Víctimas del mismo horror

Una escalada de ataques sin precedentes cerca a los barcos de rescate de refugiados en el Mediterráneo. Los asturianos Ani Montes, Pablo Calvo, Daniel Calvelo y Juan Rodríguez relatan la barbarie en «la mayor fosa común del mundo»

La patrona ovetense Ani Montes rescata a un menor. /EMILIO MORENATTI
La patrona ovetense Ani Montes rescata a un menor. / EMILIO MORENATTI
Azahara Villacorta
AZAHARA VILLACORTAGijón

Frente a las costas libias, el horror tiene forma de mordisco en los tobillos y huele a agua salada mezclada con gasolina, una combinación letal que deja los cadáveres blanqueados, con la carne desprendiéndose del hueso, en las manos del rescatador. Eso ha aprendido Anabel Montes Mier -para todos, Ani-, patrona y marinera ovetense con treinta años que parecen varias vidas y que los últimos dos ha estado enrolada en distintas misiones de los dos barcos de la ONG Proactiva Open Arms que surcan el Mediterráneo (el 'Open Arms' y el 'Golfo Azzurro') dedicados al rescate de miles de migrantes que salen del África subsahariana «huyendo de un infierno».

«Pero, sin duda, de todas ellas la última ha sido la peor», explica Ani, que, como todos los voluntarios de la ONG, cuenta con la asistencia permanente de un psicólogo y que acaba de desembarcar en Asturias para descansar «el cuerpo y, sobre todo, la mente» unos días y rodearse de su gente, a la que nunca le cuenta toda la verdad. El primero lo pasó llorando, incapaz de zambullirse en el Cantábrico, ella que ha nadado desde que recuerda, «abrumada» de volver a una ciudad donde todo le parecía «estúpido y banal». Porque, en la última misión, esta feminista que lleva tatuado el océano en los ojos, dejó el puente de mando para enfrentarse a una de esas lanchas de goma «que cada vez son de peor calidad» con decenas de personas a bordo. Hombres, mujeres, niños «cada vez más dañados».

El bombero gijonés Pablo Calvo (primero por la izquierda) ayuda a un hombre a subir al ‘Golfo Azzurro.
El bombero gijonés Pablo Calvo (primero por la izquierda) ayuda a un hombre a subir al ‘Golfo Azzurro. / P. CITOULA

«Era un día de muy mala mar y los encontramos sobre las once de la mañana. Habían pasado toda la noche allí, hacinados, unos encima de otros, peleándose por sobrevivir. Y, cuando por fin logramos acceder a ellos, nos dimos cuenta de que algunos tenían mordiscos en los tobillos porque los que habían caído en el suelo los habían atacado tratando de hacerse un hueco. En esas lanchas, el que se cae al suelo, el débil, no sobrevive. En total, había 168 personas y trece cadáveres impregnados de agua salada y gasolina. Otras tres personas que habían muerto de madrugada habían sido arrojadas por la borda a la mayor fosa común del mundo, que es en lo que se ha convertido el Mediterráneo». Las cifras de la organización hablan de 2.420 fallecidos en lo que va de año, a los que hay que sumar los ocupantes de las lanchas vacías que localizan a la deriva. Sin rostro, sin número.

Daniel Calvelo con un bebé de un día entre los brazos.
Daniel Calvelo con un bebé de un día entre los brazos. / REUTERS

Pero lo que más impactó a la asturiana fueron «dos mujeres que habían muerto abrazadas» y «una tercera fallecida que estaba embarazada. Entonces, una de mis mejores a amigas y yo, que también es socorrista y que participaba en el rescate, nos miramos y no tuvimos nada más que decir. Podíamos ser nosotras. Eso es algo que se te queda dentro. Nunca lo olvidaré. Así que, cuando vuelvo a Asturias y mis amigos me preguntan '¿qué tal?' me quedo sin palabras. No las hay».

El siguiente paso que marca un estricto protocolo es subir a los refugiados a la embarcación, donde, una vez «liberados de la adrenalina que supone pensar que van a morir en medio del mar, aterrados, sin saber muy bien quiénes acuden en su rescate, caen rendidos de sueño» antes, incluso, de pasar por una revisión médica, de recibir alimento, de partir rumbo a las costas de Italia, donde el centro de coordinación situado en Roma decidirá el puerto en el que finalmente atracarán. Quizá para ser deportados.

