«Me he preguntado muchas veces dónde está Dios»

El Padre Ángel tiene que hablar con muchos poderosos para conseguir recursos con los que ayudar a los más desfavorecidos. «No me acostumbro, ni quiero, a ver morir a un niño»

CÉSAR COCA

El hombre de sonrisa permanente y pelo blanco que viste con un traje gris, corbata y bufanda rojas, y conversa con algunos indigentes sentado en una mesa camilla en un lateral de la nave de la iglesia de San Antón, en Madrid, estuvo unas horas antes hablando con la reina Sofía. También es amigo de políticos de todos los colores, comparte mesa con empresarios y deportistas y llama a Florentino Pérez con más familiaridad que el presidente de la Federación de Fútbol. Cuando en octubre de 1994 recogió el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación vivió el mayor contraste de su vida. Porque mientras circulaba por los salores del hotel de la Reconquista, recibiendo agasajos y pisando mullidas alfombras, no pudo evitar recordar la primera vez que entró en ese edificio. Eran los años cincuenta y el inmueble, de grandes dimensiones, era entonces el orfanato de Oviedo.

Su primer destino tras ser ordenado sacerdote fue el de capellán y allí, entre esas paredes, vio tanta miseria y tanta injusticia que decidió dedicar su vida a luchar a favor de quienes las sufren. Ángel García Rodríguez, el padre Ángel, sigue en la lucha. Sin una queja, desbordando humanidad, demostrando que la verdadera dignidad es la de quien asume en su vida la máxima de Terencio a propósito de que nada humano debe sernos ajeno. Posa para las fotos en el altar mayor de su iglesia, abierta 24 horas todos los días del año, mientras dos hombres atraviesan la nave camino del retrete abierto para uso público, con aspecto de haber bebido mucho más de lo conveniente pese a ser aún media tarde, y los mira sin el menor gesto de reproche. Tampoco lo tiene para quienes ocupan los bancos del templo y escuchan música con auriculares, ajenos a las oraciones que una feligresa dirige desde el púlpito. Su iglesia se anuncia como un lugar «para los que están solos o heridos por la vida», sin distinción de credo. Un refugio ante las adversidades creado por un hombre que preside una ONG, Mensajeros de la Paz, presente en 55 países y que ha atendido a más de 63.000 niños e innumerables ancianos, mujeres maltratadas y personas aquejadas del mal de la soledad.

¿Usted tiene aficiones?

– Si se refiere a cosas como el cine, la música, ir al teatro, leer novelas, etc., no. No tengo tiempo.

¿Cómo es su jornada?

– Me levanto muy pronto, como a las seis; me aseo, desayuno, me entero de las noticias y a las siete o siete y media vengo por la parroquia a dar los buenos días o me voy a la sede de Mensajeros por la Paz. Leo la prensa, despacho con la gente de Mensajeros, visitos hogares, a veces me reúno con políticos y luego me siento en esta mesa y converso con quienes se acercan a la parroquia.

¿Se encuentra más a gusto hablando con quienes entran a su iglesia o con políticos y empresarios a quienes pide dinero?

– Sin duda, aquí. En casa se está siempre mucho más a gusto, pero es preciso hablar con esos políticos y empresarios para que te escuchen y atiendan tus peticiones.

Nació en Mieres, hijo de un minero y una costurera. Le pido un ejercicio de memoria. ¿Cuáles son sus primeros recuerdos?

– Serán de cuando tenía cuatro o cinco años:la escuela pública a la que iba, el banco donde me sentaba, los pizarrines, la primera comunión a los siete años. Recuerdo la tristeza, el frío, el hambre, los muertos en los montes y en la mina, los amigos cuyos padres murieron... La mía fue una infancia feliz en lo familiar y triste en lo demás.

Ya de niño jugaba a ser sacerdote, y su hermana era la feligresa. No es un juego muy habitual.

– Cuando con cinco o seis años, como a todos los niños, me preguntaban qué quería ser de mayor, ya decía que cura. Y eso era por la influencia del de mi pueblo, que se parecía a quien hoy es Papa.

Entró al seminario con doce años. ¿No tuvo crisis en la adolescencia, no se enamoró y pensó en salir del seminario?

