El horror de Satsuko Thurlow

La Fundación Nobel denuncia que los derechos humanos de los rohinyás son «ignorados» en la entrega de los premiosVíctima de la bomba de Hiroshima, narra en Oslo los horrores de la guerra nuclear

DANIEL ROLDÁN

Los circunloquios, las metáforas y los dobles sentidos quedaron aparcados ayer en Escandinavia. Ni en Oslo ni en Estocolmo, los oradores optaron por estas figuras estilísticas para esbozar sus discursos en la entrega de los Premios Nobel, convertida en una entrega más reivindicativa que festiva. Satsuko Thurlow fue la primera. Octogenaria, esta japonesa sobrevivió al ataque nuclear de Hiroshima. Sus recuerdos inundaron el Ayuntamiento de Oslo, donde más de un millar de personas escuchaban su discurso, su vida.

Porque Satsuko no necesitó de muchos papeles para explicarle a los reyes de Noruega y al resto de la audiencia qué pasó ese 6 de agosto de 1945 cuando la muerte arrasó su ciudad. Más de 220.000 personas fallecieron por culpa de las bombas caídas en Hiroshima y Nagasaki. Además, están las miles de personas que fallecieron por culpa de las secuelas a lo largo de estos 72 años desde esa tragedia.

LOS PREMIADOS

Física
Rainer Weiss, Barry C. Barish y Kip S. Thorne.
Medicina
Jeffrey Hall, Michael Rosbash y Michael Young.
Química
Jacques Dubochet, Joachim Frank y Richard Henderson.
Literatura
Kazuo Ishiguro.
Economía
Richard Thaler, .
Paz
Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN).

Ella estaba en el colegio. «Salí arrastrándome. Las ruinas ardían. La mayoría de mis compañeros de clase murieron quemados vivos», relató con aplomó a sus 85 años. Recordó a su sobrino Eji, de tan solo cuatro años y que se convirtió por culpa de la bomba en «un trozo fundido de carne». «Pidió agua hasta morir», recordó su tía, instalada desde hace décadas en Canadá. «Los supervivientes éramos una procesión de fantasmas. Había gente herida que sangraba. Estaban quemadas, ennegrecidas...», enumeró después de recoger el Nobel de la Paz entregado a la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares (ICAN).

«Nueve naciones amenazan aún con incinerar a ciudades enteras, destruir la vida en la Tierra, convertir en inhabitable nuestro bello mundo para las futuras generaciones», se lamentó Thurlow, quien señaló que «las armas nucleares no son un mal necesario, son el mal absoluto». En la actualidad, se calculan que hay unas 15.000 ojivas nucleares en el mundo.

Unas bombas que pueden acabar con el mundo por el simple hecho de que alguien «pierda los estribos», explicó Beatrice Fihn, directora de la ICAN, que engloba a unas 500 ONG en un centenar de países y lleva años alertando del peligro que constituye este tipo de armas, en un contexto en que la amenaza de Corea del Norte es cada vez más importante.

La ICAN registró una importante victoria cuando Naciones Unidas aprobó en julio un nuevo tratado que las prohíbe. El documento, adoptado por 122 países a pesar de la oposición de las nueve potencias nucleares, podría tardar años en entrar en vigor, pues tiene que ser ratificado antes por, al menos, 50 firmantes.

De momento, sólo tres países -Vaticano, Guayana y Tailandia- lo han ratificado. «El mensaje principal de la ICAN es que el mundo no puede nunca ser seguro mientras tengamos armas nucleares», subrayó la presidenta del comité Nobel, Berit Reiss-Andersen, en su discurso de entrega del Nobel. «La amenaza de una guerra nuclear es ahora la más elevada desde hace tiempo, sobre todo debido a la situación en Corea del Norte», agregó. En señal de aparente desconfianza, según recoge AFP, las potencias nucleares occidentales (Estados Unidos, Francia, Reino Unido) no enviaron a sus embajadores a la ceremonia del Nobel, y sí a diplomáticos de segundo nivel.

Si Thurlow fue clara en su discurso, el presidente de la Fundación Nobel no le fue a la zaga. Carl-Hendrik Heldin exhortó las virtudes de todos los premiados -por segundo año consecutivo, no había ninguna mujer- y criticó con dureza la situación de los rohinyás, la minoría musulmana de Birmania. «Los derechos humanos fundamentales están siendo ignorados, siendo un ejemplo terrible el trato de los rohinyás en Birmania», explicó en su discurso. Era un doble toque de atención: uno a la comunidad internacional y otro a la consejera de Estado del país asiático, Aung San Suu Kyi, que en 1991 recibió el Nobel de la Paz y que ha sido muy criticada por su tibieza a la hora de resolver esta crisis.

Además, Heldin explicó las «nuevas amenazas» a las que se enfrenta el mundo actual. Citó que la ciencia está puesta en duda, la cooperación entre los países se reduce y la posverdad se ha convertido en una realidad. El presidente de la Fundación Nobel apeló al trabajó en las escuelas porque, hoy más que nunca, «los jóvenes necesitan conocimientos de alta calidad» para poder aprender y entender que es necesario «respetar las diferentes opiniones y encontrar caminos comunes para llegar a conclusiones sensatas».

Reivindicaciones al margen, hubo ceremonia de gala y alegría entre los premiados, entre ellos los físicos Kip S. Thorne, Barry C. Barish y Rainer Weiss, que en Oviedo recogieron en octubre su Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica.

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