«Se sufre al escuchar las miserias de la gente»

- ¿Cuál es el mayor logro de su vida?

- Creer en la gente. Creer y tener mucha esperanza; no tirar la toalla ni en el baño.

- ¿Y lo que más le angustia?

- Tener prisa. Últimamente, la tengo porque a los 80 años perder diez minutos es como perder diez días para otros. Hay cosas que quiero hacer en la vida.

- ¿Cuándo lloró por última vez y por qué?

- Cuando el niño (apunta hacia algunas fotografías colgadas en las paredes de su despacho donde se ve a Josué, sonriente) vino de El Salvador con la cabeza y un brazo quemados. Lloré profundamente, de pena. Luego, en esta iglesia he llorado y he gozado mucho. Estaba cerrada después de un incendio y se la pedí al arzobispo Rouco porque tenía la ilusión de abrir un templo 24 horas al día. Hasta hace dos años, ya con Carlos Osoro como arzobispo, no me la dieron.

- ¿Con qué pecado es más indulgente?

- Con todos, menos con el de la corrupción. Pero Dios perdona a todos, como dice el Papa.

- ¿Es más importante la acción o la oración?

- La acción. Lo dijo san Pablo.

- ¿Qué se siente al escuchar una tras otras las confesiones de la gente?

- Muchas veces, entran ganas de llorar. Se sufre mucho escuchando las miserias de la gente. En esta parroquia hemos puesto tabletas para quien quiera confesarse escribiendo... Y también mesas camilla para quien lo prefiera de esa forma. El Papa dice que la confesión no puede significar que se haga sufrir a la gente con un interrogatorio. Yo siempre digo a todos que Dios perdona siempre. Basta con arrepentirse, no es necesario decir ni el número ni la cuantía de los pecados. No voy con una calculadora para estimar la penitencia. A veces, incluso, mando una penitencia simbólica.

- ¿Cómo qué?

- Pues donar sangre, por ejemplo. Bastante bueno es que alguien venga a confesarse, porque eso es que viene a pedir perdón.

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