– Con 15 o 16 años ya jugaba a ser cura, y me acercaba a los sitios donde vivían gitanos y otras personas desfavorecidas. Pero claro que a esa edad te enamoras. Una cosa más platónica que real, pero eso pasa. En el seminario nos decían que había que tener cuidado de no enamorarse, pero cómo lo vas a evitar. Me pasa incluso ahora, de una forma platónica, como le decía. Malo sería lo contrario. Si te pinchan, sangras, por muchos años que tengas. A los 80 años se sigue queriendo, sigues enamorado de personas, de cosas, de sueños.

Sentado en su despacho de la parroquia, cuenta que en sus años jóvenes conoció en Asturias a muchos curas que «decían cosas que no gustaban». Curas que iban a la mina y a la cárcel a dar consuelo y a escuchar a seres rotos. «Los he conocido y los he admirado más que al capellán de la Universidad o al cura de la mejor parroquia de Oviedo». Yno elude hablar de esa admiración por «comunistas», de quienes apreciaba no su ideología sino que «se jugaran su prestigio por ayudar a los demás».

¿Quiénes han sido sus modelos?

– He admirado mucho a Casaldáliga, a Ferrer... a Tarancón. Ha sido un privilegio conocerlos a todos. Cada uno se va forjando en los patrones que ha tenido. Yo he querido imitar a Vicente Ferrer, a quien fui a visitar dos veces a India. He estado con santos en vida, como la madre Teresa, con quien por otra parte no coincidía en algunas opiniones. He conocido santos en la Tierra, no necesito morir para verlos.

Siempre lleva corbata roja. ¿Es un símbolo?

– No, la llevo porque me da suerte. Me la puse una vez para pedir dinero a alguien y me lo dio. Otro día llevaba una de otro color y no me salió bien, así que desde entonces, siempre roja. Pero no hay nada ideológico detrás. Uno no tiene que ser ni rojo ni azul. Si acaso, blanco.

¿Habría cambiado su vida si su primer destino hubiese sido una parroquia de un barrio de clase media?

– El destino lo hace el ambiente del lugar donde naces y donde luego estás. Ir al orfanato fue la mejor asignatura, porque vi niños abandonados, mancos, cojos... Fue un aprendizaje.

Volvió al orfanato mucho después pero para recibir el Príncipe de Asturias. ¿Qué sintió?

– Una rabia inmensa. Me acompañaron Matilde Fernández y Víctor Manuel y mientras iba pisando esas gruesas alfombras que hay ahora en el hotel me preguntaba cómo son posibles esas diferencias entre ricos y pobres. Mi vida ha sido siempre un contraste de riquezas, religiones, razas... Eso me llena y me hace comprender el mundo, pero no juzgo ni condeno a los que son diferentes.

Su labor social comenzó con niños y luego se ha ampliado a ancianos, mujeres maltratadas, personas afectadas por guerras o catástrofes...

– Cuando pateas la calle y ves a todas esas personas, pides fuerzas y ánimo para paliar eso. Ir a los lugares donde ha habido catástrofes te hace dar valor a las cosas. Cuando regresas de Benin, donde has visto niños esclavos, decides que no se puede tirar nada, que no puedes deshacerte alegremente ni de un bolígrafo a medio usar.

Alguien podría decirle que por qué recorre el mundo si hay suficientes necesidades aquí mismo.

– No es posible ver en directo la guerra de Irak o los muertos en Haití tras el terremoto y no querer coger un avión para ir a ver qué puedes hacer. No me acostumbro al dolor de ver morir a un niño en ningún lugar, ni quiero acostumbrarme.

¿Ha tenido que rogar mucho a los políticos para que le den recursos con los que poner en marcha todos los programas de ayuda de Mensajeros?

– He tenido que hacer mucha antesala, he enviado muchas cartas, peticiones... pero pocas veces me han negado cosas, aunque debo añadir que sí he tenido decepciones. Y a veces he debido esperar a que cesaran en sus cargos para decirles que no hicieron lo correcto. Pero todos me han escuchado. El Estado debe cubrir necesidades y poner los recursos, pero el cariño y la atención los dan quienes tienen vocación. Un mundo mejor solo lo pueden hacer los políticos, por eso los admiro tanto.

¿Ha tragado muchos sapos, se ha callado muchas veces lo que pensaba, para conseguir más cosas?

– Pocas veces. En ocasiones salgo de una reunión pensando que quizá no debería haber dicho algo. Pero uno es como es. Dije ‘no’ a la guerra pese a que era muy amigo de José María (Aznar) y Ana (Botella) era mi presidenta. No he sido enemigo de nadie.