El marinero Juan Rodríguez de la Fuente con Hiba, una pequeña marroquí rescatada por el ‘Open Arms’.
El marinero Juan Rodríguez de la Fuente con Hiba, una pequeña marroquí rescatada por el ‘Open Arms’. / MARIO ROJAS

«Son miles. Cada vez más. Y cada vez llegan en peores condiciones, torturados, huyendo de la esclavitud, el hambre y la guerra, porque el caos se ha apoderado de países como Libia. El 95% de las mujeres han sido violadas y muchas de ellas llegan desnudas, con heridas terribles y la mirada perdida». La consecuencia inmediata es que ni en la cabeza de Ani Montes ni en la de su compañero Pablo Calvo -gijonés, 34 años, bombero en excedencia-, embarcado durante tres misiones en el 'Golfo Azzurro', hay espacio para el optimismo: «El problema es tan complejo que no se solucionará hasta que Europa y EE UU tengan interés en solucionarlo. Y eso es altamente improbable, porque hay demasiados intereses en juego creados en esa zona del planeta».

Esa es la sensación con la que llegó también a Asturias tras una misión en el 'Golfo' Daniel Calvelo, con experiencia como socorrista, propietario de dos bares en Gijón y monitor de surf en la escuela de vela de Luanco. La de que «la solución tiene que venir de arriba o no vendrá». Y la impotencia se apodera de los tres cuando les acusan de estar ayudando a yihadistas radicales a llegar a Europa, «una cortina de humo de los poderosos para desviar la atención de otros asuntos como la corrupción. Ellos van a seguir tratando de escapar del infierno como lo haríamos cualquiera de nosotros y nuestro deber moral es estar allí porque es lo que sabemos y tenemos que hacer: evitar que hombres, mujeres con el cordón umbilical aún colgando y niños se ahoguen. Esto no es un rollo de 'blancos que van a rescatar a negros'. Es una obligación. No somos héroes».

Ninguno tiene tampoco duda de que, le pese a quien le pese, el trabajo de organizaciones como Proactiva Open Arms es más necesario que nunca. «No nos iremos pase lo que pase. Esa no es una opción», espeta Ani. Una advertencia que cobra más sentido que nunca en medio de una escalada de violencia sin precedentes que ya ha provocado que ONGs como Médicos Sin Fronteras o Save the Children hayan abandonado el área y después de que, esta misma semana, una patrullera libia se acercase al 'Golfo Azzurro' cuando la embarcación se hallaba en misión de búsqueda en aguas internacionales y amenazase a sus tripulantes con abrir fuego si no se alejaba.

También Ani y Pablo han sido testigos directos de disparos al aire y ráfagas de metralleta. Una amenaza a la que se ha sumado en los últimos tiempos la presencia del barco del grupo ultraderechista Generación Identitaria, formado por un puñado de radicales de varios países europeos que surca las zonas de rescate para «evitar la llegada de inmigrantes a Europa».

«Nos acosan en alta mar, pero lo más preocupante es lo rápido que han conseguido el dinero para fletar un barco», dice Ani, que lleva un diario donde lo saca «todo fuera» y que vive «en permanente estado de alerta», esperando que suene el teléfono y que al otro lado una voz le informe de que, al día siguiente, debe estar en Malta, la base operativa de voluntarios y tripulación, lista para la siguiente misión.

«Llevo diez días aquí y ya estoy deseando volver porque, después de esto, tu mundo se destruye y se vuelve a construir de una forma más consistente. Claro que podría seguir viviendo en mi burbuja, pero eso no va conmigo. Después de cada rescate, las caras de los niños, su manera de poner a jugar y a bailar en el barco, te cambian para siempre». Una sensación que confirma Daniel Calvelo: «En mi primer rescate, solo había muertos, pero, al día siguiente, sacamos del agua a un bebé de un día. La vida imponiéndose sobre la barbarie».

O el marinero ovetense Juan Rodríguez de la Fuente, treinta años que parecen varias vidas y miembro de la tripulación permanente del 'Open Arms', donde habita el miedo y también las risas de los más pequeños: «Nuestro corazón está con los que sufren en Barcelona, Niza, Berlín, Yemen, Nigeria, Libia, Irak... La gente tiene que intentar ponerse en la piel de todas estas personas que se juegan la vida y la poca esperanza que les queda lanzándose a una muerte casi segura; saber que todos son víctimas del mismo horror que nace del odio».

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