«Estoy en shock. Podría ser yo»

La Feria de Muestras ha detenido este mediodía su actividad para guardar un minutos de silencio por las víctimas del atentado terrorista de Barcelona.
La Feria de Muestras ha detenido este mediodía su actividad para guardar un minutos de silencio por las víctimas del atentado terrorista de Barcelona. / Damián Arienza

Los asturianos residentes en Barcelona, conmocionados tras el atentado

ANA MORIYÓN / CAROLINA GARCÍAGIJÓN.

Los asturianos residentes en Barcelona tratan aún de digerir lo ocurrido, aunque para algunos no será nada fácil. Impactados y conmocionados por el brutal atropello en el paseo de la Rambla, con al menos trece muertos y numerosos heridos, no pueden evitar pensar que podrían haber sido una de las víctimas. Cristina González, natural de Noreña y vecina de El Raval, deja todos los días su bicicleta en La Rambla, exactamente en el lugar del atropello. Trabaja a las afueras de la ciudad y llega a este punto todos los días en torno a las cinco de la tarde. Ayer, por suerte, se quedó en el trabajo «un poco más». «Estoy en shock.Podría haber estado yo allí». Tras el suceso no regresó a su casa porque el barrio estaba acordonado por los Mossos d’Escuadra y buscó cobijo en el piso de otras tres asturianas: las ovetenses María García Perotti y Natalia Ferreras, y Patricia Galán, de El Berrón. María lleva solo unos meses viviendo en Barcelona y ayer reconocía estar muy impactada por todo lo ocurrido. «Aunque el atentado me pilló lejos y me enteré por televisión, yo trabajo en un restaurante muy cerca de la plaza de Cataluña», relata. «Lo primero que hice fue llamar a mi familia y lo segundo a mis compañeros de trabajo. Están todos bien. Tenía que entrar a trabajar por la tarde pero el restaurante cerró», explica. Es consciente de que tarde o temprano tendrá que volver a este lugar y lo asume con resignación. «No nos pueden parar», sostiene, al tiempo que recuerda que el pasado miércoles paseó por La Rambla. «Y 24 horas después pasa esto», lamenta.

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El atentado sorprendió a su compañera de piso Patricia Galán en las fiestas de Gracia pero, nada más enterarse, regresó a su casa. «Durante los 30 minutos que me llevó volver pasé miedo porque, aunque estábamos lejos, habíamos escuchado que seguían buscando a los terroristas», rememora. Natalia Ferreras, por su parte, viajaba en la línea roja del metro y cruzaba la plaza de Cataluña minutos después del atentado. «Nos dijeron que no iba a parar allí el metro pero pensé que era por obras. Cuando llegue a mi destino me enteré de todo», comenta mientras trata de volver a su casa a través de otra línea de metro. Enfermera en el hospital universitario Valle de Hebrón estaba pendiente de que pudieran requerirla para reforzar los servicios. Igual que Irene Braña, oncóloga gijonesa afincada en Barcelona, acababa su turno en este mismo hospital poco después del atentado. «Quizá ahora sí se cambien un poco los hábitos de la gente o, al menos, la forma de gestionar los sitios en los que hay mucha afluencia de turistas», anota.

Quien no está dispuesto a cambiar de hábitos es Félix Mosquete, gijonés que trabaja en Esplugas y que ayer le faltaban calificativos para explicar cómo se sentía. «Siento impotencia, consternación, rabia y mucho dolor por las víctimas y las familias, pero no nos podemos dejar amedrentar porque sería darles la victoria», reflexiona. Aunque, inevitablemente, el atentado supondrá un golpe duro para la ciudad. «La empresa en la que trabajo, Etnia Barcelona, tenía este fin de semana la presentación de su nueva colección y está en el aire. No está en el ánimo de nadie celebrar nada. Hay mucha consternación», declara.

Duelo también en el Centro Asturiano de Barcelona, aunque su presidente, Enrique Delgado, aboga por continuar con el día a día y no dejar que los terroristas condicionen nuestra vida. «No podemos pensar en que nos puede pasar algo así porque entonces no salimos de casa». Paula Garrido y Mariola Cristóbal, ambas naturales de Lastres, también estaban conmocionadas por lo sucedido. La primera, que lleva viviendo en Barcelona ocho años, reconoce que, desde hace algún tiempo, no se siente cómoda en lugares con mucha aglomeración de gente. Ayer, que precisamente cumplía 33 años y tenía intención de celebrarlo con sus amigos en la fiesta de Gracia, anuló cualquier celebración. «Nos quedaremos en casa». Mariola Cristóbal lleva menos tiempo viviendo y ayer tenía intención de trasladarse al centro de la ciudad pero, por suerte, «me dio pereza y al final no fui».

El gijonés Bruno Mateos salió de su trabajo en El Raval con un nudo en la garganta. Cogió su moto y de camino a casa (vive en San Antonio) fue sorteando las calles cortadas. Su casa está a unos siete minutos caminando de La Rambla. «Tarde o temprano esto iba a pasar. La zona estaba a reventar de turistas y de gente que vivimos aquí». Ayer por la noche tenía planeada una cena con su jefe que volaba desde Zúrich. La cancelaron. «Estamos un poco agobiados. Como mucho bajaremos al supermercado que está aquí al lado y volveremos a casa. Mi novia está asustada. La verdad es que no queremos salir de casa». Como muchos de los asturianos que residen en la ciudad condal su casa se ha convertido en su refugio. Hasta Pallejá, donde vive la gijonesa Teresa Barrientos, viajó en coche desde el centro de la ciudad donde trabaja. «Todo era un caos. Ambulancias, policías, controles...», relata conmocionada. Tardó dos horas y media en recorrer 20 kilómetros. Lleva 22 años trabajando en Barcelona. «Solo tengo ganas de llorar. Me he dado cuenta de lo mucho que quiero a esta ciudad».

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