Usted envía muchas cartas a políticos pidiéndoles cosas. ¿Siente que la suya es una voz que clama en el desierto?

– Tengo la sensación de que, por lo menos algunos, esperan que les llame o les escriba. También he escrito a Trump.

¿Y qué le ha dicho?

– Solo le he pedido que me reciba. Los dos llevamos siempre una corbata roja (se ríe). Le diría en persona lo mismo que al Papa. Creo que hay que ver la parta buena de las personas.

¿Y qué ha hecho con la carta:la ha enviado directamente a la Casa Blanca o la ha tramitado a través de la Embajada?

– La he mandado directamente, porque si me dirijo a la Embajada me habrían dicho que no la escribiera. Es como si para ver al Papa hablara antes con el Nuncio. No conseguiría nada.

¿Qué siente cuando llega a casa tras un día en el que ha visto pobreza, injusticia, dolor, locura...?

– Doy un beso al niño y me olvido de todo, porque si no no podría dormir. (El niño es Josué, un salvadoreño al que ha adoptado. Cuando lo trajo a España tenía graves malformaciones en el cráneo a consecuencia de un incendio que le afectó cuando aún era un bebé. Lo rescató de una casa derruida y estaba tan mal que parecía imposible que salvara la vida. Salió adelante y ahora es, lo dice el padre Ángel, «el mejor regalo de Dios»). Cuando veo algunas cosas de las que me hablaba, mi expresión más común es ‘Dios mío, esto no es posible’. Hace bien poco, llegó una madre a pedir leche para su niño, que tenía solo siete días. Parece una escena de un melodrama de la televisión, pero es cierto. El corazón sufre por esto y es difícil que aguante tantas heridas.

Ante injusticias tan flagrantes, ¿no se ha planteado nunca un debate íntimo sobre la naturaleza y el papel de Dios?

– Sí, claro. Me he preguntado muchas veces dónde está Dios. De este Papa, al que adoro, he aprendido muchas cosas. Estando con él, en Filipinas, una pequeña le preguntó por qué sufren los niños. Él le dijo:‘No hay respuesta, solo tus lágrimas’. Fue una revelación. La culpa no la tiene Dios. Él perdona siempre; el hombre, a veces; la naturaleza, nunca.

¿Tiene dudas sobre la existencia de Dios o sobre qué pintamos los humanos en la Tierra?

– No he tenido tiempo de pensar en eso. Yo creo en todo. Incluso en los políticos.

Una prórroga

Hace diez años le diagnosticaron un cáncer de pronóstico complicado, que ha superado. ¿Temió morir?

– Sí, y lloraba por las esquinas, aunque me hacía el fuerte. Estaba convencido de que me iba. Una enfermedad así te hace mejor y más humano. Lloraba porque me quedaban muchas cosas por hacer. No tengo miedo a la muerte, pero no me quiero morir.

En esta misma serie de entrevistas, el cura Luis Lezama confesaba no estar seguro de la existencia del Más Allá. ¿Usted lo está?

– Quiero pensar que sí existe porque tengo a muchos allí.

Alguna vez ha dicho que a usted la jerarquía no le ha llamado la atención porque no suele entrar en asuntos teológicos.

– Creo que quienes hacen de jueces se equivocan. Una vez me llamaron para un pregón y hubo uno que dijo que no deberían haberlo hecho porque tengo ideas extrañas. Me fui donde él y le pregunté que quién era para juzgarme... y se acojonó. Juzgamos con mucha frecuencia a los otros. Lo cual no quiere decir que yo no sea a veces juez de algo, claro.

¿Habría aceptado un cargo si se lo hubieran ofrecido?

– Seguro. Puedes hacer más estando en el poder que no teniéndolo. Puedes servir a Dios más en un cargo. Pero ni aspiro ni he aspirado nunca a eso, porque no se los dan a la gente incómoda.

Cuesta verle de cardenal.

– Eso no sería posible, pero estar en una diócesis diciendo cosas a los curas... Eso sí podría imaginarlo. De todos modos, no tener un cargo es una gracia, porque no pierdes libertad. Fíjese, ahora tener una parroquia me hace más prudente. Aunque yo prefiero pedir perdón a pedir permiso. Si bautizo al hijo de una pareja lesbiana lo hago sin pedir permiso. Si me riñen, pediré perdón, pero no he tenido que desobedecer, como me habría sucedido si pido permiso y me lo niegan.

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