumbra hacer a diario desde que se jubiló. «La cosa ye entretenese un poco», afirma. «¿Si no en casa qué haces?».

-Pero, hombre, una cosa es entretenerse y otra levantarse a las cinco de la mañana...

-Estoy acostumbrado. A las diez y media ya estoy en casa. Recojo y pa casa.

Frente al trasiego de cajas con peces en la Rula, Celso con su caña parece David ante Goliat

-Con la pesca...

-O con la caña al hombro y tan feliz.

Así lo cuenta con rotundidad este pontevedrés de Figueirido y vecino de Contrueces desde hace más de media vida. A sus espaldas o delante de sus ojos cuando la curiosidad le puede, desfilan cada día toneladas de parrochas, bocartes, merluzas, lubinas..., recién desembarcadas. Un pescador orgulloso podría pensar que todos esos cientos de piezas capturadas se burlan de él y de su caña triste y solitaria. Para Celso Peón son una fuente de entretenimiento y un estímulo para seguir echando el sedal en busca de la chopa que va a cenar seguro esa noche en su casa. Frente al trasiego de cajas repletas de pexe en el muelle de la Rula, Celso con su caña, parece David frente a Goliat o un anarquista decimonónico predicando al lado de un banco. «Ye un aliciente ver llegar los barcos, lo que trae uno y otru. No te aburres. -asegura-, mientras se le va la vista detrás de una remesa de bonitos recién llegados de la costera.

¿Y la competencia? Preguntamos, señalando a otros pescadores que como Celso se despliegan con sus cañas por el muelle a esa hora tan temprana.

-No la hay. Al contrario, nos echamos una mano unos a otros si alguien se queda sin una plomada o le falta cebo.

-¿Aunque haya pescado antes dos chopas y usted esté aún a verlas venir?

-Hombre, date un poco de rabia y de envidia, pero ye envidia sana.

Cerca de nosotros, uno de esos otros pescadores solitarios que se despliegan por el muelle acaba de lanzarse sobre su caña y recoge el carrete a dos manos mientras la punta del aparejo se curva hacia abajo. Los ojos de Celso se desvían hacia el puesto de su compañero y cuando vemos salir un muil de roca descomunal, descartamos la repregunta y cambiamos de tema.

-Aunque venga aquí a diario, tendrá usted también sus vacaciones: ¿Hay planes de viaje?

-Al pueblo todos los veranos, a una casina que tengo en Cobres. Después iremos por ahí, al Sur...

-¿Y no echará de menos la caña?

-Esta va conmigo a todos los sitios. No me separo nunca de ella.

Celso confiesa haber pescado alguna 'moyadura' en su puesto de El Musel, aunque prefiere evitarlas: «Si veo que descarga, recojo el sedal y a techo. Hasta que pare». Y si se le insiste en que solo por entretenerse no se levanta uno a las cinco de la mañana, acaba confesando. «Bueno, ho, además de entretenerse siempre presta llevar algo pa casa».

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