Sobrevivir a un suicidio

Se trata de la principal causa de muerte no natural en España y Asturias lidera las cifras a la espera de un plan regional para atajarlo. Profesionales, familias y pacientes piden que deje de ser un tabú

Tomás López y Marcelino Pérez, esta semana, en una calle de Oviedo. /ÁLEX PIÑA
Tomás López y Marcelino Pérez, esta semana, en una calle de Oviedo. / ÁLEX PIÑA
Azahara Villacorta
AZAHARA VILLACORTAGijón

Un día de finales del invierno, a Cecilia Borrás se le rompió la vida. Estaba trabajando cuando sonó el teléfono. Era su marido, que quería saber si tenía noticias de su hijo Miquel. La novia del chico le había dicho que habían discutido y no conseguía localizarlo. Y, en ese momento, ella recordó el pitido que a media mañana había emitido su móvil. Tras él, había un mensaje: «T’estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré». Así que se puso en lo peor, una sombra negra que le nubló el pensamiento y terminó por cumplirse. «Miquel tenía 19 años y murió por suicidio de una forma totalmente inesperada, sin que hubiera habido avisos previos. Ninguna sospecha. Nada», cuenta esta psicóloga que los siguientes dos años vivió «en estado de shock», obligándose a salir a la calle. Al principio, un cuarto de hora, al súper, con gafas de sol, ella que habitaba en la oscuridad:«La vida después del suicidio es tremendamente dura. Al principio, resulta casi inaguantable. Hay momentos que piensas que no vas a poder continuar. La soledad lo ocupa todo y hay un sentimiento de abandono terrible».

Ese día de marzo, cuando Miquel –un chaval vital y sano que estudiaba diseño gráfico y hacía grafitis, con muchos amigos que pintaron con sprays su féretro y que soñaba con hacer un interrail– decidió terminar con todo, a Cecilia le saltaron por los aires todos los esquemas y tuvo que aprender a vivir con la rabia, la culpa, la pena y con cientos de preguntas que ya nunca tendrán respuesta. Por qué, por qué, por qué. Y luego, el silencio.

«Nunca lo sabremos», dice esta catalana de voz dulce pero firme al otro lado del teléfono, porque «un suicidio no se supera. Te quedas con una cicatriz. Hay una señal en tu cuerpo que sabes que hay días que te va a doler y te tienes que dar permiso de que duela. Te quedas con una marca indeleble y con los prejuicios» que aún rodean a la que es, con diferencia, la primera causa de muerte no natural en España, donde, oficialmente, se registraron 3.602 muertes por suicidio en 2015, el último año con datos del INE. Un periodo en el que se quitaron la vida 2.680 hombres y 922 mujeres en un país en el que, históricamente, todos los mapas de suicidio señalan como un punto negro a Asturias, como un código rojo.

Cecilia Borrás, junto a una imagen de su hijo Miquel.
Cecilia Borrás, junto a una imagen de su hijo Miquel. / VICENS GIMÉNEZ

Las cifras sitúan a la región –con 134 fallecimientos según la memoria sobre mortalidad correspondiente a 2016 elaborada por el Principado– como la primera en tasas de personas que ponen fin a su vida, un 12,84 por 100.000 habitantes, respecto a 7,76 de media española.

«Estamos ante un grave problema de salud. En España, tenemos un promedio de diez suicidios al día, una cifra escandalosa», carga Borrás, que denuncia que, «sin embargo, el suicidio te expone a un juicio social que provoca un sentimiento de vergüenza. Te convierte en sospechoso. Hay muchos tabúes, mitos y creencias como que por hablar de ello vas a provocar que más gente lo haga cuando al suicidio se llega por un bloqueo de la mente en el que percibes que no puedes con una situación. Un sufrimiento extremo. Quien se suicida, no elige».

