Caso Gabriel Cruz | La lucha de la Guardia Civil contra la mente de Ana Julia

Ana Julia, con el padre de Gabriel Cruz, Ángel, que tuvo que fingir que no sabía que ella era la asesina. /EFE
Ana Julia, con el padre de Gabriel Cruz, Ángel, que tuvo que fingir que no sabía que ella era la asesina. / EFE

Los agentes tuvieron que embarcarse en un duelo psicológico con 'la bruja' ante la esperanza de que Gabriel siguiera vivo

MELCHOR SAIZ PARDOMadrid

La partida desde el principio estaba decidida. ‘La bruja’, como ya le llaman los especialistas de la Guardia Civil, iba a perder. Ella, dentro de su «egocentrismo» de «verdadera psicópata», pensaba que tenía posibilidades de ganar en esta guerra psicológica contra la ‘élite intelectual’ del instituto armado, la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo (SACD).

La Guardia Civil tuvo que dejarse arrastrar durante doce días a esta ‘guerra larvada’ con Ana Julia Quezada por un solo motivo: los agentes, hasta el 11 de marzo, siempre trabajaron con la esperanza –«bastante remota», admiten– de que el pequeño estuviera vivo. Desde el inicio de este mes sospecharon que si la dominicana había matado al niño probablemente su cuerpo estaba en la finca, a la que Quezada acudió casi cada día para verificar que el cadáver seguía allí. Pero no quisieron detenerla entonces. Entablaron esa «partida de ajedrez» con la asesina para recabar el mayor número de pruebas contra ella y no precipitar un desenlace trágico en el caso de que Gabriel estuviese secuestrado y vigilado por terceros.

El ‘jaque mate’ a Quezada fue el 11 de marzo cuando lograron ponerla nerviosa al pedirle las llaves de la finca para un registro y le obligaron a mover la ficha equivocada.

«Psicópata de libro»

Juan Jesús Reina, el comandante jefe de la UCO, describió esta semana a Ana Julia como una mujer de frialdad máxima, posesiva, egocéntrica y bastante manipuladora». En realidad, el perfil que trazó la SACD –apuntan los operativos– era mucho más extenso y respondía a una «psicópata de libro»: mentirosa compulsiva, con falsa amabilidad, embaucadora social, sin vínculos afectivos estables, con un pasado turbio, «vida parasitaria» a costa de los demás, carente de empatía, autoestima exacerbada y sin sentimientos de vergüenza, miedo o, mucho menos, de culpa.

Con ese retrato, los agentes que interrogaron en los primeros días a Ana Julia sabían a lo que se enfrentaban. Quezada no se anduvo nunca por las ramas. Desde su primera declaración informal lanzó toda su «artillería de mentiras e imposturas» para intentar acusar de la desaparición a su exnovio Sergio. Desde el principio dieron carrete a la asesina. Había comenzado el duelo. «Y la propia Ana Julia era consciente de esa lucha», apuntan desde la UCO.

Las patrañas de Ana Julia se dispararon. El 3 de marzo colocó la camiseta del pequeño junto en la depuradora de Las Negras, junto a la casa de Sergio. Aunque la Guardia Civil apenas tenía confianza de que la pista fuera buena montó un gran operativo para rastrear la zona, sin perder de vista la finca de Rodalquilar, justo en la dirección contraria.

Quezada siguió lanzando órdagos. Empezó a presionar a la familia para ofrecer una recompensa. La Guardia Civil recibió el mensaje: la asesina quería que pensaran que el niño seguía vivo y embarrar aún más la investigación. Fue entonces cuando los agentes empezaron a temerse con más fuerza lo contrario: que estaba muerto.

Ana Julia no se separaba nunca de Ángel. Los agentes le dieron a entender que también investigaban al padre. A todos, menos a ella. «Necesitábamos que pensara que estaba ganando la batalla», afirman los operativos. Le hicieron llegar mensajes para tranquilizarla y hacerle creer que ella estaba libre de sospecha.

Quezada quiso incluso condicionar el despliegue de búsqueda. Hasta manifestó su convicción de que al niño lo soltarían cuando hubiera menos gente en la zona. La Guardia Civil entonces movió ficha e intentó que creyera que, al menos en Rodalquilar, la cosa estaba tranquila.

Un bulo intencionado

Pero Ana Julia no bajaba la guardia. Cada vez más periodistas sabían que ella ya era la principal sospechosa. Había que dejarla tranquila para que intentara hacer maniobras arriesgadas. Y la Guardia Civil ideó el penúltimo ardid: filtrar a la prensa que la investigación volvía a poner el foco en el acosador de la madre.

Esa añagaza fue el principio del fin de ‘la bruja’. Quezada, a pesar de creerse más lista que nadie, se tragó ese anzuelo hasta el fondo. Ni siquiera se dio cuenta de que su propio novio, Ángel, sabía que era la asesina y que estaba fingiendo.

Para entonces, la Guardia Civil jugaba esa partida con las cartas marcadas: había instalado micrófonos en su coche, tenía pinchadas sus llamadas y seguía 24 horas sus movimientos. «Ella creía que nos iba a dar jaque mate haciendo aparecer el cadáver en los invernaderos del poniente, pero al final se lo dimos nosotros». «El exceso de confianza en sí misma por su desmedido ego fue su perdición. Ese suele ser el punto débil de todos los psicópatas. Y también lo fue de Ana Julia», apunta uno de los responsables del caso.

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