Asturianos atrapados durante horas en sus puestos de trabajo

Alejandro Ortegal y Raquel Núñez, junto a su mascota 'Luzziano'.
Alejandro Ortegal y Raquel Núñez, junto a su mascota 'Luzziano'. / E. C.

Marisa Romón estuvo cuatro horas aislada en un restaurante de La Rambla y Alejandro Ortegal casi tres en una tienda en la plaza de CataluñaTres gijoneses relatan su angustiosa experiencia tras el atentado de Barcelona

A. MORIYÓN / C. GARCÍA GIJÓN.

Marisa Romón, Alejandro Ortegal y su novia Raquel Núnez, los tres gijoneses, no podrán olvidar los momentos de pánico que ayer vivieron en Barcelona tras el atentado, ni tampoco las largas y angustiosas horas de encierro en sus respectivos puestos de trabajo mientras se buscaba a los terroristas. Marisa Romón, encargada en un restaurante en La Rambla y Alejandro Ortegal, empleado en una tienda de la cadena Pull and Bear en la plaza de Cataluña, no habían aún digerido la noticia del atropello múltiple cuando se escucharon varios disparos. «Acabábamos de desalojar la tienda para cerrarla después del atropello cuando se escucharon los tiros. En ese momento una avalancha de gente entró desesperada buscando refugio. Fueron momentos de mucho pánico y de histeria», rememora este joven, quien explica que las casi tres horas que permanecieron dentro de la tienda unas ochenta personas fueron especialmente angustiosas. «La gente lloraba y buscaba por el suelo las pertenencias que había perdido en la avalancha. Fuera, en la plaza de Cataluña, unos cuatrocientos agentes acordonaban la zona», narra. Muy cerca de allí, en La Rambla, el restaurante en el que trabaja como encargada Marisa Romón también sirvió de lugar de asilo mientras los agentes de seguridad rastreaban la zona. Cuando esta asturiana vio a una marea de gente acercarse hasta el local dudó entre bajar las persianas y garantizar la integridad de los que ya estaban dentro o dar amparo a los numerosos viandantes que gritaban desolados buscando un lugar en el que ponerse a salvo. «No sabíamos si entre los que venían corriendo había algún terrorista», narra. Finalmente, en el restaurante entraron un centenar de personas que permanecieron unas cuatro horas encerradas y sin noticias del exterior, puesto que los inhibidores dejaron los teléfonos móviles y los televisores sin señal. El miedo a que se hubiera 'colado' entre ellos algún yihadista se hizo evidente a la hora de desalojarles. «Nos dejaron salir DNI en mano y en mi caso, que no lo llevaba, los policías me hicieron una foto», explica Alejandro Ortegal, quien temió durante unos minutos que ir indocumentado podría causarle algún problema. «Nos sacaron en grupos de quince personas por la calle Pelayo en sentido Universidad hasta pasar el cordón policial», rememora.

Alejandro no dudó entonces en ir «corriendo» a buscar a su novia, Raquel Núñez. Dependienta en una tienda de Massimo Dutti en el paseo de Gracia, también ella permaneció durante horas encerrada, aunque en su caso únicamente con sus compañeras. Vecinos de El Raval, un barrio totalmente acordonado por lo ocurrido, barajaron la posibilidad de pedir alojamiento en casa de unos amigos a las afueras de Barcelona, pero en su piso les esperaba su perro 'Luzziano'. «No le podíamos dejar solo así que, después de media hora, conseguimos coger un taxi que nos dejó cerca de casa», relata ya a salvo. También Marisa Romón huyó hacia su hogar nada más que fue desalojada. «Llegué y le pedí a mi pareja que llamase a mi hermana, que vive en Gijón, para que le dijera que estaba bien. Yo no podía ni hablar». Ninguno de los tres podrá olvidarlo.

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