Así que, en 2012, tras darse cuenta de que no había nadie a quien acudir que entendiese lo que sentía porque hubiese pasado por lo mismo, la catalana –a la que los psicólogos que acudieron al lugar dejaron llorar sin ansiolíticos– sacó fuerzas de donde no las tenía y fundó Después del Suicidio-Asociación de Supervivientes, la primera institución en España dedicada a amparar a los familiares que sobreviven a un drama a menudo silenciado, hoy con un centenar de socios repartidos por todo el país, de sur a norte.

Tampoco piensa que hablar del suicidio incremente el número de casos –el llamado ‘efecto Werther’– la psicóloga Rosa de Arquer, voluntaria en el Teléfono de la Esperanza de Asturias.

En solo un año, entre septiembre de 2016 y septiembre de 2017, solo este dispositivo atendió 167 llamadas relacionadas con ideas suicidas en «una comunidad en la que todo el mundo conoce a alguien que se ha suicidado o que ha sufrido el suicidio de un ser querido».

Así lo atestiguan los miembros de los grupos de duelo que Rosa de Arquer coordina, donde el 20%de las personas acuden para poder gestionar este tipo de dolor. «Padres de chicos de 17 o 18 años que acaban de suicidarse o señoras que, con 60 años, acaban de perder a su madre por la misma razón». Y «en un 40% de los casos su duelo se convierte en patológico», añade Borrás, que reclama «un plan nacional similar al que ya existe para las víctimas de accidentes de tráfico, que ha funcionado». Un plan que, de paso, «evite las desigualdades entre comunidades, que han desarrollado distintos protocolos regionales».

La psicóloga Rosa de Arquer, en la sede del Teléfono de la Esperanza.
La psicóloga Rosa de Arquer, en la sede del Teléfono de la Esperanza. / PABLO LORENZANA

Qué hacer

1. Escuchar sin juzgar:
según la psicóloga Rosa de Arquer, «alguien que manifiesta su deseo de terminar con su vida no es valiente ni cobarde ni quiere llamar la atención, sino que es una persona que está sufriendo y necesita apoyo, así que nada de juicios de valor. Tampoco es cierto que quien avisa no lo hace».
2. Expresarle tu preocupación:
«Es conveniente decirle que entiendes que lo está pasando muy mal y que estás ahí para acompañarle en busca de ayuda a un psicólogo, un psiquiatra, un centro de salud... Donde quiera».
3. Aceptar sus sentimientos:
«Comentar cosas como ‘no digas tonterías’ bloquea la situación y hace que la persona no se sienta con la libertad de hablarte. Y, a los familiares de alguien que ha perdido la vida, nunca deben hacérseles preguntas morbosas del tipo:‘¿De qué murió?’». «Las frases hechas como ‘el tiempo todo lo cura’ o ‘no somos nadie’ no consuelan, hieren», explica Cecilia Borrás. Mejor acompañar en silencio.
167
personas llamaron al Teléfono de la Esperanza de Asturias entre septiembre de 2016 y de 2017 con pensamientos suicidas.
985225540
es el número del Teléfono de la Esperanza de Asturias, «un recurso muy importante porque garantiza el anonimato».

En Asturias, de momento, el protocolo de atención al suicidio anunciado por el Principado también llega tarde, como ha denunciado en sede parlamentaria el diputado de IU Gaspar Llamazares, mientras que Armando Fernández Bartolomé, de Ciudadanos, ha reclamado la incorporación de psicólogos en los Servicios de Atención Primaria.

La previsión de Sanidad era iniciar ese protocolo de riesgo suicida antes de finales del pasado año, pero el borrador sigue en proceso de evaluación, como recuerda uno de sus artífices, además de una referencia nacional en la materia, el psiquiatra Julio Bobes: «Vamos con retraso una vez más».

Bobes achaca a que la tasa asturiana sea la más alta del país, fundamentalmente, a dos factores. «Las explicaciones más asumibles son, por una parte, que tenemos una población muy geriatrizada. Y, por otra, que en las alas han quedado embolsadas poblaciones de pacientes con patologías mentales graves». Porque, precisa, «más del 85% de los suicidios están relacionados con algún trastorno de este tipo».

¿Pero qué pasa con el restante 15%, ese porcentaje en el que se engloban muertes impulsivas como la de Miquel? Esas, pregunta Rosa de Arquer, en la que «las personas parecen tenerlo todo». Pues, según Bobes, en muchos casos quedan sin explicación porque, «a diferencia de lo que ocurre en otras comunidades, en Asturias no siempre se realiza la ‘autopsia psicológica’, en la que se rastrean los factores psicológicos que han podido influir en cada muerte y que, si se trabajase bien, debería de hacerse».

Así que, a falta de que llegue ese plan que permita «trabajar en prevención y coordinar los recursos sanitarios con el sistema educativo o las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado», por el momento «se va actuando de aquella manera». Es decir, resume el psiquiatra, «más con buena voluntad que con buena planificación» y todavía a mucha distancia, recuerda, «de regiones que ya brindan un servicio de apoyo a los familiares y allegados que han quedado seriamente dañados».

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Familias como la Marcelino Pérez (ovetense en la cuarentena), que, con antecedentes en casa «de los que nunca se habló», tuvo su primer pensamiento suicida a los doce años:«Me acuerdo de que estaba en casa de mi güela y pensé en qué pasaría si lo hiciese». Hasta que un día, recién estrenada la mayoría de edad tras sufrir varios episodios de ‘bullying’ y tocado por sus primeros escarceos con las drogas, tuvo una discusión en casa y lo hizo. Pero sobrevivió. «Fumé cinco pitos y lo siguiente que oí cuando estaba en el suelo fue:‘¿Pero qué hiciste, chaval? Tú estás loco’». Después, la nada. Tres meses y medio ingresado en el HUCA, inmóvil:«Quedé fatal, pero sigo de pie».

Fue el inicio de un travesía del desierto que incluyó un diagnóstico de trastorno bipolar, un ingreso de once meses en la planta psiquiátrica del hospital y terapia con electroshocks:«Hay tres años de mi vida de los que no recuerdo nada. A lo mejor desaparecía varios días y no sabía ni quién era o aparecía sangrando porque me habían pegado».

Así que ahora que toma «trece o catorce pastillas diarias» y que ha aprendido «a no consumir ni café ni a andar con determinada gente», Marcelino –con un 85% de discapacidad reconocida– asegura que pasa por «días buenos y días malos, como todo el mundo», pero que está «contento» junto a su novia, con la que tiene pendiente celebrar San Valentín. «Ahora con lo único que me como la cabeza es con que ojalá me tocase la lotería para comprar una casina junto al mar con un poco de huerto», bromea.

Atrás han quedado ya aquellos días en los que «no veía nada más allá de las narices». Porque, «cuando alguien toma la decisión de suicidarse es porque no encuentra salida», abunda Tomás López (ovetense, 51 años, activista «contra el cuerdismo y la farmamentística») sobre esa ‘visión en túnel’ de la que hablan los expertos y que aprisiona como una losa a quienes deciden terminar con su vida. Y sabe bien de lo que habla, porque a él el LSD también le torció la vida:«Con 18 años, en la calle del Rosal, me comí un tripi y me volví loco en un segundo. De repente, mis amigos se habían convertido en demonios y estábamos todos en el infierno».

A aquel brote siguieron seis años «rebosantes de capítulos delirantes, eufóricos, de psicosis y depresión» que terminaron con Tomás jugándose el tipo «en una especie de ruleta rusa». Así que hoy solo tiene un mensaje:«Prevención, prevención y prevención. Hay que poner recursos que ayuden a detectar el problema y a salir de ahí». Cecilia Borrás, al frente de los supervivientes que se niegan a ser víctimas, tampoco tiene duda:«Después de todo esto, se puede ser feliz. Quizá de otra manera, pero sí». Se lo debe a Miquel.

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